Salud y simulacro. La verdad está en la papelera

“La era de la simulación se abre, pues, con la liquidación de todos los referentes. No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real, es decir, de una operación de disuasión de todo proceso real por su doble operativo”. Baudrillard

Según la RAE el anglicismo performance se refiere a una “actividad artística que tiene como principio básico la improvisación y el contacto directo con el espectador”. En Hispanoamérica también hace referencia a la ejecución de una pieza musical o a la puesta en escena de un papel en cine o en teatro. Del sustantivo performance extraeremos el atributo performativo, y no lo usaremos para hacer referencia exclusivamente al arte. Quedémonos con que performance implica acción, improvisación, contacto con el público, interpretación y puesta en escena. Así una emisión de radio, un programa de televisión, un partido de fútbol o una comparecencia en el senado podrían ser performances. Donde se dice “todo es arte”, también se puede decir “todo es performance”.

Parafraseando al Diccionario de Filosofía Contemporánea (1976) “las actividades humanas están reguladas por normas y valores, y así hasta nuestro conocimiento de los hechos empíricos depende en buena medida de valoraciones”. El valor en un sentido materialista no puede ser absoluto y se presenta siempre en forma de jerarquía. Pues una realidad no tiene el mismo valor para todos, no es valorada de la misma forma por todos los sujetos. En el siguiente artículo intentaremos poner de relieve cómo el carácter performativo (representación, improvisación, contacto con el espectador, interpretación, puesta en escena) de ciertos hechos altera nuestra jerarquía de valores, incluso nuestra percepción de la realidad, pero lo que es más importante, nos induce a pensar que existe un valor absoluto, válido para cualquiera y en cualesquiera circunstancias.

En 2018 Sotheby ́s vendió una obra de Banksy, Niña con globo, por más de un millón de libras. La obra en cuestión fue supuestamente autodestruida de forma parcial por un dispositivo oculto en el marco cuando el martillero la adjudicó en el transcurso de la subasta. Desde diferentes medios se considera que la prestigiosa marca y el artista actuaron en connivencia, aunque oficialmente tanto Sotheby ́s como Banksy defendieron lo contrario. En cualquier caso, estuviesen o no de acuerdo para realizar la performance, los medios de comunicación generalistas y la propia casa de subastas consideraron el acontecimiento como un hito en la historia del arte. Decir que tras la compra el coleccionista no se llevó la misma obra por la que había pujado, hasta el nombre era diferente, de Niña con globo pasó a llamarse El amor está en la papelera. Y ahora estará más que satisfecho con su adquisición ya que en octubre de 2021 la revendió por 14,4 millones de libras, ¡revalorizada en un 1600%!

No vamos a abordar el significado ni el alcance ni el valor económico de la obra, nos interesa sobre todo subrayar el carácter performativo del evento. Si observamos la fotografía de la subasta nos atrae la reacción de los espectadores cuando Niña con globo se convierte en El amor está en la papelera. En el momento de la metamorfosis una mujer, la testigo más cercana, relata con su iPhone los hechos a tiempo real, mientras sonríe con una mezcla de sorpresa y diversión. Detrás de ella, otra mujer se tapa la boca en un gesto de incredulidad, parece no creer lo que ve ni tener palabras para describirlo. Otras dos espectadoras contemplan la escena, perplejas, y un quinto personaje sostiene un teléfono analógico, de esos que usábamos en los 90 del siglo XX, con cara de estupor mientras relata los acontecimientos a algún inversor que tal vez opera desde el anonimato. Estas reacciones eclipsan el cuadro de Banksy, que cede casi todo el protagonismo a los espectadores. Algo parecido sucede con Los fusilamientos del 3 de mayo (Goya, 1814), donde las expresiones de los condenados a muerte tienen un intenso poder de atracción y los soldados pierden protagonismo. Los hemos visto, sabemos que están ahí, forman una diagonal que desgarra el cuadro, pero los sentimientos de quienes están a punto de morir centran nuestra atención. Tal vez porque nos ponemos en el lugar de las víctimas. Los verdugos están presentes de forma simbólica, como el cuadro de Banksy tras accionar el dispositivo de destrucción en la foto de la subasta.

