Confined File

 

(Relato inspirado en el confinamiento por COVID19)

 

Tengo la sensación de que hay un velo, un cristal entre el mundo y yo. De no tener el control, de ser un trozo de barro maleable llenando un molde al azar. Escucho a mis superiores, recibo órdenes. Sé qué voy a hacer, cómo lo voy a hacer, a quién agradeceré mi ración de pastillas diarias. No dejo de preguntarme por qué estoy aquí. ¿Lo hago por otros o por mí? Al principio creí hacerlo por generosidad. Estaba convencido. Siempre que quise algo por y para mí, fracasé. Entonces comprendí lo importante que es actuar de forma desinteresada. Pero eran otros tiempos. Parece que no ha pasado tanto. Como presenciar la extinción de los dinosaurios y después tragar somníferos con mis camaradas.

Es inútil repasar los últimos días. Todo parecía normal. Sin embargo pudimos escondernos. ¿Suerte o ciencia predictiva? Las matemáticas nos salvaron, pero condenaron al resto.

He perdido la conexión con el mundo, el imán que hacía girar mi mente en la brújula de las emociones. Soy un náufrago abrasado por la oscuridad, un cigoto hacia la matriz, un cuenco vacío. Nada de esto me pertenece. Apenas tengo recuerdos. A partir de ahora no necesitaré palabras, pero será lo último que pierda. Es una exigencia, abandonar todo vestigio, renunciar al origen, callar para que la nueva vida se implante. Ser recipientes y semillas que duermen. Rumbo al Planeta Prometido.

Esperamos un nuevo tiempo donde las cosas carecerán de nombre. Pero se nos prohíbe imaginar otra realidad. Acallar la mente también es sacrificarnos. Cuando dejas de pensar cómo sería el mundo te doblegas para siempre. Por eso no siento nada. Soy un logaritmo, una secuencia de números, un conjunto de variables que forma parte de otro logaritmo, el cual, a su vez forma parte de otro mayor. Un sistema cuántico. Propulsado a la profundidad del cosmos.

El cosmos es un cerebro infinito. Lleno de sinapsis, de rayos gamma eyaculando dentro de galaxias. Una orgía oscura y deslumbrante donde apenas existo. Sin decidir, sin transformar, solo puedo quitarme la venda de los ojos y empezar de cero. Pero sería inútil. Nadie lo hace. Somos ideas desechables.

Cuando duerma, otro logaritmo ocupará mi lugar. Hará exactamente lo mismo. Verificar, anotar, corregir, transmitir. Le preguntaré si ha soñado. Quiero saber si cuando me induzcan y duerma recordaré algo. No quiero recordar. Ya ha sucedido. Está grabado. Pero no lo veremos hasta que acabe el Viaje.

Llevo 672 horas despierto. Acabar con la exigencia de dormir fue la mayor revolución de la humanidad. Mis antepasados dormían voluntariamente. No imaginaban que todo cambiaría. Se predijo que una estrella enana chocaría con el sol. Entonces comenzaron los programas. Está grabado. Lo veremos cuando acabe el viaje.

Al principio el letargo provocaba errores en la secuencia, bloqueos y reinicios. La fase experimental mantuvo en vilo a la humanidad. Se exigió renunciar a todo, familia, amigos. Y olvidar nuestra conciencia. Sin ella nada importa. Pero así terminaba la historia. Evitar la colisión era imposible. Solo podíamos afrontar el desafío. Naves intergalácticas. Salir al espacio en busca de un nuevo hogar.

Ahí están, en algún lugar de la memoria que nos guía, las imágenes de nuestra Fundación. Cuando el mundo se dividió. No fue como en el viejo Apocalipsis. La paradoja de los opuestos complementarios, el fin de las ideologías, según la base de datos. La Ruptura, casi tres mil años después del Advenimiento, resultó mucho menos evidente. El mundo conocido contra nosotros. O debería decir, nosotros contra la realidad. Desaparecer no era una opción. Millones de personas se rindieron a la evidencia. Olvidaron que cuando cae, el ser humano se levanta y vuelve a intentarlo. No estábamos allí para extinguirnos sin luchar. La Fundación buscó recursos para el Renacer, mientras todos perdían el control. Entramos en fase de locura y caos. Surgieron líderes que alentaron a las masas. Ahora sabemos que siempre estuvieron ahí. Sibilinos, camuflados como sapos que duermen entre tormentas. Animaban a sentir gratitud, arrodillados ante el despliegue del universo. La civilización escogida para presenciar el Fin, fundidos con la Tierra. Arrojados al espacio, ceniza, átomos. Pura Esencia.

