Paraíso en obras, capítulo 9

Intento reconstruir el pasado sin guion alguno. Al azar escribo pinceladas, compongo el paisaje de mi vida sin croquis ni estudios previos, como una pintura impresionista. Voy tomando recuerdos y trazo el camino impreciso que recorrí. Pero la historia no solo me pertenece a mí. Estamos entrelazados en un destino mágico que sucede al azar, limitados por infinitas posibilidades. Así nos encontramos en un tren, una fría mañana de febrero de 2000, camino de Barajas. Comenzaba nuestra aventura Erasmus. Madrid-París-Fort de France.

En toda nueva experiencia, siempre hay una primera impresión, algo que va por delante de ti, en ocasiones imprevista. La sensación de estar dentro de un invernadero, mezcla de humedad y calor, es lo primero que se experimenta al bajar del avión y entrar en el aeropuerto Aimé Césaire. Nos esperaban el director del IRAVM, monsieur Montjoly, y la persona que se encargó de contactar con la escuela un año antes para incluirla en el programa internacional de becas, una compañera de nuestra facultad. Éramos la segunda promoción que iba a estudiar en Martinica. Por supuesto, la siguiente impresión, casi instantánea, fueron los colores. El marrón rojizo y la rica gama de verdes variando constantemente. El contraste de amarillos y naranjas en aquel ambiente aún lo conservo en la memoria cuando evoco aquellos días. Nos subimos en la parte de atrás del coche. No entendía ni una palabra de francés. Nuestra compañera nos había buscado una residencia a cada uno en el centro de la ciudad. Nos llevaron directamente. Primero fuimos a la femenina, que estaba cerrada. Unas chicas vestidas con uniforme de colegio abrieron la puerta. Iban acompañadas de una mujer con hábito religioso. Nos dijeron que el establecimiento cerraba a las seis de la tarde, y apenas habían pasado unos minutos. Mi compañe- ra me miró, sorprendida, pero no tuvimos tiempo de hablar casi. Desde una ventana, en la primera planta, otro grupo de adolescentes nos sonreía y saludaba con la mano. Después fuimos a mi residencia, exclusivamente masculina, cuya puerta sí estaba abierta. Era un edificio en bajo muy céntrico. Nadie salió a recibirnos, aunque nos esperaban en la entrada, una especie de sala de estar-comedor-cocina a la que se llegaba tras atravesar un patio interior. Dejé las maletas a un lado y mis acompañantes hicieron las presentaciones. Estaba hambriento y con la curiosidad a flor de piel. Nos despedimos hasta el día siguiente en la Escuela de Arte. Por fin solo en un país extranjero, una isla tropical donde se hablaba una lengua de la que no conocía más de tres o cuatro palabras. La televisión emitía un noticiero. Había algunos chicos mayores que parecían los encargados, el resto eran adolescentes. Un francés metropolitano, Jean Pierre, el único europeo en la residencia, se ofreció para lo que hiciese falta. Tomó la iniciativa como un trabajador del centro. Fuimos a la habitación y me presentó al resto de estudiantes mientras explicaba el funcionamiento y las reglas de la residencia, los horarios, la cocina, las instalaciones. Comprendía algunas cosas, lo cual era buena señal. El francés es una lengua a la que a un español no le resulta difícil adaptarse. Perdía muchos detalles, pero lo más importante quedó claro. Después de comer algo, mirando en la televisión un noticiero de París, fui a descansar. La cama era como los viejos catres que tenían nuestros abuelos. El colchón te atrapaba literalmente y no podías casi ni moverte en toda la noche. La luz del atardecer traía muy buenas sensaciones. Miré el horizonte montañoso con ilusión, sentía que todo un mundo se abría en aquella isla de sesenta y cinco kilómetros de largo. Era como estar dentro de un sueño, y no solo por el jet lag, también por el paisaje de palmeras y flamboyanes, el bullicio colorido de las calles despidiendo el día, la arquitectura colonial de fachadas desteñidas y contraventanas de madera hinchada, las campanas de la iglesia de Fort de France dando la hora al pie de la Avenida Maurice Bishop. Por la mañana fui a la residencia religiosa de Carmen. Salió un poco aturdida, pero feliz por el recibimiento que le habían brindado. Era la única estudiante blanca. Las chicas más jóvenes la rodearon nada más llegar para tocarle el pelo y la piel mientras hacían todo tipo de preguntas. Ella había estudiado francés antes del viaje; de hecho, fue mi profesora cuando un mes más tarde compartimos casa. Dimos un paseo e intercambiamos impresiones. Lo peor para ella era tener que estar de vuelta en la residencia a las seis. Por lo demás, parecía haber buen ambiente. Yo sospechaba que la mía también era religiosa, pero no tenía límites horarios. Después de desayunar, había recorrido un poco el edificio. Lo primero que encontré fue una capilla, con un viejo piano de cola abierto, una gran figura de Cristo crucificado y en la pared un lagarto que corrió hacia la ventana al verme entrar. No tenía cristales, en realidad muy pocas ventanas los tenían, por eso las ramas de algunas plantas y árboles del jardín entraban en aquel lugar donde parecía no pasar el tiempo.