En Cultura y simulacro (1978), Baudrillard escribía que “disimular es fingir no tener lo que se tiene, y simular es fingir tener lo que no se tiene”. Disimular no altera la realidad, pues peinarse con cabellos largos la frente solo disimula la calvicie. Pero según el autor francés la simulación sí cuestiona “la diferencia entre lo verdadero y lo falso”. Un peluquín simula que tienes pelo, y así lo puede pensar mucha gente a simple vista, aunque debajo la realidad diga lo contrario. Volviendo a Banksy, si de mutuo acuerdo él y Sotheby ́s disimularon un engaño carece de importancia para el público.

En un video reciente el youtuber y crítico de arte Antonio García Villarán aporta pruebas en este sentido. Pero el hecho de disimular un acuerdo para estimular las ventas no cambia nada. La casa de subastas y el artista podrían haber organizado una puesta en escena, pero ni el público ni la prensa ni la crítica lo consideran importante. La obra se vende, es más, la obra dispara su cotización. Si Sotheby ́s y Banksy hubiesen pactado el happening necesitarían disimular, sin duda, pero también crear una simulación, y ¿cuál sería la mejor manera de hacerlo?, pues precisamente lo que hizo el artista, decir que la performance era una crítica a la mercantilización del arte. Así que de reconocer que todo fue organizado dicha justificación carecería de fundamento. En definitiva lo que nos interesa de este asunto de finanzas es que a los inversores, a la prensa de todo tipo y a la crítica constatar que la subasta fue un montaje carece de la menor relevancia, para ellos la realidad performativa está por encima de cualquier otra, fueron protagonistas de la Historia del Arte, aunque solo por unos minutos.

En declaraciones públicas decía Antonio Escohotado, contra las “teorías de la conspiración” sobre el 11S, lo siguiente: “Lo que importa en las Torres Gemelas de Nueva York es que se cogieron tripulaciones enteras y con los pasajeros se tiraron contra edificios, no tiene ninguna justificación que se pusiesen cargas explosivas en las bases”. Y concluía: “La conspiranoia no lleva a ninguna parte, no es una forma de conocimiento”. Se justifica diciendo que en derecho hay dos tipos de pruebas, la documental y la testifical, y que sin ellas no hay caso. La primera parte de la intervención está relacionada con lo que aquí se expone. El acontecimiento agota todas las posibilidades en sí mismo, aunque contradiga la opinión de arquitectos, ingenieros, expertos en aeronaútica y demolición controlada, es indiscutible, no procede plantear dudas al respecto, nos quedamos con el espectáculo de dos colosos de acero desplomándose sobre su base y con el sufrimiento de cientos de personas que tuvieron la desgracia de vivir un atentado terrorista de tal magnitud. No queremos defender aquí ninguna versión alternativa del 11S, tan solo afirmar que la oficial niega cualquier otra vía de investigación con el apelativo indeterminado «teorías de la conspiración», lo cual supone un gran reduccionismo.

El 11 de marzo de 2020 la OMS declaró una pandemia mundial por Covid-19, una afección producida por un supuesto virus (no había pruebas concluyentes de su existencia), denominado SARS-CoV2. Desde el principio la comunidad científica estuvo dividida, las medidas para paliar la pandemia parecían no estar justificadas desde un punto de vista sanitario. Declaración de Estado de Alarma, restricciones a la movilidad, cierres forzosos de empresas, imposición de mascarillas, monitorización de redes sociales, localización de móviles, pruebas diagnósticas cuya eficacia siempre estuvo puesta en duda. Ahora, con cierta perspectiva, sabemos que estas medidas desembocan en la vacunación forzosa y continuada de la población y la implantación de un sistema electrónico individual de inteligencia artificial que nos permitiría cierta movilidad y acceso a determinados bienes y servicios, como ya sucede en Australia, Austria, Francia y Canadá. Recientes palabras de la presidente de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, apuntan en este sentido. Desde diferentes medios se considera que las grandes farmacéuticas y las autoridades sanitarias actúan en connivencia al crear una alarma social encaminada a sustituir leyes por protocolos, y en última estancia acuerdos internacionales por medidas de urgencia sin consenso social más propias de dictaduras que de países democráticos sujetos a un Estado de Derecho. Estas voces y las de numerosos científicos y médicos son silenciadas con apelativos como negacionistas, antivacunas, terraplanistas o incluso conspiranóicos. No entraremos ahora a valorar los argumentos de quienes denuncian la actual situación, solo pondremos de relieve la desproporcionalidad entre las medidas (incluida la inoculación forzosa y continuada de una terapia que ha demostrado su ineficacia y el controvertido pase Covid) y la gravedad de la afección en porcentajes de afectados, casos leves, graves y muertes.