Tras la euforia, la aceptación. Las grandes urbes comenzaron a vaciarse. Solo la Fundación confió en nuestro poder. Emprendimos el camino. Después el Viaje. Es cuanto sabemos, el resto fue borrado. Pronto dormiremos. Y al despertar se habrá cumplido la promesa. Tendremos un nuevo hogar.

Debería estar agradecido. Sin embargo soy incapaz. Nadie puede alterar la Arquitectura. Un viaje neutral a través de los pliegues del espacio. Dejar que el cuerpo repita sus intervalos sin fricciones, o podría ser interpretado como error. Un error conduciría al desastre. Puedo ser borrado en cualquier momento. Eso sucede con los datos corruptos. Son eliminados. Solo es posible sentir en código binario, sin números. Con las letras Y O, cualquier combinación es ejecutable. Fue la decisión, sentir en esa clave. Una conciencia deformada por el bien común, una mente estanca, incapaz de proyectarse más allá de sí misma. Así evitamos la locura. La conciencia plena sería peligrosa. Y lo contario, la negación total habría impedido que estemos aquí. Los autómatas cumplen su función. Se funden con la nave si es necesario. Son hardware y software. Materia y pensamiento. Los humanos, solo datos, programas ejecutables. Nuestro cuerpo no nos pertenece.

Para avanzar invertimos el espacio. Como una antigua fotografía en negativo. El vacío es denso y los cuerpos celestes grandes agujeros. Hundidos en un cosmos pegajoso y cambiante, anticipamos eventos que podrían poner fin a nuestro viaje. Confinados en naves. Logaritmos que no pueden soñar. Datos precisos. Perdimos parte de nuestra humanidad. Nada volverá a ser lo mismo.

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Reseña de Plagio

 

 

 

La ironía no se vuelve ya contra este o aquel fenómeno, contra algo existente en particular, sino que toda la existencia se ha vuelto extraña para el sujeto irónico, y éste a su vez extraño a la existencia, y que, habiendo la realidad perdido para él su validez, se ha vuelto él mismo en cierta medida irreal. Soren Kierkegaard

 

La obra de Rosauro Varo es como un gran mural a cuatro tintas. Pasado, presente y futuro. ¿La cuarta? La cuarta es la conciencia del autor, incapaz de estar en silencio mientras escribe.

Literatura caleidoscópica. En un caleidoscopio las formas en movimiento y la luz crean sensaciones de extrañeza y sorpresa. Giran, cambian, y de repente todo vuelve a ser lo mismo. Estamos en el punto de partida, una y otra vez. Es un juego de espejos. Cuando dejas a un lado la ilusión, la vida sigue su curso. La apariencia de infinito se desmorona. Pero el embrujo ya te atrapó. La vida es un plagio. Sin embargo cada día amanece unos segundos antes que el día anterior.

El narrador de Plagio es un francotirador. Con frases cortas y directas construye un monólogo lleno de mentiras aparentes y medias verdades. Donde podemos ver cierto escepticismo, no porque sea imposible llegar a la verdad, sino porque esta está oculta en una maraña de subjetividades. También cierto nihilismo, no en sentido nietzscheano, sino más bien en el sentido original de Turgeniev y la actitud crítica hacia las convenciones sociales de su personaje, Bazarov.