Fuimos a tomar un café, llamar por teléfono a nuestras familias y conseguir algún plano de las calles para ubicarnos e ir a la escuela de arte. Después salimos del centro y remontamos algunas cuestas hasta subir la colina donde estaba, dominando desde lo alto el lado noroeste de la ciudad, el IRAVM. Justo enfrente podía verse el barrio de Trénelle-Citron. Atravesamos los jardines buscando la recepción. Era un edificio peculiar, con diferentes alturas, escaleras y rampas, que anteriormente había servido de hospital. Nos volvió a recibir el director. Fue muy amable. Nos mostró el recinto, las aulas y talleres. Conocimos al personal docente y administrativo. Era un lugar muy pequeño comparado con la facultad de Valencia, podía decirse que estaban en familia. Apenas comprendía nada, tan solo los saludos. Ça va? Después de rellenar algunos formularios, fuimos a comer a un bar cercano. Probamos dos platos típicos de arroz blanco, uno con banane jaune y otro con acras de morue, o albóndigas de bacalao. Una vez en la ciudad, paseando por las calles, lo siguiente que llamó mi atención fue la cantidad de vagabundos, en apariencia. Mi compañera estaba algo asustada ante la idea de tener que moverse sola por aquellas calles. Eran hombres de mediana edad, por lo general fuertes y musculados, que vestían harapos y hablaban solos en voz alta. Algunos incluso gritaban de forma violenta. Caminaban como enajenados y a veces se acercaban a los transeúntes sin ser casi escuchados. La gente se apartaba de ellos como si contagiasen alguna enfermedad. Invadían la calzada e interrumpían el tráfico. Nadie parecía saber de dónde salían ni a dónde iban. El resto se ocupaba en hacer sus compras y ventas diarias, porque el centro de Fort de France era un gran centro comercial. A las siete de la mañana, un hervidero de gente se daba los buenos días y comenzaba la larga y sudorosa jornada laboral. Se transformaba como por arte de magia. Amanecía a las seis y anochecía doce horas después, a las seis de la tarde. Entonces las persianas bajaban, las calles se vaciaban, el silencio se apoderaba poco a poco de cada rincón del barrio, como un escenario tras una función de teatro. Parecía mentira que todo hubiese sucedido allí. A partir de esa hora, casi nadie se atrevía a salir. Nosotros solo lo hicimos dos o tres veces. Mi residencia era muy tranquila, un viejo edificio colonial donde se olía a café y mantequilla. Poco a poco fui conociendo a otros estudiantes, aunque en realidad apenas podía comunicarme con ellos. El primer fin de semana, con un mapa de la isla, Jean Pierre me habló de algunos lugares que merecía la pena visitar. También dijo que quería ir a una fiesta rasta el sábado siguiente. Ese día, yo mismo había visto los pequeños carteles pegados en paredes y farolas avisando de la fiesta, que sería en casa de un rastafari. Era habitual organizar encuentros de ese tipo. La población de la isla vive muy dispersa, hay muchas casas de campo diseminadas por gran parte del territorio montañoso, y los accesos son a veces bastante complicados. Viajas por estrechos caminos cuya abundante vegetación te impide saber dónde estás, y cuando crees que te has perdido, aparece un grupo de viviendas de madera, unos niños jugando en medio de la carretera o algún anciano sentado tranquilamente debajo de un mango. Sin embargo, la sensación de estar perdido la experimentaba sobre todo en las proximidades de la capital. En las zonas rurales era diferente. Al sur de la isla se concentran los resorts y hoteles europeos, el paisaje es algo más seco, aunque los cocoteros no faltan en casi ninguna de sus playas. Al este encontré las más concurridas por la población local, en la confluencia del Caribe con el Océano Atlántico, donde abundan las barreras de coral. Allí el mar crea piscinas saladas de agua templada, ideales para el baño en familia. Los niños pueden disfrutar sin miedo a las corrientes ni a los tiburones. El oeste y noroeste son diferentes; es el Caribe, pero la geografía montañosa dificulta el acceso al mar. No conocí mucho esta parte, excepto por mis caminatas a Schoelcher, comuna que se llama así por el periodista y masón impulsor de la abolición de la esclavitud, donde estaba la playa más cercana a la capital, y por una excursión a Saint Pierre, el pueblo donde está la Montagne Pelée, el conocido volcán, aún activo, que a principios de siglo había matado a todos los vecinos menos al único preso encerrado en la cárcel del pueblo, anécdota que recoge Eduardo Galeano en uno de sus libros. Y el norte, misterioso, frondoso, era un lugar casi vetado para el europeo. Los lugareños desaconsejaban ir allá, pues el oleaje de sus playas hacía imposible el baño. Solo los más osados windsurfistas se atrevían a entrar en el agua. Gracias a un compañero que conocería después, visité la zona durante un par de días. Pero volvamos atrás, todo esto aún tardé en saberlo. Recuerdo que una vez en España, al hablar del viaje, los recuerdos se volvían montañas de palabras. ¡Quería contar tantas cosas de golpe! Estaba familiarizándome con la vida en la isla de las flores, como la llamaban en las agencias de turismo. Algo que no esperaba, para nada, era que por la noche estuviese todo cerrado. Excepto un par de bares y una discoteca en el paseo marítimo, junto al quai, la pasarela de madera que se adentraba unos ciento cincuenta metros en el mar para dar la bienvenida a los trasatlánticos que llegaban a menudo. Ahora los cruceros tienen su propia zona de llegada en el puerto, algo más al sur. Según las recomendaciones, no debíamos ir a esos lugares de noche. Al principio no comprendía el porqué. Nosotros no éramos ricos turistas que iban a hacerse fotos y recorrer la isla ajenos a la realidad y a las contradicciones existentes. Pero Fort de France es un lugar pequeño, cuando acabas de llegar se nota a la legua. Y no tardé en experimentarlo por mí mismo. Como decía, desde las siete de la tarde hasta el amanecer, los vecinos se encerraban en sus casas y casi nadie salía a pasear. El centro quedaba desierto y silencioso. No le di mayor importancia, aprovecharía el día para hacer todo lo que pudiese y por la tarde trabajaría en mis bocetos. Tras un par de semanas, Carmen quiso dejar su residencia. Estaba agobiada. Incluso barajó la posibilidad de volver a España. La diferencia de vida era notable en muchos aspectos, pese a estar en territorio oficialmente francés. Además de sentirse insegura en la ciudad, no quería seguir las reglas de una institución religiosa. Necesitaba sentir que al menos en su propia casa era libre. Después de darle vueltas al asunto, propuso que alquilásemos una casa para los dos. Acepté. Esa mañana salimos un poco antes de la escuela. Fuimos a pasear y tomar un té. Comprendía su preocupación. Dos días antes, yo había tenido una experiencia algo desagradable. Fue el sábado al volver de la fiesta, sobre las dos y media de la madrugada, cerca de la residencia. Unos amigos nos habían llevado y después traído a la ciudad. Nos dejaron en la misma avenida Maurice Bishop, y al cruzarla, un grupo de chicos se acercó y comenzó a increparnos. No entendía nada, pero nos empujaban y gritaban intentando asustarnos. Bajamos la cabeza y aceleramos el paso. Jean Pierre dijo que avanzara sin mirar, cruzó unas palabras con ellos y nos dejaron en paz.