Al hilo de la afirmación de Baudrillard las preguntas pertinentes serían: ¿simulan los responsables políticos de la salud y las grandes farmacéuticas una pandemia por un virus letal que muta en variantes regularmente? Y, ¿disimulan no tener intenciones espurias?, ¿fingen proteger nuestra salud cuando lo que buscan es llegar al control total sobre los ciudadanos aprovechando el miedo a la letalidad del virus? Estas preguntas carecen de sentido para una gran parte de la población porque aquí el carácter performativo de los hechos se impone a cualquier duda razonable, altera nuestra jerarquía de valores y nuestra percepción de la realidad y nos induce a pensar que existe un valor absoluto, válido para cualquiera y en cualesquiera circunstancias. Aunque son preguntas fundamentales, más que justificadas ante la realidad performativa de la pandemia.

En efecto, si repasamos los acontecimientos encontramos las características propias de la performance. Vemos que ha sido una representación y una puesta en escena por el uso de policía para controlar que nadie fuese sin mascarilla, por las comparecencias de responsables políticos acompañadas de afirmaciones falsas, como la existencia de un comité de expertos o los planes de desescalada, por las reuniones virtuales de los líderes políticos a través de plataformas multipantalla, por las coreografías de sanitarios publicadas en Tik Tok y por las llamadas a aplaudir en los balcones. Hubo (hay) improvisación por el cambio continuo de normas relativas a horarios, grupos de personas que se pueden reunir, negocios que pueden abrir y tiempos de cuarentena para positivos, y también desacuerdos y rifirrafes con las diferentes Comunidades Autónomas. La participación del público ha sido una parte fundamental en todo este proceso. Se nos pide que lavemos nuestras manos continuamente, que las embadurnemos con alcohol etílico varias veces al día, que guardemos distancias de seguridad, que no usemos dinero en efectivo, que nos pongamos guantes, que nos saludemos con el codo, que nos encerremos durante semanas en una habitación ante cualquier síntoma por una prueba (PCR) que desde el principio se sabe que no es efectiva, etcétera.

Siguiendo con Cultura y simulacro, Baudrillard dice que “si cualquier síntoma puede ser producido y no se recibe ya como un hecho natural, toda enfermedad puede considerarse simulable y simulada” y que “la medicina pierde entonces su sentido al no saber tratar mas que las enfermedades verdaderas según sus causas objetivas”. Cuando alguien afirma estar enfermo aunque esté sano, es casi imposible saber con rigor si dice la verdad o miente. Simular una enfermedad (sin síntomas y con resultados negativos) fuerza al médico a aceptarla sin ninguna evidencia. Pero, ¿y en el caso contrario, puede una enfermedad ser disimulada? Por supuesto que sí, sin embargo cuando alguien está enfermo acaba siendo evidente por los propios síntomas de la enfermedad que padece. En este punto debemos hablar de una pieza clave en la arquitectura de la pandemia, el enfermo asintomático, figura que esconde una de las mayores falacias del relato oficial, pues conlleva considerar que todo, absolutamente todo el mundo podría padecer el supuesto virus y además contagiarlo y provocar la muerte de otras personas. Este planteamiento y otros sobre los que se justifica la pandemia son falacias ad verecundiam, conclusiones que se dan por verdaderas solo porque personas consideradas autoridades en la materia lo defienden, como si no pudiesen equivocarse. Otra muy utilizada por medios de comunicación y políticos es la falacia ad populum, que consiste en defender conclusiones sin justificarlas, apelando a prejuicios, sentimientos o emociones, como por ejemplo cuando afirman que los no vacunados son un peligro para los vacunados.

