Robotizados

 

Hace ahora diez años monté un video a partir de algunas películas de ciencia ficción cuyo tema principal es la robótica. En casi todas ellas el denominador común es un planeta Tierra colapsado por culpa de la naturaleza violenta y destructiva de los seres humanos. Por ello el hombre debe ser privado de libertades y controlado en una especie de tecnocracia robótica. Solo fusionándonos con máquinas podríamos alcanzar la perfección. Dichos planteamientos son propios de algunos transhumanistas. Por entonces no se acababa de perfilar la principal línea de acción del transhumanismo. Como apuntan algunos investigadores, la vertiente biomédica lleva cierta ventaja a día de hoy. Y así está quedando manifiesto con los últimos acontecimientos relativos al COVID19, en cuyo horizonte asoma una vacuna que podría alterar nuestro ADN.

El video en cuestión era un trabajo para la universidad. En mi canal de YouTube mantengo el original. Esta versión actualizada está ya disponible con nuevo material y experiencia HD.

Kamikace

A veces me dan ganas de patear papeleras,

de abollar la chapa de los coches

y llevarme la caja registradora de un supermercado,

de preguntarle al dueño del restaurante

por qué sus empleados llevan uniformes tan feos,

despeinaría a la señora del caniche en carricoche,

levantaría de la pechera a algún concejal,

arrancaría el césped de plástico como quien se permite

tirar del mantel en la cena de nochevieja.

A veces me dan ganas de llorar cuando miro al cielo,

de dejar la olla a presión al fuego hasta que explote.

Le preguntaría a esa mujer vestida de jogging por qué fuma,

pintaría con spray las señales de tráfico,

vomitaría la alfombra en Ágata Ruiz,

rociaría los carteles electorales con gasolina.

Antonio Soriano Puche 2020

Virtual

 

Obra de Pablo Armesto. Art Madrid 2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pasar página y olvidar,
como olvidaron nuestros abuelos,
el lenguaje sencillo de levadura,
gestos forzados por las
circunstancias.
Dejar atrás la experiencia
para encontrar el paraíso.

En la serie establecida,
el XXI es un siglo momentáneo
donde virus e ideas nacen y colapsan
como rascacielos invertebrados.
Multipolar, contradictorio,
un gatillo de benzodiacepinas
a punto de volarse los sesos.

El ciberespacio y sus eventos,
donde existir sin esencia es posible
gracias a códigos y algoritmos
encapsulados en silicio,
crea la ilusión de un Edén virtual,
un lugar ejecutable y caótico
donde nada es lo que parece.

Trascender en un flujo de datos.
Cigotos conectados 24/7
a una red de neuronas sintéticas.
Los grandes dilemas se diluyen
en una gelatina de emociones,
tan breves como profundas,
que socavan cualquier arquitectura.

No hay brechas sino tendencias,
lenguajes que inauguran el reino digital.
Promesas de inmortalidad entreveradas
con inquietantes predicciones.
Todo se expande menos la conciencia,
que permanece comprimida
en secuencias alfanuméricas.

El deseo es como la flor de un día,
caprichoso y radiante en su apogeo,
pero fugaz y esquivo como el pájaro
de tormenta.
Los pétalos se marchitan entre espinas.
Su color descifrado nos recuerda
lo que un día fue.

Bajo el halo de luz, la polvareda.
En el universo artificial, la proyección
de una ciencia infinita.
El futuro sucede,
son partículas selladas en la fosa.
Basta un recuerdo caprichoso
para volver al caos.

 

 

Antonio Soriano Puche – Virtual, “La gran duna” 2020

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Confined File

 

(Relato inspirado en el confinamiento por COVID19)

 

Tengo la sensación de que hay un velo, un cristal entre el mundo y yo. De no tener el control, de ser un trozo de barro maleable llenando un molde al azar. Escucho a mis superiores, recibo órdenes. Sé qué voy a hacer, cómo lo voy a hacer, a quién agradeceré mi ración de pastillas diarias. No dejo de preguntarme por qué estoy aquí. ¿Lo hago por otros o por mí? Al principio creí hacerlo por generosidad. Estaba convencido. Siempre que quise algo por y para mí, fracasé. Entonces comprendí lo importante que es actuar de forma desinteresada. Pero eran otros tiempos. Parece que no ha pasado tanto. Como presenciar la extinción de los dinosaurios y después tragar somníferos con mis camaradas.

Es inútil repasar los últimos días. Todo parecía normal. Sin embargo pudimos escondernos. ¿Suerte o ciencia predictiva? Las matemáticas nos salvaron, pero condenaron al resto.

He perdido la conexión con el mundo, el imán que hacía girar mi mente en la brújula de las emociones. Soy un náufrago abrasado por la oscuridad, un cigoto hacia la matriz, un cuenco vacío. Nada de esto me pertenece. Apenas tengo recuerdos. A partir de ahora no necesitaré palabras, pero será lo último que pierda. Es una exigencia, abandonar todo vestigio, renunciar al origen, callar para que la nueva vida se implante. Ser recipientes y semillas que duermen. Rumbo al Planeta Prometido.