—¡Cabrones! —susurró—. No te preocupes, son unos niñatos.

Excepto otro caso aislado, no encontré problemas de este tipo durante mi estancia. Respecto al racismo, no creo que fuese la motivación de aquellos chicos, pero sí aprendí que no solo es cosa de blancos; entre la población negra y mulata también lo había. Cuanto más oscura es tu piel, posiblemente más abajo en la escala social te encuentres. Tantos años de esclavitud habían dejado su huella. Resultaba curioso que al volver de una fiesta rasta nos encontráramos en aquella situación. Para llegar tuvimos que recorrer algunos kilómetros por carreteras estrechas atravesando montañas. Estaba oscuro, pero sentías la densa vegetación a ambos lados del coche. De vez en cuando se veía algún grupo de casas. Tomamos varias intersecciones, y al final llegamos a nuestro destino. Nos recibió un joven, que se acercó al coche con el puño levantado para saludar. No conocía el gesto, se chocan los puños cerrados y después se lleva la mano al corazón. Significa unidad. En mi cultura, más o menos reciente, los puños tienen unas evidentes connotaciones negativas. Por un lado, estaba el gesto amenazante de golpear, de dar un puñetazo, y por otro el símbolo que identifica cierta ideología política, que según se mire, para unos significa libertad y empoderamiento y para otros la opresión del pueblo. Así que, al principio, no podía despojar dicho saludo de estas connotaciones, lo que para mí fue, en primer lugar, también una paradoja, una comunión de extremos, una inversión positiva, utilizar la fuerza para confraternizar.

En la puerta nos recibieron de la misma forma. Chocamos los puños y aportamos los diez francos (un euro y medio) de la entrada. Para ser una fiesta, la música era bastante tranquila. Reggae roots sonando en una habitación donde anfitriones e invitados bailaban. No conocía este estilo musical, aparte de alguna canción de Bob Marley. Esa noche fue el inicio de una gran pasión, la música jamaicana. En un patio central había mesas con comida ital, cuscús y otras tapas veganas. Apenas había bebida, salvo zumos tropicales y agua. Nada de cubatas ni cerveza, como en las fiestas europeas. Esto fue algo significativo, y no solo en las fiestas reggae, sino en cualquier otra de las que fui en la isla, con estudiantes de la escuela de arte y con amigos; casi nunca se bebía alcohol. En las fiestas más alegres a las que he asistido, donde todos bailaban y se divertían, tan solo se consumían zumos y refrescos. Fumar tabaco no estaba bien visto, muy pocos jóvenes lo hacían. Pese a todo, hay una bebida muy respetada, el ron. Evidentemente, el martiniqueño ocupaba un lugar especial en las fiestas. Con él prepara ban petit punch, un cóctel local con lima y azúcar de caña. No bebían para emborracharse, sino para desinhibirse, las personas de mayor edad que en general lo preparaban. A la fiesta había ido sin pensarlo, porque estaba interesado en la cultura local. Es cierto que los componentes salir, conocer gente y fumar estaban ahí y me atraían. Luego estaba el hecho de que en la ciudad no había posibilidades de hacerlo. Lié un joint y fumé al lado de los altavoces. Bailé durante horas, que pasaron muy rápido. No pude hablar con nadie, hipnotizado por la música, hasta que mis amigos quisieron volver.

Ni que decir tiene que la cultura mayoritaria en Martinica no es rastafari. Relacionada con el consumo de marihuana, una planta prohibida, y con ciertas reivindicaciones a contracorriente, o políticamente incorrectas, por decirlo de alguna manera, solía ser incluso hasta mal vista. Estábamos en un DROM, Départament et Región d ́Outremer francés. La cultura predominante era profrancesa, con grandes influencias europeas, aunque también había un fuerte movimiento independentista que, bien mirado, no se distinguía demasiado de la línea oficial; en cualquier caso, pese a pedir la no dependencia de Francia, sus tendencias eran pro-occidentales. Y aquí radicaba el punto fuerte de este desprecio por el mundo rastafari, según lo entendí en su momento. Reivindicar las raíces africanas y repudiar el sistema babylon de la metrópoli eran cosas que el ciudadano medio parecía no querer ni oír. Supongo que para él sería un atraso, teniendo en cuenta los avances del mundo moderno y las ayudas económicas que Francia brindaba a la isla. A cambio, París tenía el control de una parte importante de las Antillas, muy próxima a América de Sur, explotando una zona turística de primer orden, dando prioridad a sus propias aerolíneas y teniendo acceso al mercado de productos tropicales sin necesidad de aranceles. Imagino que, en el peor de los casos, aunque la balanza no favoreciese a ninguna de las partes, para los políticos de turno siempre sería interesante conservar una provincia como la Martinica dentro de su Estado-Nación.