A modo de conclusión señalar que las incongruencias, las contradicciones, el señalamiento público del disidente, las críticas a la gestión, los vacíos legales, los protocolos que acabaron con la vida de miles de personas, los efectos adversos de las vacunas, la prohibición de terapias alternativas, el ensañamiento de los medios de la comunicación a pesar de las estadísticas, los test fraudulentos, la instauración de un Estado policial, todo lo que nos parece completamente fuera de lugar no hace sino apuntalar el discurso oficial, paradójicamente, pues insistimos, el carácter performativo de la pandemia se impone a cualquier duda razonable, altera nuestra jerarquía de valores y nuestra percepción de la realidad y nos induce a pensar que existe un valor absoluto, válido para cualquiera y en cualesquiera circunstancias. 

Un contratiempo

En 2018 grabé como Parko una serie de canciones con ayuda de familiares y amigos. Los textos fueron escritos entre 2010 y 2012. Comparto este tema con guitarra y violonchelo. «Un contratiempo, vuelva usted a pasar, puertas cerradas…»

La mascarilla nueva del rey

Hubo un rey alérgico a la celulosa de las mascarillas quirúrgicas. Le producían sarpullidos en las mejillas y le hacían estornudar. Cuando supo que las FFP2 ponían en riesgo su salud, salió a buscar por todos los mercados del país mascarillas reutilizables de tela. Después de varios días tuvo que abandonar. O eran muy grandes, o eran muy pequeñas, o el color no le parecía el indicado, o el estampado no era lo suficientemente original, y tampoco le parecían seguras contra la peste que tenía en vilo a todo el reino. El rey, además de hipocondríaco era coqueto y estaba acostumbrado a salirse siempre con la suya. Al regresar del viaje se sintió muy frustrado y no quiso salir bajo ningún concepto. Así, un sabio consejero le sugirió que convocara un concurso de mascarillas. Como le pareció una buena idea puso anuncios en sus redes sociales y lo hizo público en el B.O.R. La noticia provocó una gran expectación. Durante dos meses el monarca no pisó la calle por miedo a la peste. Engordó de diez kilos. Con ansiedad devoraba pasteles y embutidos mientras firmaba Reales Decretos reunido con expertos científicos y con eminencias de reinos vecinos. Prohibió las risas, el sexo, la lectura de libros de más de once páginas y la venta de elixires para combatir la extraña enfermedad. El rey telereinó de la forma más despótica que pueda imaginarse.

Hasta que llegó el día del concurso. Los mejores diseñadores, llegados de todo el mundo, hicieron cola a la entrada del palacio. Tras las pruebas diagnósticas obligatorias y el control de temperatura a cada uno de ellos comenzaron a llenar el pabellón. Los miembros del jurado chocaron los codos a todos los participantes y examinaron sus trabajos. Cuando llegaron al último de ellos vieron que su mesa estaba vacía. El joven venía de la lejana Escandinavia. Preguntaron por su mascarilla y el concursante abrió una caja vacía. Señores, les presento la mascarilla más innovadora y segura que pueda imaginarse, dijo. Los miembros del jurado se miraron unos a otros sin saber qué decir. Sus dibujos son dignos del mejor rey de la Tierra, no tiene costuras, es aerodinámica y sus pliegues jamás molestarán a quien la lleve, continuó el escandinavo. El portavoz del jurado pensó que no era momento para bromas e iba a echarlo de palacio por estafador cuando una de sus compañeras dijo: ¡Preciosa! ¡Un trabajo magnífico!, mientras se ajustaba las gafas para escudriñar de cerca la caja vacía. El resto del grupo rodeó al extranjero con curiosidad. Para hacerla he usado tela sintética de araña, imperceptible al ojo humano, pero que los virus no pueden traspasar, dijo el joven sacando la mascarilla y poniéndola en la palma de su mano. Aunque no veía nada, al portavoz del jurado le pareció interesante lo que oía. Sus compañeros comenzaron a elogiar aquel descubrimiento y el diseñador se mostró de los más orgulloso. Gracias, muchas gracias, dijo, solo espero que el rey escoja sabiamente pues pronto llegará una nueva ola y me preocupa su salud.