Su principal recurso es la ironía. Eironeia, engaño intencionado para los antiguos griegos. Que es también un arte de vivir, cuando la ironía “se convierte en un tipo de cuestionamiento radical” y “marca la diferencia en cómo vivimos”, en palabras del filósofo pragmático Richard Bernstein. Quien defiende que la ironía “ayuda a integrar teoría y práctica”. Es decir, a buscar el equilibrio entre lo especulativo y la acción. Pero, ¿es esa la intención de nuestro autor? En nuestra opinión, no. Dicho equilibrio no existe, por ejemplo, para el marxismo, donde la teoría está supeditada a la práctica. Sin experiencia no hay teorética. Y estas son las coordenadas de Plagio, que utiliza la ironía para dinamitar cualquier intento de especular sin haberse manchado las manos. Lo cual cobra sentido cuando indagamos en la biografía del autor, un médico que ha ejercido en diversos países de África e Hispanoamérica como pediatra. Dato que, por otro lado, explica la constante presencia de personajes sin voz, los niños.

Plagio tiene ecos del Teatro de la Nueva Subjetividad, caracterizado por sus irónicos monólogos. Además, su estilo nos remite a Thomas Bernhard, su precursor, por el uso de frases reiterativas, el humor negro, el pesimismo y la tendencia a lo caótico. Recursos con los que Varo aborda muchos y variados temas, entre los que destacamos el amor y la muerte. A veces hilarante, otras afilado, apela a la incorrección política, poniendo sobre la mesa opiniones que encuentran en el tono mordaz un conveniente parapeto. Otra explicación sería la locura, el reino de la sinrazón, espacio que por momentos el narrador parece transitar. Eso sí, una locura objetiva y promovida para tal fin. Si se suele suponer que solo en estados de desequilibrio se alcanza la originalidad, también se le otorga al loco libertad para decir lo que quiera sin temor a represalias. Por eso encontramos afirmaciones irreverentes, descarnadas, y la voluntad de escapar a la realidad. En una obra experimental con tintes surrealistas, oníricos, a veces poéticos, llena de pensamientos fugaces que evidencian hasta qué punto ciertas posiciones son irreconciliables.

https://www.edicionesenhuida.es/plagio-resena/


Reseña de Plagio – Antonio Soriano –
CC by-nc 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Máscaras

 

La ley dicta que si has sido fiel a tu palabra,
o conforme a ella lo que hiciste dio su fruto,
por pequeño que sea, encontrarás recompensa.

Quienes lanzan redes sobre ríos muertos,
o alientan el odio entre vecinos y hermanos,
aun teniéndolo todo a su favor,
sus frágiles máscaras caerán en la próxima tormenta.

Reír para desacreditar es más fácil que dudar.
Atacar con palabras vacías otorga prestigio.
Aferrarse a ilusiones,
haciendo que otros las sigan y las tengan por verdad,
así se mantienen a prudente distancia,
verdugos con apariencia de justos,
falsos con apariencia de libertadores.


Falsos profetas –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Colmenas

 

 

 

La opción colmena
de Barcelona Existe,
es la respuesta analógica
al efecto España vaciada.

Los residentes-insecto
juegan con dispositivos
de realidad aumentada,
sobre colchones colindantes,

sin posibilidad de nexo
ni afectos,
solo polinizar con wifi,
flujo de datos en la madriguera.

Nichos Todo incluido,
tarifa plana de placer,
familias abatibles y
sueldos conglomerados.

En franjas que oscilan
según la ciudad,
los abonados cumplen años
sin saberlo.

Es algo circunstancial,
el no tener ventanas,
y cuestión de tiempo,
salir de la pecera,

aceptar el desafío
de vivir encapsulado,
nada por aquí,
nada por el otro lado.


Colmenas –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Ephimera

 

