Batir Lazarus 1 (Un relato)

“Lo cierto es que nunca recibí el cariño de mi padre. Siempre pensó que a los hijos no se les debe demostrar afecto, ni abrazos, ni besos, ni palabras de aliento. Así que ahora soy incapaz de demostrarle, por mi parte, afecto alguno. Yo fui padre algo tarde, y tuve claro que a mis hijos no les faltarían abrazos, besos y palabras de cariño. También les enseño a respetar y valorar a sus mayores. Me hace feliz que ellos, con tres y cuatro años, se tiren a los brazos de su abuelo para besarle y abrazarle. Es mi forma de restituir ese vacío entre ambos. No es lo mismo, lo sé, pero él percibe el intercambio. Cuando los sube a sus rodillas, les retuerce la nariz o les pellica un moflete, nos lo hace también a nosotros, sus propios hijos”.

Después de mi última nota he recibido un correo electrónico. El autor me pide que publique el contenido, indicando que habrá más envíos, hasta terminar de contar su historia. No tengo inconveniente en hacerlo. Le he sugerido que utilice su propio muro, pero asegura no participar en ninguna red social. “Entonces, ¿cómo has leído el post?” Fue a través de un amigo. Quiere que comparta su email: batirlazarus@gmail.com, por si alguien desea ponerse en contacto con él de forma privada.

 

Batir Lázarus 

Aunque se considera de poco gusto comenzar un texto haciendo referencia a la climatología (siempre preferí hacer las cosas al revés de cómo se supone que deben hacerse), aquella mañana era especialmente calurosa. Estaba en Pontevedra con unos clientes y decidí visitar a mis padres. Al llegar, alguien salía del edificio y accedí al portal sin llamar al timbre. Como viven en un segundo suelo subir por las escaleras. En el rellano oí voces, la ventana del patio estaba abierta. “Nunca les has dado cariño a tus hijos”, decía mi madre en tono de reproche. “¡A los hijos no se les puede dar cariño!”. Hubiese entrado, sin más, para preguntar, “¿por qué no, por qué no, papá?”. Sin embargo di la vuelta y bajé deprisa los peldaños. Siempre tuvieron sus más y sus menos, alguna discusión que otra, pero entonces, por circunstancias que no vienen al caso, la cuerda estaba muy tensa.

No habían pasado ni dos semanas, cierto día, caminaba por la calle cuando oí de nuevo la frase. “A los hijos no se les debe dar cariño” –aconsejaba el vendedor de un quiosco a su cliente. Tuve tanta curiosidad por escuchar la conversación que me detuve a ojear una revista. En vano, cambiaron de tema en cuanto comencé a remover el expositor.

Tenía veintiséis años. Acababa de terminar Derecho y había conseguido empleo en un pequeño bufete de Ourense. Vivía solo. Después de varias relaciones tormentosas decidí tomar un tiempo para mí. Busqué la soledad como algo necesario, ineludible. Y encontré en ella un gran alivio. El tiempo libre lo dedicaba a leer novela negra. Escribía también pequeños relatos, que retocaba e imprimía una y otra vez para enviarlos a concursos. Así comencé a utilizar el pseudónimo de Batir Lazarus. Admiraba a Hammett, y entre dientes reconocía mi debilidad por Stephen King. Sus obras completas fueron un refugio perfecto. Durante la semana era el chico de los recados, aprendiz, encargado de recabar información, localizar testigos, redactar expedientes y digitalizar viejos informes. Los fines de semana leía junto a la ventana de mi pequeño apartamento alquilado.

Continuará

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