Hablábamos de todo esto al recorrer el centro de Fort de France buscando casas en alquiler. Dejamos recado a varios conocidos por si sabían de algo. Anotamos teléfonos y, de paso, visitamos algunos lugares señalados, como el mercado de especias y el parque de la Savane, donde estaba la estatua decapitada de la Emperatriz Josephine, esposa de Napoleón. Después de arrancarle la cabeza a la estatua, habían arrojado un bote de pintura roja en su cuello, y chorreaba alrededor como si fuese una herida aún fresca. Pensaba en la guillotina. ¡Qué manía tenían los franceses con cortar cabezas! Mientras, hacíamos planes para ir de turismo.

Poco a poco fui encontrando hueco en la escuela de arte. Al principio era asiduo de la biblioteca, pues allí encontraba un espacio perfecto para estudiar francés. Escogía algún libro al azar, hacía copiados y tenía pequeñas conversaciones con la bibliotecaria. Siempre me han gustado las bibliotecas, son el lugar más interesante de una ciudad. También probé varios talle res. Sentado, dibujando, veía el ambiente. Iba a las clases que quería, como Dibujo del Movimiento, Teoría del Arte, Grabado y Fotografía, aunque mi objetivo era pintar. Si no, intentaba hablar con alguien, casi siempre con alguna chica. Me acercaba interesado por su trabajo y después de un rato casi siempre acababan preguntando por la vida en Europa. Querían saber si estaba casado o si tenía hijos. Nuestros padres a los veintisiete años solían tener varios hijos, pero mi generación comenzó a romper con esa tendencia. Así conocí a Edith, solitaria y siempre muy concentrada en su trabajo. Temerosa, algo huidiza, no estaba muy convencida de querer entablar amistad conmigo. Era complicado empezar una conversación con ella. Al principio me intrigó esta actitud. No estaba flirteando; bueno, al menos no descaradamente, solo quería conocerla, pero no hubo manera. Un día, Carmen me dijo que Edith era la amante de un profesor, el mismo que acababa de juzgar tan duramente mi trabajo. «Ah, entonces, ¿tú crees que fue venganza por intentar conocerla?», le pregunté. Era nuestra tercera semana en la escuela y habíamos tenido sendas reuniones con él. Le enseñé mi portafolio y algún cuaderno de bocetos. Con tono emblemático e interesante, dijo que mostrando esos trabajos no podría llamar a ninguna puerta ni llegar a ser un artista famoso. Salí algo decepcionado, pero era de esperar, teniendo en cuenta lo perdido que estaba. Pensé que lo habría hecho para motivarme, porque a partir de ahí fue como decir: «¿Sí, estás seguro? Ahora verás de lo que soy capaz». Después quise conocer a Katya, y fue todo lo contrario. Agradable pero muy precipitado. Hablamos un par de veces en la escuela y después fuimos a tomar un refresco por ahí. Paseando sobre el quai, me preguntó si quería tener hijos y casarme algún día. «Sí, ¿por qué no?». Me invitó a comer con su familia en Rivière-Salée. Su madre preparó un delicioso plato con bananas y fruit à pain. Después tomamos café y nos sentamos en el porche de su casa a mirar el cielo y charlar. Mi francés era demasiado limitado para ciertas conversaciones. Se esforzaba por hacerse entender, pero quizá más para entenderme a mí. Chapurreaba alguna palabra francesa, pero acabábamos hablando en inglés. Al anochecer me llevaron de vuelta a Fort de France. Días más tarde, después de habernos cruzado varias veces por los pasillos del IRAVM e intercambiado una sonrisa y un simple saludo, se enfadó, según ella porque mi actitud no era la esperada. Estaba confundido. Iba de aquí para allá a mi antojo, conociendo a otras personas, y ella desconfiaba. Le sonreía, pero parecía no comprender el gesto amistoso, pues a cambio devolvía miradas serias y algo desafiantes. Podía haberle preguntado, pero lo dejé estar y seguí a lo mío, con la actitud un poco de quien se encoge de hombros y mira para otro lado. Pero eso sí, de momento olvidé a las chicas, al menos allí. La cosa era seria, y las costumbres diferentes a las nuestras. Manifestar interés por una mujer parecía suponer más de lo que realmente era, implicaba una serie de cosas que no quería asumir, al menos tan rápido.

En la residencia estaba bien. Tenía que pagar un suplemento por las comidas, pero todo lo demás era casi perfecto. Nadie me molestaba, no molestaba a nadie ni necesitaba espacio para trabajar, porque una cosa tenía clara, subiría a la escuela y pasaría el día pintando en cualquier taller. Y así fue. Pronto olvidé el cannabis, con el compromiso de ser disciplinado, madrugar, ir a primera hora y hacer todo lo que estuviese en mis manos para pintar algo serio. Así que los fines de semana se hicieron pesados, los chicos de la residencia solían marcharse. El edificio parecía desierto. Uno de ellos fumaba bidies, esos finos cigarrillos indios hechos con hojas de ébano coromandel. De aspecto artesanal, atados con hilo, los fumé una temporada, pues tenían cierto glamour y su humo daba la sensación equívoca de ser menos dañino. ¡El sueño de todo fumador! Mi primer paquete se lo encargué a él. El segundo, al comprarlo yo mismo en el estanco, me salió más barato. Tras varias semanas, empezó a dolerme el pecho y los dejé.

