Relato inspirado en Pedro Navaja, canción de Rubén Blades

Trabajo propuesto por Jose Luis Ferris en su asignatura del Máster de Creación Literaria que estoy haciendo estos meses. Escribir un relato inspirado en la siguiente canción.

 

 

 

–Siempre le llamamos Tom. Sí señor, Tom Miracle fue quien defendió a Rosy en el comité de disciplina. Es un tipo muy inteligente, dicen, de los que se toman en serio su trabajo. Pero ese día no pudo hacer nada frente a los demás profesores –dijo Harry.

–¿Estuvo usted en el comité? –preguntó el inspector mientras tomaba notas en un sucio cuaderno.

–Solo faltó la señorita Brenda. Creo que estaba de baja porque iba a casarse –dijo Harry.

–¿De qué es profesor?

–Tom da clases de Literatura.

–¿Y usted?

–¿Yo?, soy profesor de Química –dijo Harry.

–¿Recuerda qué paso en dicha reunión?

–Bueno, hace ya ocho años. Pero recuerdo que expulsaron a Rosy del instituto. Nadie quiso creer la extraña teoría de Tom. Decía que la joven era superdotada. ¡Quién iba a decirlo!, con sus notas mediocres. Lo cierto es que Rosy fue una chica problemática.

–¿Problemática? –preguntó el inspector.

–Disculpe, ¿cómo ha dicho que se llamaba?

–Carlos.

–¿Quiere una taza de café señor Carlos?

–Me pregunto cómo acabó Rosy aquí, Lower East Side no es un barrio de latinos –dijo el inspector colgando su chaqueta en el respaldo de una silla.

–Rosy fue adoptada. Los O`Connor tenían una tienda de electrodomésticos en Vinegar Hill. Su hijo mayor también fue alumno del instituto. Nada que objetar a esa familia irlandesa que se desvivía por enderezar a Rosy –dijo Harry estirando su camisa hawaiana. –¡Oh vaya!, mire qué hora es, estarán dando el parte –. El anfitrión puso dos tazas sobre la mesa y encendió la radio.

…tomen todas las precauciones. No olviden el protocolo de emergencia. Les iremos informando a lo largo del día. Muchas gracias.

–¿Sabe, señor Carlos?, confío en mi olfato, y me dice que es pronto todavía.

–Y ¿qué le dice su olfato acerca de Rosy?

–No le de vueltas a ese asunto. Está claro. Dos víctimas, dos asesinos. Un crimen pasional.

–¿Conocía a Pedro?

–Sería algún cliente. Un ingenuo encaprichado con la preciosa Rosy. Apuesto a que se los quitaba de encima, esos tipos que quieren pasear al lado de un bombón, y son incapaces de conseguirlo sin dinero.

–Se equivoca. Pedro Rodríguez era algo más que eso. ¿Le importa si fumo?

–Adelante, no se preocupe – dijo Harry abriendo una ventana. Varios papeles cayeron al suelo. La cerilla del inspector se apagó. Cuadros, cajones, sillas, incluso los cubiertos sobre la impoluta cocina, todo pareció cobrar vida. Carlos guardó el cigarrillo en la pitillera. El agradable vapor del café fue barrido por una fuerte ráfaga de viento que olía a moluscos y a sal.

–Apuntes para una novela –dijo Harry cerrando la ventana. Al agacharse para recoger los papeles, Carlos pudo ver parte de sus glúteos, y la oscura hendidura que  desaparecía más allá del pantalón vaquero. –Veinte años en un instituto dan para mucho, sí señor, y necesito tener la mente ocupada. Si Dios quiere antes del verano la entregaré a alguna editorial.

–¿Es usted escritor?

–Siempre quise escribir, pero la familia y la guerra se interpusieron en mi camino.

–Me gustaría leerlo, si no le importa.

–Por supuesto, faltaría más. Pero me temo que solo tengo esta copia.

Carlos Rodríguez llevaba diez años patrullando Long Island. No era único en su género, un hombre solitario, divorciado, sin vida familiar, sin horario de trabajo, adicto a la cafeína, y con un pasado que le impedía ser feliz. Quizá el destino comenzó a descarrilarse hacía cien años, cuando un navajo problemático huyó con la joven chumash que ayudaba en la misión de Santa Inés, California. Todo lo que pasó después fue un misterio. Su abuela solía contar historias increíbles, pero él pensaba que eran inventadas. Hasta que nació la madre de Carlos vivieron en las montañas, aislados del mundo.

–Rosy era una zorra.

–¡Señor Carlos!

–¿Qué se cree, que los policías no vamos de putas? Rosy trabajó varios años en el club Deeper. Era una zorra y le gustaba engatusar a sus clientes para volverlos locos y que aflojasen la cartera –dijo Carlos soltando el nudo de su corbata.

–¿En el Deeper?

–Sí –respondió el inspector alargando la i a propósito. –¡No me digas que no has estado allí! Apuesto a que todos los solteros en Loisaida conocen ese local. ¿Estás casado Harry?

–Divorciado.

–¿Desde cuándo?

–Hace nueve años.

–Apuesto a que ella encontró condones en tu chaqueta –dijo Carlos dando una palmada en la espalda de Harry.

–Margaret era una celosa patológica. Se imaginaba que tenía líos con mis alumnas.

–En la vida del hombre hay tres planos, trabajo, vida social y familia. Y en esta ciudad uno de ellos sobra  –dijo Carlos volviendo a llenar su taza de café. Fuera, en el 131 de Ludlow, el claxon de un automóvil comenzó a sonar, como después de un accidente. Harry abrió la puerta. El viento empujó un puñado de hojas secas hasta la cocina. Los árboles se balanceaban con fuerza. El más cercano estaba ya a punto de golpear los cristales de la ventana. Montañas de hojarasca y papel volaban formando remolinos.

