Batir Lázarus 4

Lo único que teníamos en cuenta antes de entrar a un local era la manera de vestir. No fue el caso esa noche. Con vaqueros y sudadera pasamos desapercibidos. Pese a todo tuve la impresión de ser un turista. Pensé que muchos parroquianos serían asiduos del Cuervo. Parecían una familia, cada cual con su sitio en la mesa a la hora de comer, o en el sofá para ver su serie preferida. El serpentín tiraba cañas sin descanso. Era temprano para nuestro juego. Nadie bailaba. Dudamos, en medio de la sala, mirando un par de videos antes de sentarnos. Ver sin ser vistos, una reacción instintiva de supervivencia. Charlamos con dificultad, porque el Cuervo no es un lugar para hablar sino para dejarse llevar. Y eso fue lo que hicimos cuando las dos chicas que no paraban de mirarnos vinieron sonrientes a nuestra mesa. Dejaron sus vasos casi vacíos encima y se presentaron. Fue muy rápido. Hicieron su elección. La más gordita se acercó a mí. Bajé del taburete. Le eché diecisiete. Enseguida me agarró por la cintura y susurró “Vamos a Geminix”. Su aliento cálido quemó mi oído. De escupir habría echado fuego por la boca. Salí del bar mareado. ¿Se llamaba Ada? Eso entendí. Pero después dijo Marga. Puede que fuese parte del juego. Caminamos agarrados varios metros por delante del resto. Geminix acababa de abrir. Ada, o Marga, saludó al camarero. Atravesamos la pista de baile vacía y bajamos unas escaleras. Conocía el local porque allí jugamos una de nuestras partidas. Antes del cuarto oscuro estaban los aseos. Pasé de largo, pero ella abrió la puerta de chicos. Acababan de limpiar, apestaba a lejía. Aún así empezamos a mordernos. Cuando le bajé los pantalones me alegró que no estuviese fofa. Tenía el culo duro. Nos magreamos un buen rato.

–¿Llevas condón? –preguntó.
–­No, lo siento.­
–¡Joder, qué mierda! Entonces la próxima vez –dijo sonriendo.

Terminamos con las manos al mismo tiempo, a oscuras, succionándonos el cuello como vampiros. Alguien intentó abrir la puerta. “¡Ocupado!”, gritó ella.
Salimos de aquel lugar sofocante. El cuarto oscuro olía a ambientador de vainilla. Ada cogió mi mano. Al fondo vimos la brasa de un cigarro. “Nos vamos”, dijo Ada a la amalgama de sombras indefinibles. Nadie respondió.
De camino a su casa Mariángeles cogió otra vez mi mano. Me sentí extraño. Un polvo era un polvo, no había por qué darse la mano. Con la excusa de cruzar la calle giré bruscamente y pasé entre dos coches aparcados. Sentí lástima por ella, y por mí, lo cual era todavía peor. Quizá deba saltar algunos detalles de esa noche. Y situarme en la ruinosa cocina donde tomaba café al amanecer, mirando un dormido patio interior a través de la ventana, cuando oí la puerta del piso de Ada y una luz se encendió durante breves segundos. Alguien apareció por el pasillo. Sostenía unas zapatillas tipo All Star y caminaba descalzo. Un parche negro tapaba su ojo izquierdo.

–¡Buenos días! ¿Tú debes ser…?

–Bruno –continuó él.
–¿Qué tal? Soy Lázaro –dije levantándome para saludar.
–Encantado –asintió con la cabeza.

Abrió el frigorífico y se preparó un sándwich de crema de cacao antes de desaparecer sin despedirse.

 

 Continuará


Batir Lázarus –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

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