Batir Lazarus 2

Tras algunos años de morralla vital, estaba perdido. Paré en seco. Ciertas relaciones me estaban perjudicando. Confundir amistad con salir de fiesta, nadar contracorriente para remontar el río, cuando mantener mi lugar hubiese bastado, todo eso acabó pasando factura. Pero había algo que ya no soportaba, la compañía de otros hombres. ¿Por qué me sentía un cero a la izquierda, por qué me resultaban tan incómodas las bromas “masculinas”? Había un lenguaje establecido, un código, una forma de comportarse, algo que no era capaz de seguir. Y esta incomprensión se tradujo en culpabilidad. Siempre alerta, esquivo, llegué a pensar que era objeto de burla, que aquellos “conocidos” conspiraban contra mí. “No lo captas chaval, pero no te preocupes, tal vez tu sitio no está aquí”. No, no, siempre no, era lo que leía entre líneas.

–¿Prefieres estar en compañía de mujeres, salir con amigas en lugar de salir con amigos?–preguntó Marta sorprendida.
– Sí, lo prefiero, las mujeres no están fanfarroneando todo el tiempo, ni se gastan bromas crueles para ponerse a prueba –respondí.
–¿Es eso lo que hacéis los hombres?
–Sí. No todos, pero la mayoría que conozco.
–¡Pues ni te imaginas nosotras! Las mujeres somos más vengativas, pero no se nota. Nos las tiramos disimuladamente. Sonreímos aunque por dentro pensemos ¡qué cabrona eres! En ese sentido los hombres sois más simples, transparentes. No sé, yo prefiero la compañía masculina.

Con Marta no temía ser malinterpretado, ni juzgado. Pensaba en voz alta, me dejaba llevar, metía la pata, reconocía mi ignorancia en ciertos temas sin sentir que cambiaba en algo nuestra amistad. Lo que siempre originó conflictos con otros chicos, con ella fluía sin la menor importancia. Cuántas veces escuché que los hombres debíamos cuidar nuestra parte femenina, que éramos incapaces de expresar nuestros sentimientos, incluso de hacer dos cosas a la vez, o que, según las estadísticas, en una fiesta de disfraces deseábamos ponernos vestidos y tacones. Así, acepté que mi parte femenina gozaba de buen estado de salud. Podía abrirle el corazón a cualquier amiga sin miedo, dar la vuelta a una tortilla mientras hablaba por teléfono y, ¿por qué no?, comprar la peluca de mis sueños para los próximos carnavales. En definitiva, era como un bicho raro clavado en la pared de un taxidermista. Aprendí a cerrar la boca a tiempo. ¿La familia? Bien, gracias. ¿Pero de qué familia hablamos? ¿De mi hermano, que sólo pensaba en su coche y en la fiesta que le esperaba el siguiente fin de semana? ¿De mi padre, que acabó marchándose de casa con una mujer quince años más joven que la suya? ¿De mis primos, preocupados por mantener las apariencias, la carrera perfecta, las notas perfectas, el trabajo perfecto? ¿De mis tíos, casi mudos, insensibles tíos políticos que en más de una ocasión volvieron la cabeza al verme por la calle? Dentro de la inamovible jerarquía familiar nosotros éramos los perdedores.

Continuará

 

 

 

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Batir Lazarus 1 (Un relato)

“Lo cierto es que nunca recibí el cariño de mi padre. Siempre pensó que a los hijos no se les debe demostrar afecto, ni abrazos, ni besos, ni palabras de aliento. Así que ahora soy incapaz de demostrarle, por mi parte, afecto alguno. Yo fui padre algo tarde, y tuve claro que a mis hijos no les faltarían abrazos, besos y palabras de cariño. También les enseño a respetar y valorar a sus mayores. Me hace feliz que ellos, con tres y cuatro años, se tiren a los brazos de su abuelo para besarle y abrazarle. Es mi forma de restituir ese vacío entre ambos. No es lo mismo, lo sé, pero él percibe el intercambio. Cuando los sube a sus rodillas, les retuerce la nariz o les pellica un moflete, nos lo hace también a nosotros, sus propios hijos”.

Después de mi última nota he recibido un correo electrónico. El autor me pide que publique el contenido, indicando que habrá más envíos, hasta terminar de contar su historia. No tengo inconveniente en hacerlo. Le he sugerido que utilice su propio muro, pero asegura no participar en ninguna red social. “Entonces, ¿cómo has leído el post?” Fue a través de un amigo. Quiere que comparta su email: batirlazarus@gmail.com, por si alguien desea ponerse en contacto con él de forma privada.

 

Batir Lázarus 

Aunque se considera de poco gusto comenzar un texto haciendo referencia a la climatología (siempre preferí hacer las cosas al revés de cómo se supone que deben hacerse), aquella mañana era especialmente calurosa. Estaba en Pontevedra con unos clientes y decidí visitar a mis padres. Al llegar, alguien salía del edificio y accedí al portal sin llamar al timbre. Como viven en un segundo suelo subir por las escaleras. En el rellano oí voces, la ventana del patio estaba abierta. “Nunca les has dado cariño a tus hijos”, decía mi madre en tono de reproche. “¡A los hijos no se les puede dar cariño!”. Hubiese entrado, sin más, para preguntar, “¿por qué no, por qué no, papá?”. Sin embargo di la vuelta y bajé deprisa los peldaños. Siempre tuvieron sus más y sus menos, alguna discusión que otra, pero entonces, por circunstancias que no vienen al caso, la cuerda estaba muy tensa.

