Salud y simulacro. La verdad está en la papelera

“La era de la simulación se abre, pues, con la liquidación de todos los referentes. No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real, es decir, de una operación de disuasión de todo proceso real por su doble operativo”. Baudrillard

Según la RAE el anglicismo performance se refiere a una “actividad artística que tiene como principio básico la improvisación y el contacto directo con el espectador”. En Hispanoamérica también hace referencia a la ejecución de una pieza musical o a la puesta en escena de un papel en cine o en teatro. Del sustantivo performance extraeremos el atributo performativo, y no lo usaremos para hacer referencia exclusivamente al arte. Quedémonos con que performance implica acción, improvisación, contacto con el público, interpretación y puesta en escena. Así una emisión de radio, un programa de televisión, un partido de fútbol o una comparecencia en el senado podrían ser performances. Donde se dice “todo es arte”, también se puede decir “todo es performance”.

Parafraseando al Diccionario de Filosofía Contemporánea (1976) “las actividades humanas están reguladas por normas y valores, y así hasta nuestro conocimiento de los hechos empíricos depende en buena medida de valoraciones”. El valor en un sentido materialista no puede ser absoluto y se presenta siempre en forma de jerarquía. Pues una realidad no tiene el mismo valor para todos, no es valorada de la misma forma por todos los sujetos. En el siguiente artículo intentaremos poner de relieve cómo el carácter performativo (representación, improvisación, contacto con el espectador, interpretación, puesta en escena) de ciertos hechos altera nuestra jerarquía de valores, incluso nuestra percepción de la realidad, pero lo que es más importante, nos induce a pensar que existe un valor absoluto, válido para cualquiera y en cualesquiera circunstancias.

En 2018 Sotheby ́s vendió una obra de Banksy, Niña con globo, por más de un millón de libras. La obra en cuestión fue supuestamente autodestruida de forma parcial por un dispositivo oculto en el marco cuando el martillero la adjudicó en el transcurso de la subasta. Desde diferentes medios se considera que la prestigiosa marca y el artista actuaron en connivencia, aunque oficialmente tanto Sotheby ́s como Banksy defendieron lo contrario. En cualquier caso, estuviesen o no de acuerdo para realizar la performance, los medios de comunicación generalistas y la propia casa de subastas consideraron el acontecimiento como un hito en la historia del arte. Decir que tras la compra el coleccionista no se llevó la misma obra por la que había pujado, hasta el nombre era diferente, de Niña con globo pasó a llamarse El amor está en la papelera. Y ahora estará más que satisfecho con su adquisición ya que en octubre de 2021 la revendió por 14,4 millones de libras, ¡revalorizada en un 1600%!

No vamos a abordar el significado ni el alcance ni el valor económico de la obra, nos interesa sobre todo subrayar el carácter performativo del evento. Si observamos la fotografía de la subasta nos atrae la reacción de los espectadores cuando Niña con globo se convierte en El amor está en la papelera. En el momento de la metamorfosis una mujer, la testigo más cercana, relata con su iPhone los hechos a tiempo real, mientras sonríe con una mezcla de sorpresa y diversión. Detrás de ella, otra mujer se tapa la boca en un gesto de incredulidad, parece no creer lo que ve ni tener palabras para describirlo. Otras dos espectadoras contemplan la escena, perplejas, y un quinto personaje sostiene un teléfono analógico, de esos que usábamos en los 90 del siglo XX, con cara de estupor mientras relata los acontecimientos a algún inversor que tal vez opera desde el anonimato. Estas reacciones eclipsan el cuadro de Banksy, que cede casi todo el protagonismo a los espectadores. Algo parecido sucede con Los fusilamientos del 3 de mayo (Goya, 1814), donde las expresiones de los condenados a muerte tienen un intenso poder de atracción y los soldados pierden protagonismo. Los hemos visto, sabemos que están ahí, forman una diagonal que desgarra el cuadro, pero los sentimientos de quienes están a punto de morir centran nuestra atención. Tal vez porque nos ponemos en el lugar de las víctimas. Los verdugos están presentes de forma simbólica, como el cuadro de Banksy tras accionar el dispositivo de destrucción en la foto de la subasta.