Tras la primera ronda solo quedaron las mascarillas reutilizables. Tras la segunda, las ecológicas y sostenibles. Por fin el jurado llamó al rey, que entró al pabellón untándose las manos con gel hidroalcohólico. Con ayuda de un extensor, pues no quería dañar sus orejas, ajustó una a una las mascarillas finalistas sobre su cara recién afeitada. Cuando llegó al último participante y vio la mesa vacía preguntó por la mascarilla. La comitiva comenzó a murmurar. El rey miró desconcertado a sus acompañantes. ¿Me he perdido algo?, preguntó. Su Majestad, le voy a enseñar la mejor mascarilla que nadie pueda jamás imaginar. Está hecha con un material innovador y tan resistente que nada en el mundo podría desgarrarla, dijo el joven diseñador levantando los dedos en pinza sin nada entre ellos. Además, no tiene costuras y cuando se usa da la impresión de no llevar nada –añadió un miembro del jurado.  El rey comenzó a sudar. Sacó un pañuelo y repasó su frente. Pensó que debía estar soñando, él no podía ver nada. Interesante, realmente interesante, dijo ante el convencimiento de sus acompañantes. Con esta mascarilla podrá dormir todas las noches, y durante el día no será necesario que la cambie a cada hora, dijo el portavoz del jurado. Estos detalles maravillaron a todos, que aún sin ver nada acabaron alabando las virtudes de la mascarilla. Si me permite, Su Majestad, deje que se la ponga, dijo el joven genio. El monarca tomó asiento. ¿Estarán riéndose de mí?, pensó. Pero para que no lo tomasen por loco se dejó colocar la mascarilla. Después se miró al espejo y estuvo encantado con el invento, pero “sin atreverse a decir la verdad”.

La mascarilla de marras fue la ganadora del concurso. A su creador se le concedió un Green Pass para viajar sin restricciones y una mina de oro en la China. Los medios anunciaron la noticia, ¡el rey tenía lo que buscaba! ¡por fin podría levantar las prohibiciones! Tras el banquete y los interminables brindis, los consejeros reales anunciaron un desfile para mostrar al mundo la mascarilla. Cuando las puertas del palacio se abrieron centenares de vecinos se agolpaban ya para ver el prodigio. El rey salió precedido de sus notables, el jurado y el comité de expertos. Al verlo todos aplaudieron con fervor. ¡Bravo, bravo!, exclamaban, ¡viva la mascarilla nueva del rey! La comitiva avanzó por las calles y el júbilo se adueñó de todos. Desde los balcones se oían vítores, silbidos y canciones. Los periodistas tomaban fotos y grababan en directo. En todas las televisiones podía verse la sonrisa satisfecha del monarca. Tras una hora de desfile pasaron por la puerta de una residencia de ancianos. Uno de ellos, que estaba sentado en primera fila, gritó: Yo creo que el rey no lleva ninguna mascarilla. El director de la residencia quiso disculparlo. No le hagan caso, tiene demencia senil, dijo. Pero otros ancianos comenzaron a gritar: El rey no lleva mascarilla. El rey no lleva mascarilla. Los vecinos callaron. Es verdad, el rey va sin mascarilla, se oyó decir a un niño. Poco a poco las calles se llenaron de risas y burlas al monarca, quien se dio cuenta de que no podría mantener aquel engaño mucho más tiempo. Aún así no quiso abandonar el solemne desfile y decidió continuar hasta el final como si no escuchara nada, fingiendo estar satisfecho de su mascarilla. 

