Sonrisa giratoria

 

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En el Gran Libro de los Recuerdos
hay páginas arrancadas, frases subrayadas,
anécdotas que siempre salen a relucir.
Como aquella paella llena de hormigas;
insistí, pero no hicieron caso.
“Lo que no mata engorda”,
decían mis tíos comiendo himenópteros.

Aún me sorprenden ciertos hechos,
de nada sirve mantenerlos en salmuera,
recuerdos encurtidos, cerrados al vacío,
tijeras cayendo sobre las azoteas.
Aparentemente intactos,
si los abres se deshacen entre las manos,
de algunos salen mariposas,
de otros larvas ciegas,
o arena, arena de un reloj de arena.

Cuando mi abuela despellejaba un conejo,
tenía que volver la cabeza para no vomitar.
A veces me mordía el lóbulo de la oreja,
su abrazo olía a pan.
Siete días por semana, menos dos.
Los sábados el vendedor de casetes
levantaba su toldo bajo nuestra ventana.
Recuerdo la primera calle peatonal,
ir de punta a punta comiendo pipas,
el cuello vuelto bajo la barbilla,
las ingles escocidas por la ropa interior.

Después, domingos tridimensionales.
Detener el tiempo era cosa de titanes.
Pero ahí estaba el cine, ese otro templo.
Mientras Conan echaba un polvo salvaje
entre pieles y huesos colgantes,
el profesor dormía en el colegio.
Recuerdo el perfume en tu chaqueta de brillantina,
aquel invierno de 1984,
Fredy Krueger enredado en un atrapasueños.

Limón con bicarbonato,
algodones empapados de anís,
la sonrisa giratoria de la peluquera.
Son algunos recuerdos,
los guardo como tesoros sin importancia,
nadie podrá llevarse esas joyas incalculables.

Justicia Poética


La punta del lápiz aún chorrea sangre.
Versos abiertos en canal, metáforas diseccionadas,
palabras gravemente heridas se retuercen como rabos de lagartija.
La patrulla lingüística suda bajo el traje espacial, 
despegando de la alfombra letras irreconocibles, 
palabras violadas. 
Metonimias maniatadas presentan rastros de violencia.
Se barajan hipótesis. Crimen pasional, a juzgar por las manchas.
¿Accidente? Poco probable.
El suicidio también queda descartado,
un poema no se quita la vida así, prefiere precipitarse al vacío.

Triste ver hipérboles por el suelo, cubiertas de moratones,
estrofas coaguladas, rimas con los ojos nublados.
Imposible reconocer, si las hubo, aliteraciones, ni anáforas. 
Aunque ciertas antítesis, pese a estar desfiguradas,
podrían revelar las intenciones del poeta.
Los vecinos oyeron música electrónica, un portazo,
y al perro del segundo que no paraba de ladrar.
Después sirenas, tumultos, pasos en la escalera.
La escena del crimen permanecía intacta.
Buscaron huellas, restos de ADN entre las sábanas,
en fin, justicia poética. 

Parodia, grita la prensa, los sintagmas no engañan.
Un tocadiscos gira sin pausa sobre Viva las Vegas de Elvis Presley.
Mute, dice la pantalla de televisión, 
mientras Discovery Chanel entrevista a un Alien humanoide,
Huele a rosas, ambientador de rosas, y a plástico.
Largas cortinas blancas ondean en la penumbra.
Fuera, apoyado en el balcón, 
el director de la Real Academia Española lanza oes de alquitrán,
quizá recordando a Adorno y su famosa frase,
quizá imaginando lo espantoso que sería caer
desde el vigésimo cuarto piso de aquel Hotel ⋆⋆⋆⋆⋆