En Cultura y simulacro (1978), Baudrillard escribía que “disimular es fingir no tener lo que se tiene, y simular es fingir tener lo que no se tiene”. Disimular no altera la realidad, pues peinarse con cabellos largos la frente solo disimula la calvicie. Pero según el autor francés la simulación sí cuestiona “la diferencia entre lo verdadero y lo falso”. Un peluquín simula que tienes pelo, y así lo puede pensar mucha gente a simple vista, aunque debajo la realidad diga lo contrario. Volviendo a Banksy, si de mutuo acuerdo él y Sotheby ́s disimularon un engaño carece de importancia para el público.

En un video reciente el youtuber y crítico de arte Antonio García Villarán aporta pruebas en este sentido. Pero el hecho de disimular un acuerdo para estimular las ventas no cambia nada. La casa de subastas y el artista podrían haber organizado una puesta en escena, pero ni el público ni la prensa ni la crítica lo consideran importante. La obra se vende, es más, la obra dispara su cotización. Si Sotheby ́s y Banksy hubiesen pactado el happening necesitarían disimular, sin duda, pero también crear una simulación, y ¿cuál sería la mejor manera de hacerlo?, pues precisamente lo que hizo el artista, decir que la performance era una crítica a la mercantilización del arte. Así que de reconocer que todo fue organizado dicha justificación carecería de fundamento. En definitiva lo que nos interesa de este asunto de finanzas es que a los inversores, a la prensa de todo tipo y a la crítica constatar que la subasta fue un montaje carece de la menor relevancia, para ellos la realidad performativa está por encima de cualquier otra, fueron protagonistas de la Historia del Arte, aunque solo por unos minutos.

En declaraciones públicas decía Antonio Escohotado, contra las “teorías de la conspiración” sobre el 11S, lo siguiente: “Lo que importa en las Torres Gemelas de Nueva York es que se cogieron tripulaciones enteras y con los pasajeros se tiraron contra edificios, no tiene ninguna justificación que se pusiesen cargas explosivas en las bases”. Y concluía: “La conspiranoia no lleva a ninguna parte, no es una forma de conocimiento”. Se justifica diciendo que en derecho hay dos tipos de pruebas, la documental y la testifical, y que sin ellas no hay caso. La primera parte de la intervención está relacionada con lo que aquí se expone. El acontecimiento agota todas las posibilidades en sí mismo, aunque contradiga la opinión de arquitectos, ingenieros, expertos en aeronaútica y demolición controlada, es indiscutible, no procede plantear dudas al respecto, nos quedamos con el espectáculo de dos colosos de acero desplomándose sobre su base y con el sufrimiento de cientos de personas que tuvieron la desgracia de vivir un atentado terrorista de tal magnitud. No queremos defender aquí ninguna versión alternativa del 11S, tan solo afirmar que la oficial niega cualquier otra vía de investigación con el apelativo indeterminado «teorías de la conspiración», lo cual supone un gran reduccionismo.

El 11 de marzo de 2020 la OMS declaró una pandemia mundial por Covid-19, una afección producida por un supuesto virus (no había pruebas concluyentes de su existencia), denominado SARS-CoV2. Desde el principio la comunidad científica estuvo dividida, las medidas para paliar la pandemia parecían no estar justificadas desde un punto de vista sanitario. Declaración de Estado de Alarma, restricciones a la movilidad, cierres forzosos de empresas, imposición de mascarillas, monitorización de redes sociales, localización de móviles, pruebas diagnósticas cuya eficacia siempre estuvo puesta en duda. Ahora, con cierta perspectiva, sabemos que estas medidas desembocan en la vacunación forzosa y continuada de la población y la implantación de un sistema electrónico individual de inteligencia artificial que nos permitiría cierta movilidad y acceso a determinados bienes y servicios, como ya sucede en Australia, Austria, Francia y Canadá. Recientes palabras de la presidente de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, apuntan en este sentido. Desde diferentes medios se considera que las grandes farmacéuticas y las autoridades sanitarias actúan en connivencia al crear una alarma social encaminada a sustituir leyes por protocolos, y en última estancia acuerdos internacionales por medidas de urgencia sin consenso social más propias de dictaduras que de países democráticos sujetos a un Estado de Derecho. Estas voces y las de numerosos científicos y médicos son silenciadas con apelativos como negacionistas, antivacunas, terraplanistas o incluso conspiranóicos. No entraremos ahora a valorar los argumentos de quienes denuncian la actual situación, solo pondremos de relieve la desproporcionalidad entre las medidas (incluida la inoculación forzosa y continuada de una terapia que ha demostrado su ineficacia y el controvertido pase Covid) y la gravedad de la afección en porcentajes de afectados, casos leves, graves y muertes.