Flotaba en mitad del océano, rodeado de gigantescos icebergs.
La caricia de unos tentáculos lo arrastraba hacia las profundidades.
Despertó con el corazón en un puño.
Entre los dedos su corazón seco se desgranaba.
Cerró los ojos, dejando poco a poco de pensar.
Agitaba una bandera.
Colores, ideas. Repetir gestos vacíos.
Despertó mareado. Quiso escribir aquel sueño.
Buscó en los cajones papel pero el papel borraba sus palabras.
Inútil, ensayar palabras sencillas que desaparecían.
Entonces oyó sirenas.
Tenía que escapar, deshacerlo todo,
subir por aquella cuerda que le quemaba las manos.
Intentó gritar desde la ventana pero no tenía voz.
¿Y saltar?
De pie en la cornisa vio personas sobre enormes flotadores
y niños con pistolas de agua.
Tres, dos, uno.
Cuando alguien pateó la puerta, tomó impulso y contuvo la respiración.
Volaba, rodeado de gigantescos edificios,
pero al despertar, lo inevitable, caer, caer.
¿Será el impacto definitivo, el fin,
o despertar para siempre?
Mientras sonaba la alarma, buceó hacia la superficie,
enredado en bolsas de rafia, en muñecas famélicas y en cordones de zapatos.
Al emerger agarró el móvil y lo destrozó contra la pared.
Le dolía la cabeza. Como un martillo que te golpea cada tres segundos.
Uno, dos, tres.


Ephimera –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Dub Sound System

 

Hay mucha diferencia entre cualquier tema de Vital Remains y Dubplate fi dem, de Mungo´s Hi Fi. Y ese salto lo había dado Nico, después de los veinte años, lentamente. Un contraste que podría ser mayor, si comparamos el Icons of Evil con Blood and Fire de Jah Zebi, o con Mozart, o con Ustad Asad Ali Khan, si queremos superar los sonidos estrictamente contemporáneos. Por un lado guitarras machaconas y frases satánicas, por otro, bases electrónicas, percusivas y pretendidamente liberadoras, vibraciones como un puente a lo divino. Pero para quienes repudian ciertas palabras, por considerarlas vacías, hablaremos de espiritualidad. Una dimensión que va más allá de tener disponible red wifi, una buena nómina o dejarse llevar por consignas políticas. ¿Cómo lo había hecho? Ni él mismo podía creerlo. Pensaba que tenía que ver con la capacidad de controlar sus emociones. Los pensamientos se traducían en acordes y ritmos. La harmonía era una imagen en el espejo. Un día desesperado reflejaba cacofonías y lo rompían en mil pedazos. En el instante perfecto, cuando todo encajaba, los deseos podían esperar, trasmutados en sonido de sitar, en cantos bhajan, en tabla hindú resonando en el pericardio. Entonces no había vuelta atrás. Los videoclips de bandas pop o rock indie eran poses acordes a los tiempos. El caos que ciertos grupos como Asian Dub Foundation o Masala Sound System introducían en la prístina luz oriental, mezclando el punk y la electrónica con la música tradicional, era algo difícil de encajar. ¿Y el reggae? La pasión de Marcos, un compañero de la universidad, le hizo apreciar la música del muelle, el baen, baen, baen repetitivo. Estilo peculiar, donde todos los temas se parecen cuando no estás acostumbrado. Sin embargo tienen espíritu. Algo que trasciende, ciertas vibraciones. Y eso le daba sentido. Escuchaba los bajos hipnóticos y algo destacaba, la energía positiva. Cuando estuvo preparado pasó al siguiente nivel; el dub. Complicado para muchos, con tantos echos y reverbs, centrarse en el mensaje original y unitario. Podía parecer una parodia. Pero a Nico le fascinaban los potentes graves. Si una música estaba destinada a resquebrajar los muros de la injusticia, sería el dub. Antes pensaba que las guitarras desgarradas harían el trabajo sucio, pero no, se equivocaba. Sus amigos eran de la vieja guardia, se resistían al cambio. En los conciertos de dub, vio a muchos seguidores de la escena punk rock. El mensaje rastafari parecía estar calando, sin adrenalina ni litros de alcohol. Empujarse en las primeras filas tampoco era necesario. Solo, llegado el caso, un poco de hierba para conectar. Pero había contradicciones. El reggae canta a Jah, y sus temas a veces son oraciones. Muchos cantantes sostienen la biblia. Por eso le hacía gracia ver a tantos punkies bailando reggae. Casi todos sus amigos eran ateos. Los tiempos cambian. El rock & roll parecía acabado, y solo había una salida, las Sound Systems. Ya lo decía Bob Marley: “Its a punky reggae party”.

 

“Un hombre de su tiempo” Antonio Soriano Puche