Terminó aquel primer mes, febrero de 2000, y ambos dejamos nuestros alojamientos para ir a vivir a un apartamento de dos habitaciones en la rue Garnier-Pagès. Coincidió con el carnaval, fiesta a la que nunca había dado la menor importancia. La escuela cerraba una semana, no sabía que era la celebración más importante de la isla. Nos dijeron que durante esos días, es- pecialmente, resultaba peligroso salir a la calle de noche. Se consumía mucho alcohol y la euforia reinaba en las calles. No sería para tanto, pensé. Nosotros vivíamos en pleno centro, donde se reunía el mayor número de gente. Enseguida nos acomodamos en el apartamento de madera. Una primera planta en una calle transitada pero tranquila, con el espacio justo para dos personas. El salón, donde pasábamos la mayor parte del tiempo, tenía una mesa grande en el centro, en la que recibí mis primeras lecciones de gramática francesa y donde dibujaba en mis cuadernos de bocetos. La planta baja la ocupaba un comercio, creo que relacionado con la electrónica. Pronto empezaron las celebraciones. Hubo unos previos. Se veían coches reducidos a la mínima expresión; es decir, sin techo, faros, puertas ni cristales, pintados de manera improvisada con aerosol y pilotados por jóvenes que desafiaban las reglas de circulación. El ambiente se iba calentando y dos cruceros atracaron simultáneamente en el quai.

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Caja de fotografías 2022

Universos paralelos

Los museos exhiben restos de arquitectura milenaria y reconstruyen vidas de personas al azar, en base a probabilidades y descripciones de relatos y reliquias apenas conservadas. Una visita por sus salas superpone varios planos de realidad. Completamos las explicaciones con imágenes hieráticas y pulcras, idealizadas, de un panadero que a los cuarenta estaba a punto de morir y de su familia. Dice el guía que la esperanza de vida entonces era un auténtico desastre. Los planos de realidad crean fricciones, saltan chispas. Las normas prohíben usar flash. El testimonio de nuestro paso por esta vida, si es que queda algo, será tenue, como la piel arenisca de aquellas figuras sorprendidas en labores cotidianas. Viajamos en el tiempo, los contemplamos con superioridad. Según Darwin, tres mil años más avanzados que el Homo Neanderthalensis nos otorgan cierto privilegio. Es un acto reflejo, y por lo tanto inconsciente, que se produce por algo aprendido, es decir, totalmente consciente. 

Frente al pasado pétreo, nuestro presente es una elipse que no deja de crecer. Como la goma de un tirachinas, nos lanzará hacia delante en algún momento. Seremos el blanco alcanzado, siempre certero, testimonio más o menos confuso de algo perdido en la espesura de un bosque al borde de la carretera. Tres mil años no son gran cosa. Ese tiempo apenas alcanza para escribir la Historia, un relato de historias cruzadas según el principio de symploké. Pero, ¿y antes? ¿qué sucedió antes? Un lagarto semienterrado comienza a mover la cola. Lleva enroscado, bostezando, otros mil años, como su padre, como su abuelo, como todos sus ancestros. 

La Historia es como un bazar donde buscamos que algo nos sorprenda. Levantamos objetos amontonados, abrimos cajas. Un cuenco de porcelana, una máscara de pantomima, una colección de fetiches. Nada de lo que hay en el bazar lo está por casualidad, en realidad todo son copias de copias. El propietario, que no nos quita el ojo de encima, conserva los objetos valiosos en la trastienda. Sabe que los venderá algún día, solo espera a que alguien pague cualquier precio por ellos. Porque lo más importante de los objetos no es su forma, ni su utilidad, sino su capacidad para contar historias. Sin los objetos no habría Historia. 

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Universos paralelos by Antonio Soriano Puche is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

Salud y simulacro. La verdad está en la papelera

“La era de la simulación se abre, pues, con la liquidación de todos los referentes. No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real, es decir, de una operación de disuasión de todo proceso real por su doble operativo”. Baudrillard

Según la RAE el anglicismo performance se refiere a una “actividad artística que tiene como principio básico la improvisación y el contacto directo con el espectador”. En Hispanoamérica también hace referencia a la ejecución de una pieza musical o a la puesta en escena de un papel en cine o en teatro. De performance extraeremos el atributo performativo, y no lo usaremos para hablar solo de arte. Performance implica acción, improvisación, contacto con el público, interpretación y puesta en escena. Así una emisión de radio, un programa de televisión, un partido de fútbol o una comparecencia en el senado podrían ser performances. Donde se dice “todo es arte”, también se puede decir “todo es performance”.

Parafraseando al Diccionario de Filosofía Contemporánea (1976) “las actividades humanas están reguladas por normas y valores, y así hasta nuestro conocimiento de los hechos empíricos depende en buena medida de valoraciones”. El valor en un sentido materialista no puede ser absoluto y se presenta siempre en forma de jerarquía. Pues una realidad no tiene el mismo valor para todos, no es valorada de la misma forma por todos los sujetos. En el siguiente artículo intentaremos poner de relieve cómo el carácter performativo (representación, improvisación, contacto con el espectador, interpretación, puesta en escena) de ciertos hechos altera nuestra jerarquía de valores, incluso nuestra percepción de la realidad, y nos induce a pensar que existe un valor absoluto, válido para cualquiera y en cualesquiera circunstancias.