Al hilo de la afirmación de Baudrillard las preguntas pertinentes serían: ¿simulan los responsables políticos de la salud y las grandes farmacéuticas una pandemia por un virus letal que muta en variantes regularmente? Y, ¿disimulan no tener intenciones espurias?, ¿fingen proteger nuestra salud cuando lo que buscan es llegar al control total sobre los ciudadanos aprovechando el miedo a la letalidad del virus? Estas preguntas carecen de sentido para una gran parte de la población porque aquí el carácter performativo de los hechos se impone a cualquier duda razonable, altera nuestra jerarquía de valores y nuestra percepción de la realidad y nos induce a pensar que existe un valor absoluto, válido para cualquiera y en cualesquiera circunstancias. Aunque son preguntas fundamentales, más que justificadas ante la realidad performativa de la pandemia.

En efecto, si repasamos los acontecimientos encontramos las características propias de la performance. Vemos que ha sido una representación y una puesta en escena por el uso de policía para controlar que nadie fuese sin mascarilla, por las comparecencias de responsables políticos acompañadas de afirmaciones falsas, como la existencia de un comité de expertos o los planes de desescalada, por las reuniones virtuales de los líderes políticos a través de plataformas multipantalla, por las coreografías de sanitarios publicadas en Tik Tok y por las llamadas a aplaudir en los balcones. Hubo (hay) improvisación por el cambio continuo de normas relativas a horarios, grupos de personas que se pueden reunir, negocios que pueden abrir y tiempos de cuarentena para positivos, y también desacuerdos y rifirrafes con las diferentes Comunidades Autónomas. La participación del público ha sido una parte fundamental en todo este proceso. Se nos pide que lavemos nuestras manos continuamente, que las embadurnemos con alcohol etílico varias veces al día, que guardemos distancias de seguridad, que no usemos dinero en efectivo, que nos pongamos guantes, que nos saludemos con el codo, que nos encerremos durante semanas en una habitación ante cualquier síntoma por una prueba (PCR) que desde el principio se sabe que no es efectiva, etcétera.

Siguiendo con Cultura y simulacro, Baudrillard dice que “si cualquier síntoma puede ser producido y no se recibe ya como un hecho natural, toda enfermedad puede considerarse simulable y simulada” y que “la medicina pierde entonces su sentido al no saber tratar mas que las enfermedades verdaderas según sus causas objetivas”. Cuando alguien afirma estar enfermo aunque esté sano, es casi imposible saber con rigor si dice la verdad o miente. Simular una enfermedad (sin síntomas y con resultados negativos) fuerza al médico a aceptarla sin ninguna evidencia. Pero, ¿y en el caso contrario, puede una enfermedad ser disimulada? Por supuesto que sí, sin embargo cuando alguien está enfermo acaba siendo evidente por los propios síntomas de la enfermedad que padece. En este punto debemos hablar de una pieza clave en la arquitectura de la pandemia, el enfermo asintomático, figura que esconde una de las mayores falacias del relato oficial, pues conlleva considerar que todo, absolutamente todo el mundo podría padecer el supuesto virus y además contagiarlo y provocar la muerte de otras personas. Este planteamiento y otros sobre los que se justifica la pandemia son falacias ad verecundiam, conclusiones que se dan por verdaderas solo porque personas consideradas autoridades en la materia lo defienden, como si no pudiesen equivocarse. Otra muy utilizada por medios de comunicación y políticos es la falacia ad populum, que consiste en defender conclusiones sin justificarlas, apelando a prejuicios, sentimientos o emociones, como por ejemplo cuando afirman que los no vacunados son un peligro para los vacunados.

A modo de conclusión señalar que las incongruencias, las contradicciones, el señalamiento público del disidente, las críticas a la gestión, los vacíos legales, los protocolos que acabaron con la vida de miles de personas, los efectos adversos de las vacunas, la prohibición de terapias alternativas, el ensañamiento de los medios de la comunicación a pesar de las estadísticas, los test fraudulentos, la instauración de un Estado policial, todo lo que nos parece completamente fuera de lugar no hace sino apuntalar el discurso oficial, paradójicamente, pues insistimos, el carácter performativo de la pandemia se impone a cualquier duda razonable, altera nuestra jerarquía de valores y nuestra percepción de la realidad y nos induce a pensar que existe un valor absoluto, válido para cualquiera y en cualesquiera circunstancias. 

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