Y al día siguiente en cada una de las aldeas del reino todo el mundo llevaba la misma mascarilla que Su Majestad.

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Menos es más

Incorrecto, siempre depende del contexto,

esquivo como un gato, presa del arrebato,

al acecho como la rapaz, mordaz, parco y decidido.

Soy el fondo y la forma, una ojiva, a veces a la deriva,

con algunos lemas y también dilemas en el fondo de mi corazón.

Estoy curado de espanto, por eso si caigo me levanto.

Lo primero es creer, confiar en el olfato,

no estoy aquí para pasar el rato.

Controvertido, siempre buscando sentido,

el principio y la contradicción.

Imperfecto desconocido, perro flaco que sigue un rastro,

en un mar de polémicas,

analizo, muevo ficha, es mi estrategia,

no voy de lado, pongo el dedo en la llaga,

la piedra en tu tejado.

Depende de la perspectiva, estar abajo o estar arriba.

Simple teoría, algo inesperado, menos es más y nada es demasiado.


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La única certeza; vivir y morir en el telediario

Las cadenas de televisión tienen los días contados,
con extraordinaria precisión,
sus programas ejecutan a inocentes y a verdugos.
La muerte no es la única certeza.
Lo han dicho en el telediario.
Vivir y morir en cincuenta pulgadas de plasma saturado.

Rodamos en un campo de flores asintomáticas
y lloramos a la menor ocasión.
Los niños defenestran a sus padres como juguetes.
Si fuese posible olvidar el movimiento
el mundo sería estabulado en un box de las afueras.
Electrodomésticos, muebles, bicicletas, plantaciones de maría,
máxima confidencialidad.
Pero los músculos tienen memoria,
y una nebulosa de ideas nos incita a dejarlo todo.

Nos quedan dos telediarios y dormimos enmascarados.
Pendientes de la jaula alborotada de horas en bucle,
las estaciones se aparean como manadas de búfalos,
los perros sin dientes lamen piruletas sin azúcar.
Una lluvia de meteoritos golpea la ventana.
Siempre me gustaron los días así,
oír a los coches pisando charcos,
el cristal empeñado en mantener con vida la ciudad.


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Bizar

Estaba en Pontevedra con unos clientes y decidí visitar a mis padres. Al llegar, alguien salía del edificio y accedí al portal sin llamar al timbre. Como viven en un segundo, suelo subir por las escaleras. En el rellano oí voces, la ventana del patio estaba abierta. “Nunca les has dado cariño a tus hijos”, decía mi madre en tono de reproche. “¡A los hijos no se les puede dar cariño!”. Hubiese entrado, sin más, para preguntar, “¿por qué no, por qué no, papá?”. Sin embargo di la vuelta y bajé deprisa los peldaños. Siempre tuvieron sus más y sus menos, alguna discusión que otra, pero entonces, por circunstancias que no vienen al caso, la cuerda estaba muy tensa.

No habían pasado ni dos semanas, cierto día, caminaba por la calle cuando oí de nuevo la frase. “A los hijos no se les debe dar cariño” –aconsejaba el vendedor de un quiosco a su cliente. Tuve tanta curiosidad por escuchar la conversación que me detuve a ojear una revista, pero cambiaron de tema en cuanto comencé a remover el expositor. 

Tenía veintiséis años. Acababa de terminar Derecho y había conseguido empleo en un pequeño bufete de Orense. Vivía solo. Después de varias relaciones tormentosas decidí tomar un tiempo para mí. Busqué la soledad como algo necesario, ineludible. Y encontré en ella un gran alivio. El tiempo libre lo dedicaba a leer novela negra. Escribía también pequeños relatos, que retocaba e imprimía una y otra vez para enviarlos a concursos. Así comencé a utilizar el pseudónimo de Bizar. Admiraba a Hammett. Sus obras completas fueron un refugio perfecto. Durante la semana era el chico de los recados, aprendiz, encargado de recabar información, localizar testigos, redactar expedientes y digitalizar viejos informes. Los fines de semana leía junto a la ventana de mi pequeño apartamento alquilado.