En 2018 Sotheby ́s vendió una obra de Banksy, Niña con globo, por más de un millón de libras. La obra fue supuestamente autodestruida de forma parcial por un dispositivo oculto en el marco cuando el martillero la adjudicó en el transcurso de la subasta. Desde diferentes medios se considera que la prestigiosa marca y el artista actuaron en connivencia, aunque oficialmente tanto Sotheby ́s como Banksy defendieron lo contrario. En cualquier caso, estuviesen o no de acuerdo para realizar la performance, los medios de comunicación generalistas y la propia casa de subastas consideraron el acontecimiento como un hito en la historia del arte. Tras la compra el coleccionista no se llevó la misma obra por la que había pujado, hasta el nombre era diferente, de Niña con globo pasó a llamarse El amor está en la papelera. Tres años después, en octubre de 2021, la revendió por 14,4 millones de libras, ¡revalorizada en un 1600%!

Dejando a un lado el significado, el alcance y el valor económico de la obra, nos interesa subrayar el carácter performativo del evento. Si observamos la fotografía de la subasta nos atrae la reacción de los espectadores cuando Niña con globo se convierte en El amor está en la papelera. En el momento de la metamorfosis una mujer, la testigo más cercana, relata con su iPhone los hechos a tiempo real, mientras sonríe con una mezcla de sorpresa y diversión. Detrás de ella, otra mujer se tapa la boca en un gesto de incredulidad, parece no creer lo que ve ni tener palabras para describirlo. Otras dos espectadoras contemplan la escena, perplejas, y un quinto personaje sostiene un teléfono analógico con cara de estupor mientras relata los acontecimientos a algún inversor que tal anónimo. Estas reacciones eclipsan el cuadro de Banksy, que cede el protagonismo a los espectadores. Algo parecido sucede con Los fusilamientos del 3 de mayo (Goya, 1814), donde las expresiones de los condenados a muerte tienen un intenso poder de atracción. Vemos a los soldados, sabemos que están ahí, forman una diagonal que desgarra el cuadro, pero los sentimientos de quienes están a punto de morir centran nuestra atención. Tal vez porque nos ponemos en el lugar de las víctimas. Los verdugos están presentes de forma simbólica, como el cuadro de Banksy.

En Cultura y simulacro (1978), Baudrillard escribía que “disimular es fingir no tener lo que se tiene, y simular es fingir tener lo que no se tiene”. Disimular no altera la realidad, pues peinarse con cabellos largos la frente solo disimula la calvicie. Pero según el autor francés la simulación sí cuestiona “la diferencia entre lo verdadero y lo falso”. Un peluquín simula que tienes pelo, y así lo puede pensar mucha gente a simple vista, aunque debajo la realidad diga lo contrario.

Volviendo a Banksy, si de mutuo acuerdo él y Sotheby ́s disimularon un engaño carece de importancia para el público. En un video reciente el youtuber y crítico de arte Antonio García Villarán aporta pruebas en este sentido. Pero la posibilidad de un acuerdo para estimular las ventas no cambia nada, ni el público ni la prensa ni la crítica lo consideran importante. La obra se vende, es más, la obra dispara su cotización. Si Sotheby ́s y Banksy hubiesen pactado el happening necesitarían disimular, pero también crear una simulación, y ¿cuál sería la mejor manera de hacerlo?, a mi juicio decir que la performance fue una crítica a la mercantilización del arte. De reconocer que todo fue organizado dicha justificación carecería de fundamento. En definitiva lo que nos interesa de este asunto de finanzas es que a los inversores, a la prensa de todo tipo y a la crítica constatar que la subasta fue un montaje carece de la menor relevancia, para ellos la realidad performativa está por encima de cualquier otra, fueron protagonistas de la Historia del Arte.

En declaraciones públicas decía Antonio Escohotado, contra las “teorías de la conspiración” sobre el 11S, lo siguiente: “Lo que importa en las Torres Gemelas de Nueva York es que se cogieron tripulaciones enteras y con los pasajeros se tiraron contra edificios, no tiene ninguna justificación que se pusiesen cargas explosivas en las bases”. Y concluía: “La conspiranoia no lleva a ninguna parte, no es una forma de conocimiento”. Se justifica diciendo que en derecho hay dos tipos de pruebas, la documental y la testifical, y que sin ellas no hay caso. Para Escohotado el acontecimiento se agota en sí mismo, aunque contradiga la opinión de arquitectos, ingenieros, expertos en aeronaútica y demolición controlada, es indiscutible, no procede plantear dudas al respecto, nos quedamos con el espectáculo de dos colosos de acero desplomándose sobre su base y con el sufrimiento de cientos de personas que tuvieron la desgracia de vivir un atentado terrorista de tal magnitud. 

El 11 de marzo de 2020 la OMS declaró una pandemia mundial por Covid-19, una afección producida por un virus denominado SARS-CoV2. Desde el principio la comunidad científica estuvo dividida, las medidas para paliar la pandemia parecían no estar justificadas desde un punto de vista sanitario. Declaración de Estado de Alarma, restricciones a la movilidad, cierres forzosos de empresas, imposición de mascarillas, monitorización de redes sociales, localización de móviles, pruebas diagnósticas cuya eficacia siempre estuvo puesta en duda. Ahora sabemos que estas medidas desembocan en la vacunación forzosa y continuada de la población y la implantación de un sistema electrónico individual de inteligencia artificial que nos permitiría cierta movilidad y acceso a determinados bienes y servicios, como ya sucede en Australia, Austria, Francia y Canadá. Recientes palabras de la presidente de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, apuntan en este sentido. Desde diferentes medios se considera que las grandes farmacéuticas y las autoridades actúan en connivencia al crear una alarma social encaminada a sustituir leyes por protocolos, y acuerdos internacionales por medidas de urgencia sin consenso social más propias de dictaduras que de países democráticos. Estas voces y las de numerosos científicos y médicos son silenciadas con apelativos como negacionistas, antivacunas, terraplanistas o conspiranóicos. Sin valorar sus argumentos pondremos de relieve la desproporcionalidad entre las medidas impuestas y la gravedad de la afección en porcentajes de afectados, casos leves, graves y muertes.

