Batir Lázarus 3

 

 

Palabras, palabras. Algunas quedan grabadas a fuego. Como aquel sábado lleno de circunstancias, digamos, especiales. Quería salir por la noche con Savater, mi compañero de piso, a celebrar nuestro reencuentro después del verano. Empezaba un prometedor penúltimo año de carrera. Pero esa tarde, cuando abrí la puerta, lo encontré tirado en el sofá, vestido con el chándal que usaba de pijama y la bufanda del Borussia Dortmund que compró en un rastro cuando estuvo de Erasmus en Alemania. Podía escuchar los latidos de mi corazón después de arrastrar la pesada maleta hasta el quinto piso sin ascensor. Giró la cabeza y con voz áspera dijo que tenía fiebre. Tosió un par de veces antes de incorporarse para decirme que había quedado con un viejo amigo a las ocho en Coia.

Maxi era un tipo oscuro, y no sólo por la ropa que llevaba, también por su forma de pensar. Decía que en este “mundo de mierda” era egoísta tener hijos, que llegado el caso, “se quitaría de en medio” antes de convertirse en un viejo inválido. Su lema: disfrutar al máximo, vivir experiencias límite, eso sí, de viernes a domingo, después de una dura semana trabajando como carnicero a turno partido en un centro comercial. Para él participar en orgías, probar todo tipo de drogas y descargar adrenalina en conciertos de hard metal, era ir contracorriente, atentar contra las buenas costumbres de una sociedad decadente y autoritaria. Creo que abrir cerdos en canal y destripar conejos ocho horas al día le causaba algún tipo de desorden. No compartía sus gustos, pero sonreía de manera acrítica cuando hablábamos de esa supuesta libertad para transgredir. A veces me sentía como esos peces que acompañan a los tiburones para comer sus despojos. Llegó puntual. Sobre su cazadora estilo perfecto cerrada hasta el cuello caía una melena sucia y despeinada.

–Al fin viernes –dijo sacando un cigarro.
–Es algo temprano. 
–Sí, no sé, la verdad es que es temprano sí –dijo dando al cigarro una calada profunda. 
–Bueno, seguro que encontramos algo. 
–Luis se apunta, ¿pasamos antes por su casa? –dijo él. 

Por entonces, para salir de la rutina, teníamos una especie juego. Consistía en visitar todo tipo de ambientes nocturnos. Un fin de semana el local más chic, otro el antro más zarrapastroso. Discotecas latinas, tabernas de quinceañeros, pubs de cuarentones, un local de intercambio de parejas. Abrir la segunda puerta y entrar a otra dimensión, era indispensable, el subidón de adrenalina, lanzar los dados en un juego que estás a punto de ganar. De lo contrario se cancelaba la partida. Al revés, salir después de mucho tiempo inmersos, también parecía el salto a una realidad paralela. La oscuridad, la decoración, la música de ACDC sincronizada con tres o cuatro pantallas gigantes y algunos clientes moviendo sus melenas como Angus Young, todo nos sedujo de inmediato.

Continuará

 

 

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