Tras algunos años de morralla vital, estaba perdido. Paré en seco. Ciertas relaciones me estaban perjudicando. Confundir amistad con salir de fiesta, nadar contracorriente para remontar el río, cuando mantener mi lugar hubiese bastado, todo eso acabó pasando factura. Pero había algo que ya no soportaba, la compañía de otros hombres. ¿Por qué me sentía un cero a la izquierda, por qué me resultaban tan incómodas las bromas “masculinas”? Había un lenguaje establecido, un código, una forma de comportarse, algo que no era capaz de seguir. Y esta incomprensión se tradujo en culpabilidad. Siempre alerta, esquivo, llegué a pensar que era objeto de burla, que aquellos “conocidos” conspiraban contra mí. “No lo captas chaval, pero no te preocupes, tal vez tu sitio no está aquí”. No, no, siempre no, era lo que leía entre líneas.

–¿Prefieres estar en compañía de mujeres, salir con amigas en lugar de salir con amigos? –preguntó Marta sorprendida.
– Sí, lo prefiero, las mujeres no están fanfarroneando todo el tiempo, ni se gastan bromas crueles para ponerse a prueba –respondí.
–¿Es eso lo que hacéis los hombres?
–Sí. No todos, pero la mayoría que conozco.
–¡Pues ni te imaginas nosotras! Las mujeres somos más vengativas, pero no se nota. Nos las tiramos disimuladamente. Sonreímos aunque por dentro pensemos ¡qué cabrona eres! En ese sentido los hombres sois más simples, transparentes. No sé, yo prefiero la compañía masculina.

Con Marta no temía ser malinterpretado, ni juzgado. Pensaba en voz alta, me dejaba llevar, metía la pata, reconocía mi ignorancia en ciertos temas sin sentir que cambiaba en algo nuestra amistad. Lo que siempre originó conflictos con otros chicos, con ella fluía sin la menor importancia. Cuántas veces escuché que los hombres debíamos cuidar nuestra parte femenina, que éramos incapaces de expresar nuestros sentimientos, incluso de hacer dos cosas a la vez, o que, según las estadísticas, en una fiesta de disfraces deseábamos ponernos vestidos y tacones. Así, acepté que mi parte femenina gozaba de buen estado de salud. Podía abrirle el corazón a cualquier amiga sin miedo, dar la vuelta a la tortilla mientras hablaba por teléfono y, ¿por qué no?, comprar una peluca para los próximos carnavales. En definitiva, era como un bicho raro clavado en la pared de un taxidermista. Así, aprendí a cerrar la boca a tiempo. ¿La familia? Bien, gracias. ¿Pero de qué familia hablamos? ¿De mi hermano, que sólo pensaba en su coche y en la fiesta que le esperaba el siguiente fin de semana? ¿De mi padre, que acabó marchándose de casa con una mujer quince años más joven que la suya? ¿De mis primos, preocupados por mantener las apariencias, la carrera perfecta, las notas perfectas, el trabajo perfecto? ¿De mis tíos, casi mudos, insensibles tíos políticos que en más de una ocasión volvieron la cabeza al verme por la calle? Dentro de la inamovible jerarquía familiar nosotros éramos los perdedores.

Palabras, palabras. Algunas quedan grabadas a fuego. Como aquel sábado lleno de circunstancias, digamos especiales, que me llevaron a conocer a Bruno. Quería salir por la noche con Sabater, mi compañero de piso, a celebrar nuestro reencuentro después del verano. Empezaba un prometedor penúltimo año de carrera. Pero esa tarde, cuando abrí la puerta, lo encontré tirado en el sofá, vestido con el chándal que usaba de pijama y la bufanda del Borussia Dortmund que compró en un rastro cuando fue Erasmus en Alemania. Podía escuchar los latidos de mi corazón después de arrastrar la pesada maleta hasta el quinto piso sin ascensor. Giró la cabeza y con voz áspera dijo que tenía fiebre. Tosió un par de veces antes de incorporarse para explicar que había quedado con Maxi, un viejo amigo, a las ocho en Coia.