Al hilo de la afirmación de Baudrillard las preguntas pertinentes serían: ¿simulan los responsables políticos y las grandes farmacéuticas una pandemia por un virus letal que muta en variantes regularmente? Y, ¿disimulan no tener intenciones espurias?, ¿fingen proteger nuestra salud cuando lo que buscan es llegar al control total sobre los ciudadanos aprovechando el miedo? Estas preguntas carecen de sentido para gran parte de la población porque el carácter performativo de los hechos se impone a cualquier duda razonable, altera nuestra jerarquía de valores y nuestra percepción de la realidad y nos induce a pensar que existe un valor absoluto, válido para cualquiera y en cualesquiera circunstancias.

Si repasamos los acontecimientos encontramos las características propias de la performance. Representación y puesta en escena por el uso de policía para controlar a la población, por las comparecencias de responsables políticos acompañadas de afirmaciones falsas (comité de expertos, planes de desescalada), por las reuniones virtuales de los líderes políticos a través de plataformas multipantalla, por las coreografías de sanitarios publicadas en Tik Tok y por las llamadas a aplaudir en los balcones. Improvisación por el cambio continuo de normas relativas a horarios, grupos de personas que se pueden reunir, negocios que pueden abrir y tiempos de cuarentena para positivos, y también desacuerdos y rifirrafes con las diferentes Comunidades Autónomas. Por otro lado la participación del público ha sido fundamental en todo este proceso. Se nos pide que lavemos nuestras manos continuamente, que las embadurnemos con alcohol etílico varias veces al día, que guardemos distancia social, que no usemos dinero en efectivo, que nos pongamos guantes, que nos saludemos con el codo, que nos encerremos durante semanas en una habitación ante cualquier síntoma por una prueba (PCR) que desde el principio se sabe que no es efectiva, etcétera.

Siguiendo con Cultura y simulacro, Baudrillard dice que “si cualquier síntoma puede ser producido, toda enfermedad puede considerarse simulable y simulada” y que “la medicina pierde entonces su sentido al no saber tratar mas que las enfermedades verdaderas según sus causas objetivas”. Cuando alguien afirma estar enfermo aunque esté sano, es casi imposible saber si dice la verdad o miente. Simular una enfermedad (sin síntomas y con resultados negativos) fuerza al médico a aceptarla sin ninguna evidencia. Pero, ¿y en el caso contrario, puede una enfermedad ser disimulada? Por supuesto que sí, sin embargo cuando alguien está enfermo acaba siendo evidente por los síntomas de la propia enfermedad. En este punto entra en juego una pieza clave de la pandemia, el enfermo asintomático, figura que esconde una gran falacia, pues considera que todo, absolutamente todo el mundo puede padecer el supuesto virus, contagiarlo y provocar la muerte de otras personas aunque no tenga ni el más mínimo síntoma. Este planteamiento y otros sobre los que se justifica la pandemia son falacias ad verecundiam, conclusiones que se dan por verdaderas solo porque personas consideradas autoridades en la materia lo defienden. Otra muy utilizada por medios de comunicación y políticos es la falacia ad populum, que consiste en defender conclusiones sin justificarlas, apelando a prejuicios, sentimientos o emociones, como por ejemplo afirmar que los no vacunados son un peligro para los vacunados.

A modo de conclusión señalar que las incongruencias, las contradicciones, el señalamiento público del disidente, las críticas a la gestión, los vacíos legales, los protocolos que acabaron con la vida de miles de personas, los efectos adversos de las vacunas, la prohibición de terapias alternativas, el ensañamiento de los medios de la comunicación a pesar de las estadísticas, los test fraudulentos, la instauración de un Estado policial, todo lo que nos parece completamente fuera de lugar no hace sino apuntalar el discurso oficial, paradójicamente, pues insistimos, el carácter performativo de la pandemia se impone a cualquier duda razonable. 

Un contratiempo

En 2018 grabé como Parko una serie de canciones con ayuda de familiares y amigos. Los textos fueron escritos entre 2010 y 2012. Comparto este tema con guitarra y violonchelo. «Un contratiempo, vuelva usted a pasar, puertas cerradas…»

La mascarilla nueva del rey

Hubo un rey alérgico a la celulosa de las mascarillas quirúrgicas. Le producían sarpullidos en las mejillas y le hacían estornudar. Cuando supo que las FFP2 ponían en riesgo su salud, salió a buscar por todos los mercados del país mascarillas reutilizables de tela. Después de varios días tuvo que abandonar. O eran muy grandes, o eran muy pequeñas, o el color no le parecía el indicado, o el estampado no era lo suficientemente original, y tampoco le parecían seguras contra la peste que tenía en vilo a todo el reino. El rey, además de hipocondríaco era coqueto y estaba acostumbrado a salirse siempre con la suya. Al regresar del viaje se sintió muy frustrado y no quiso salir bajo ningún concepto. Así, un sabio consejero le sugirió que convocara un concurso de mascarillas. Como le pareció una buena idea puso anuncios en sus redes sociales y lo hizo público en el B.O.R. La noticia provocó una gran expectación. Durante dos meses el monarca no pisó la calle por miedo a la peste. Engordó de diez kilos. Con ansiedad devoraba pasteles y embutidos mientras firmaba Reales Decretos reunido con expertos científicos y con eminencias de reinos vecinos. Prohibió las risas, el sexo, la lectura de libros de más de once páginas y la venta de elixires para combatir la extraña enfermedad. El rey telereinó de la forma más despótica que pueda imaginarse.