–¡Maldita sea!

–¿Y los tuviste, Harry?

–Perdone, ¿a qué se refiere?

–¡Cabronazo! –dijo el inspector exagerando su acento mejicano. –Nadie sospecha de un profesor de química. Las alumnas prefieren la verborrea de los profesores de literatura. Les excitan sus discursos sobre Poe y Dickinson. Porque ¿sabes?, a las mujeres les seduce la inteligencia. O el dinero, Harry, no hay vuelta de hoja.

–¿Qué insinúa señor Carlos? Pondría la mano en el fuego por Tom –dijo Harry girando la ruedecilla de la radio. –¡Mierda, no hay señal!

–Tom Young ya ha reconocido ser cliente del Deeper.

–Vaya, puede que me haya equivocado, será mejor que vuelva a casa inspector, antes de que sea demasiado tarde –dijo Harry golpeando la televisión en busca de noticias.

–Podemos pasar una semana encerrados aquí, solos tú y yo. ¿O prefieres reconocer que también frecuentabas el club?

–Fui un par de veces, sí.

–Y la chica, ¿estuvo ella aquí?

–Puede que para revisar algún examen. Pero, ¿qué diablos? Es algo habitual. Ni fue la primera ni será la última. Los chicos a veces se acercan a saludar, a pedir ayuda.

El claxon seguía sonando fuera. Carlos imaginaba la escena. Un golpe lateral después de saltarse el semáforo. Los conductores empujan el coche averiado. Su propietario sale corriendo después de darle unas patadas al volante. Volverá a buscarlo cuando todo acabe. El otro coche sigue su camino. Alguien observa desde una ventana. Por eso vemos luces azules y rojas girando. Dos coches patrulla suben desde Rivington. Es mediodía pero podría estar anocheciendo. El cielo está cubierto de nubes bajas que pasan veloces y huelen a moluscos y a sal. Es el fin del mundo, al menos el de ese pequeño rincón del mundo. Los rascacielos comienzan a quebrarse, como piezas de un juguete. Los túneles del metro se inundan. Es como mear sobre un hormiguero. Miles de maletines flotan a la deriva. Harry sacude su cabeza y observa a los agentes. Uno de ellos corta los cables del claxon y anota la matrícula.

–La gente se está volviendo loca –dijo Carlos. –¿Sabes que puedes perder tu trabajo por algo así? No sé cómo se tomará el comité que te acostaras con Rosy. Puede que investiguen, que pregunten hasta llegar al origen. Y quizá no te guste lo que descubran.

–Él era su proxeneta. Yo no he tenido nada que ver con la muerte de la chica.

–Pedro estaba fichado por nuestra oficina. Sabemos que ha sido un ajuste de cuentas. Encontramos en el apartamento de la chica cincuenta mil dólares. O era una puta de lujo, cosa que dudo, o engañaba a Pedro. También había un billete de avión a Panamá. Quería huir. Casi lo consigue. Pero no entendemos que llevase un revolver, justo en ese momento. Creo que podrías ayudarnos a aclararlo.

–Es posible que Pedro la amenazara. Tenía miedo y llevaba un arma para defenderse de él.

–Puede. Pero ella se sentía segura. De lo contrario hubiese cogido ese avión lo antes posible, no en dos semanas. Seguro que hay otra explicación.

–¿Tienen alguna hipótesis?

–Sí. Pensamos que quería suicidarse.

–¿Suicidio?

–Fue una maldita casualidad. Esa noche llevaba el revólver para quitarse la vida y acabó utilizándolo para matar a su asesino. Una paradoja. Pedro perdonó que su chica lo dejara, pero cuando supo que le había robado fue a por ella.

Harry tomó asiento junto a la ventana. No podía hablar. Carlos cogió su chaqueta y dio un último trago a la taza de café. El tiempo se acababa.

–Tarde o temprano sabremos si quería dejar Estados Unidos sola. Piénsalo Harry. Un romance con una prostituta no tiene importancia. Pero un chivato está muy mal considerado y el hermano de Rosy querrá vengarse.

–¿John O´Connor? –dijo Harry con desprecio.

–Miguel Rodríguez. Fue dado en adopción a la misma vez que su hermana Rosy. Contactaron hace un par de años. Sospechamos que trabaja para un cártel mejicano. No creo que a John le interese demasiado el destino de su hermana adoptiva.

Un gesto de desesperación apareció en el rostro de Harry. Fue a la cocina, abrió el grifo y se lavó la cara. Fuera, las ramas amenazaban con romper el cristal. Harry abrió la ventana y puso un cartón grueso para amortiguar los golpes. El viento gritó dando un último aviso.

–Señor Carlos, le pido por favor que se marche. No sabemos lo que puede pasar. Esta zona de la ciudad es peligrosa. Déjeme que piense en sus palabras –dijo Harry dando vueltas por el salón. –¡Este viento me está volviendo loco!

–Como prefieras. Me pondré en contacto contigo. No olvides que cualquier cosa, por pequeña que sea, podría ser de gran ayuda.

Harry sacó un sobre de un cajón. Lo abrió y le dio a Carlos el papel que contenía. A simple vista parecía una carta. El inspector cerró su chaqueta y salió fuera agarrado a la barandilla. El huracán Gloria ya estaba en Carolina del Norte. Era cuestión de horas que barriese la ciudad de Nueva York.

 

 

 

 


Relato sobre Pedro Navaja –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

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