No habían pasado ni dos semanas, cierto día, caminaba por la calle cuando oí de nuevo la frase. “A los hijos no se les debe dar cariño” –aconsejaba el vendedor de un quiosco a su cliente. Tuve tanta curiosidad por escuchar la conversación que me detuve a ojear una revista. En vano, cambiaron de tema en cuanto comencé a remover el expositor.

Tenía veintiséis años. Acababa de terminar Derecho y había conseguido empleo en un pequeño bufete de Ourense. Vivía solo. Después de varias relaciones tormentosas decidí tomar un tiempo para mí. Busqué la soledad como algo necesario, ineludible. Y encontré en ella un gran alivio. El tiempo libre lo dedicaba a leer novela negra. Escribía también pequeños relatos, que retocaba e imprimía una y otra vez para enviarlos a concursos. Así comencé a utilizar el pseudónimo de Batir Lazarus. Admiraba a Hammett, y entre dientes reconocía mi debilidad por Stephen King. Sus obras completas fueron un refugio perfecto. Durante la semana era el chico de los recados, aprendiz, encargado de recabar información, localizar testigos, redactar expedientes y digitalizar viejos informes. Los fines de semana leía junto a la ventana de mi pequeño apartamento alquilado.

Continuará

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Lolita y el patriarcado

 

En los últimos meses se ha abierto un debate en torno a Lolita, novela de Vladimir Nabokov. Laura Freixas publicó un artículo titulado ¿Qué hacemos con “Lolita”?, en el que pedía responsabilidad a los autores a la hora de tratar ciertos temas. También denunciaba la manipulación que el patriarcado ejerce en su beneficio sobre la cultura. Sergio del Molino replicó a Freixas con Lectores que lean “Lolita” sin prejuicios, en el mismo diario. Del Molino eximía de responsabilidad a Nabokov por las interpretaciones que suscitara su novela, y en general a los artistas que tratasen temas polémicos. Meses más tarde el periódico moderó un debate donde ambos escritores intercambiaron impresiones. Freixas aclara que no juzga el valor literario de Lolita sino su repercusión, y el hecho de que sea considerada como “historia de amor” una novela que por su ambigüedad se puede leer como justificación del violador. La autora habla de feminismo, pero en su réplica del Molino apenas entra en ese debate. Según él la obra no necesita decodificaciones ideológicas. Afirma que probablemente la mayoría de la producción literaria sea machista porque ha sido escrita por gente machista. Además opina que al creador no se le debe exigir ningún tipo de compromiso ético.

Encontramos dos debates abiertos. Uno sobre el alcance y responsabilidad del artista y su obra, y otro ideológico, en el que ambos autores están de acuerdo tácitamente, sobre el cual es preciso hacer algunas aclaraciones. De entrada no podemos obviar su contexto, en este caso El País, cuyas afinidades e ideología están bien definidas. Después, que la crítica de Freixas contiene un importante error de base. Al establecer las categorías, con el argumentario que forma parte del discurso feminista institucional, de opresores (varones, occidentales, blancos, de clase media o alta), y oprimidos (mujeres, colonizados, de otras razas o pobres), simplifica de forma arbitraria y sesgada la realidad. Existen otras interpretaciones sobre el fenómeno del patriarcado expuestas en diferentes ensayos que desmontan la categorización de Freixas: La creación del patriarcado, de Gerda Lerner, Guardianas nazis, el lado femenino del mal, de Mónica G. Álvarez, o Feminicidio o autoconstrucción de la mujer, de Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora, son algunos de ellos.

Respecto al otro debate, el de Lolita (publicada en Francia, donde también vieran la luz obras como Diario del ladrón, de Jean Genet, Justine, del marqués de Sade, o los Cantos de Maldoror, del conde de Lautréamont) y los límites del arte para representar aspectos controvertidos y oscuros del ser humano, creo que no se puede argumentar con suficiente rigor que uno esté equivocado y otro en lo cierto. Comparto muchas de las observaciones acerca de la literatura de ficción que expone del Molino, y cuando Freixas  demanda cierta responsabilidad ética o moral. Pero Lolita quizá no sea un buen ejemplo, pues una lectura satírica o crítica también es legítima. Nabokov dejó claras sus intenciones. Humbert Humbert se justifica constantemente. “Mi cuerpo abyecto”, “oscuro pozo de monstruos”, “mis patéticas maquinaciones”, “gusano degenerado”, “comportamiento aberrante”, son expresiones que aparecen una y otra vez. Hoy día, dentro de cualquier plataforma de streaming, en alguna serie seguida por millones de personas, Freixas encontraría ejemplos mucho más adecuados.