Hasta que llegó el día del concurso. Los mejores diseñadores, llegados de todo el mundo, hicieron cola a la entrada del palacio. Tras las pruebas diagnósticas obligatorias y el control de temperatura a cada uno de ellos comenzaron a llenar el pabellón. Los miembros del jurado chocaron los codos a todos los participantes y examinaron sus trabajos. Cuando llegaron al último de ellos vieron que su mesa estaba vacía. El joven venía de la lejana Escandinavia. Preguntaron por su mascarilla y el concursante abrió una caja vacía. Señores, les presento la mascarilla más innovadora y segura que pueda imaginarse, dijo. Los miembros del jurado se miraron unos a otros sin saber qué decir. Sus dibujos son dignos del mejor rey de la Tierra, no tiene costuras, es aerodinámica y sus pliegues jamás molestarán a quien la lleve, continuó el escandinavo. El portavoz del jurado pensó que no era momento para bromas e iba a echarlo de palacio por estafador cuando una de sus compañeras dijo: ¡Preciosa! ¡Un trabajo magnífico!, mientras se ajustaba las gafas para escudriñar de cerca la caja vacía. El resto del grupo rodeó al extranjero con curiosidad. Para hacerla he usado tela sintética de araña, imperceptible al ojo humano, pero que los virus no pueden traspasar, dijo el joven sacando la mascarilla y poniéndola en la palma de su mano. Aunque no veía nada, al portavoz del jurado le pareció interesante lo que oía. Sus compañeros comenzaron a elogiar aquel descubrimiento y el diseñador se mostró de los más orgulloso. Gracias, muchas gracias, dijo, solo espero que el rey escoja sabiamente pues pronto llegará una nueva ola y me preocupa su salud.

Tras la primera ronda solo quedaron las mascarillas reutilizables. Tras la segunda, las ecológicas y sostenibles. Por fin el jurado llamó al rey, que entró al pabellón untándose las manos con gel hidroalcohólico. Con ayuda de un extensor, pues no quería dañar sus orejas, ajustó una a una las mascarillas finalistas sobre su cara recién afeitada. Cuando llegó al último participante y vio la mesa vacía preguntó por la mascarilla. La comitiva comenzó a murmurar. El rey miró desconcertado a sus acompañantes. ¿Me he perdido algo?, preguntó. Su Majestad, le voy a enseñar la mejor mascarilla que nadie pueda jamás imaginar. Está hecha con un material innovador y tan resistente que nada en el mundo podría desgarrarla, dijo el joven diseñador levantando los dedos en pinza sin nada entre ellos. Además, no tiene costuras y cuando se usa da la impresión de no llevar nada –añadió un miembro del jurado.  El rey comenzó a sudar. Sacó un pañuelo y repasó su frente. Pensó que debía estar soñando, él no podía ver nada. Interesante, realmente interesante, dijo ante el convencimiento de sus acompañantes. Con esta mascarilla podrá dormir todas las noches, y durante el día no será necesario que la cambie a cada hora, dijo el portavoz del jurado. Estos detalles maravillaron a todos, que aún sin ver nada acabaron alabando las virtudes de la mascarilla. Si me permite, Su Majestad, deje que se la ponga, dijo el joven genio. El monarca tomó asiento. ¿Estarán riéndose de mí?, pensó. Pero para que no lo tomasen por loco se dejó colocar la mascarilla. Después se miró al espejo y estuvo encantado con el invento, pero “sin atreverse a decir la verdad”.

La mascarilla de marras fue la ganadora del concurso. A su creador se le concedió un Green Pass para viajar sin restricciones y una mina de oro en la China. Los medios anunciaron la noticia, ¡el rey tenía lo que buscaba! ¡por fin podría levantar las prohibiciones! Tras el banquete y los interminables brindis, los consejeros reales anunciaron un desfile para mostrar al mundo la mascarilla. Cuando las puertas del palacio se abrieron centenares de vecinos se agolpaban ya para ver el prodigio. El rey salió precedido de sus notables, el jurado y el comité de expertos. Al verlo todos aplaudieron con fervor. ¡Bravo, bravo!, exclamaban, ¡viva la mascarilla nueva del rey! La comitiva avanzó por las calles y el júbilo se adueñó de todos. Desde los balcones se oían vítores, silbidos y canciones. Los periodistas tomaban fotos y grababan en directo. En todas las televisiones podía verse la sonrisa satisfecha del monarca. Tras una hora de desfile pasaron por la puerta de una residencia de ancianos. Uno de ellos, que estaba sentado en primera fila, gritó: Yo creo que el rey no lleva ninguna mascarilla. El director de la residencia quiso disculparlo. No le hagan caso, tiene demencia senil, dijo. Pero otros ancianos comenzaron a gritar: El rey no lleva mascarilla. El rey no lleva mascarilla. Los vecinos callaron. Es verdad, el rey va sin mascarilla, se oyó decir a un niño. Poco a poco las calles se llenaron de risas y burlas al monarca, quien se dio cuenta de que no podría mantener aquel engaño mucho más tiempo. Aún así no quiso abandonar el solemne desfile y decidió continuar hasta el final como si no escuchara nada, fingiendo estar satisfecho de su mascarilla. 

Y al día siguiente en cada una de las aldeas del reino todo el mundo llevaba la misma mascarilla que Su Majestad.

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