Esperamos un nuevo tiempo donde las cosas carecerán de nombre. Pero se nos prohíbe imaginar otra realidad. Acallar la mente también es sacrificarnos. Cuando dejas de pensar cómo sería el mundo te doblegas para siempre. Por eso no siento nada. Soy un logaritmo, una secuencia de números, un conjunto de variables que forma parte de otro logaritmo, el cual, a su vez forma parte de otro mayor. Un sistema cuántico. Propulsado a la profundidad del cosmos.

El cosmos es un cerebro infinito. Lleno de sinapsis, de rayos gamma eyaculando dentro de galaxias. Una orgía oscura y deslumbrante donde apenas existo. Sin decidir, sin transformar, solo puedo quitarme la venda de los ojos y empezar de cero. Pero sería inútil. Nadie lo hace. Somos ideas desechables.

Cuando duerma, otro logaritmo ocupará mi lugar. Hará exactamente lo mismo. Verificar, anotar, corregir, transmitir. Le preguntaré si ha soñado. Quiero saber si cuando me induzcan y duerma recordaré algo. No quiero recordar. Ya ha sucedido. Está grabado. Pero no lo veremos hasta que acabe el Viaje.

Llevo 672 horas despierto. Acabar con la exigencia de dormir fue la mayor revolución de la humanidad. Mis antepasados dormían voluntariamente. No imaginaban que todo cambiaría. Se predijo que una estrella enana chocaría con el sol. Entonces comenzaron los programas. Está grabado. Lo veremos cuando acabe el viaje.

Al principio el letargo provocaba errores en la secuencia, bloqueos y reinicios. La fase experimental mantuvo en vilo a la humanidad. Se exigió renunciar a todo, familia, amigos. Y olvidar nuestra conciencia. Sin ella nada importa. Pero así terminaba la historia. Evitar la colisión era imposible. Solo podíamos afrontar el desafío. Naves intergalácticas. Salir al espacio en busca de un nuevo hogar.

Ahí están, en algún lugar de la memoria que nos guía, las imágenes de nuestra Fundación. Cuando el mundo se dividió. No fue como en el viejo Apocalipsis. La paradoja de los opuestos complementarios, el fin de las ideologías, según la base de datos. La Ruptura, casi tres mil años después del Advenimiento, resultó mucho menos evidente. El mundo conocido contra nosotros. O debería decir, nosotros contra la realidad. Desaparecer no era una opción. Millones de personas se rindieron a la evidencia. Olvidaron que cuando cae, el ser humano se levanta y vuelve a intentarlo. No estábamos allí para extinguirnos sin luchar. La Fundación buscó recursos para el Renacer, mientras todos perdían el control. Entramos en fase de locura y caos. Surgieron líderes que alentaron a las masas. Ahora sabemos que siempre estuvieron ahí. Sibilinos, camuflados como sapos que duermen entre tormentas. Animaban a sentir gratitud, arrodillados ante el despliegue del universo. La civilización escogida para presenciar el Fin, fundidos con la Tierra. Arrojados al espacio, ceniza, átomos. Pura Esencia.

Tras la euforia, la aceptación. Las grandes urbes comenzaron a vaciarse. Solo la Fundación confió en nuestro poder. Emprendimos el camino. Después el Viaje. Es cuanto sabemos, el resto fue borrado. Pronto dormiremos. Y al despertar se habrá cumplido la promesa. Tendremos un nuevo hogar.

Debería estar agradecido. Sin embargo soy incapaz. Nadie puede alterar la Arquitectura. Un viaje neutral a través de los pliegues del espacio. Dejar que el cuerpo repita sus intervalos sin fricciones, o podría ser interpretado como error. Un error conduciría al desastre. Puedo ser borrado en cualquier momento. Eso sucede con los datos corruptos. Son eliminados. Solo es posible sentir en código binario, sin números. Con las letras Y O, cualquier combinación es ejecutable. Fue la decisión, sentir en esa clave. Una conciencia deformada por el bien común, una mente estanca, incapaz de proyectarse más allá de sí misma. Así evitamos la locura. La conciencia plena sería peligrosa. Y lo contario, la negación total habría impedido que estemos aquí. Los autómatas cumplen su función. Se funden con la nave si es necesario. Son hardware y software. Materia y pensamiento. Los humanos, solo datos, programas ejecutables. Nuestro cuerpo no nos pertenece.

Para avanzar invertimos el espacio. Como una antigua fotografía en negativo. El vacío es denso y los cuerpos celestes grandes agujeros. Hundidos en un cosmos pegajoso y cambiante, anticipamos eventos que podrían poner fin a nuestro viaje. Confinados en naves. Logaritmos que no pueden soñar. Datos precisos. Perdimos parte de nuestra humanidad. Nada volverá a ser lo mismo.

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