Maxi era un tipo oscuro, y no sólo por la ropa que llevaba, también por su forma de pensar. Decía que en este “mundo de mierda” era egoísta tener hijos, que llegado el caso, “se quitaría de en medio” antes de convertirse en un viejo inválido. Su lema: disfrutar al máximo, vivir experiencias límite, eso sí, de viernes a domingo, después de una dura semana trabajando como carnicero a turno partido en un centro comercial. Creía que participar en orgías, probar todo tipo de drogas sin control y descargar adrenalina en conciertos de hard metal, era ir contracorriente, atentar contra las buenas costumbres de una sociedad decadente y autoritaria. Creo que abrir cerdos en canal y destripar conejos ocho horas al día le causaba algún tipo de desorden. No compartía sus gustos, pero sonreía de manera acrítica cuando hablábamos de esa supuesta libertad para transgredir. A veces me sentía como esos peces que acompañan a los tiburones para comer sus despojos. Llegó puntual. Sobre su cazadora estilo perfecto cerrada hasta el cuello caía una melena sucia y despeinada.

–Al fin viernes –dijo sacando un cigarro.
–Es algo temprano.
–Sí, no sé, la verdad es que es temprano, sí –dijo dando al cigarro una calada profunda.
–Bueno, seguro que encontramos algo.

Por entonces, para salir de la rutina, teníamos una especie de juego. Consistía en visitar todo tipo de ambientes nocturnos. Un fin de semana el local más chic, otro el antro más zarrapastroso. Discotecas latinas, tabernas de quinceañeros, pubs de cuarentones, un local de intercambio de parejas. Abrir la segunda puerta y entrar a otra dimensión, era el requisito indispensable, el subidón de adrenalina, lanzar los dados en una partida que estás a punto de ganar. De lo contrario se cancelaba. A la inversa, salir a la calle después de mucho tiempo inmersos, también parecía el salto a una realidad paralela. Aquella noche decidimos ir al Cuervo, un antro heavy metal. La oscuridad, la decoración, la música de ACDC sincronizada en tres grandes pantallas y algunos clientes moviendo sus melenas como Angus Young, todo nos sedujo de inmediato.

Lo único que teníamos en cuenta antes de entrar a un local era la manera de vestir. No fue el caso esa noche improvisada. Pero con vaqueros y sudadera pasamos desapercibidos. Pese a todo tuve la impresión de ser un turista. Pensé que muchos parroquianos serían asiduos del Cuervo. Parecían una familia, cada cual con su sitio en la mesa a la hora de comer, o en el sofá para ver su serie preferida. El serpentín tiraba cañas sin descanso. Era temprano para nuestro juego. Nadie bailaba. Dudamos, en medio de la sala, mirando un par de videos antes de sentarnos. Ver sin ser vistos, una reacción instintiva de supervivencia. Charlamos con dificultad, porque el Cuervo no es un lugar para hablar sino para dejarse llevar. Y eso fue lo que hicimos cuando las dos chicas que no paraban de mirarnos vinieron sonrientes a nuestra mesa. Dejaron sus vasos casi vacíos encima y se presentaron. Fue muy rápido. Hicieron su elección. La más gordita se acercó a mí. Le eché diecinueve. Enseguida me agarró por la cintura y susurró “Vamos a Geminix”. Su aliento cálido quemó mi oído. De escupir habría echado fuego por la boca. Salí del bar mareado. ¿Se llamaba Ada? Eso entendí. Pero después dijo Marga. Caminamos agarrados varios metros por delante del resto. Geminix acababa de abrir. Ada, o Marga, saludó al camarero. Atravesamos la pista de baile vacía y bajamos unas escaleras. Conocía el local porque allí jugamos una de nuestras partidas. Antes del cuarto oscuro estaban los aseos. Pasé de largo, pero ella abrió la puerta de chicos. Acababan de limpiar, apestaba a lejía. Aún así empezamos a mordernos. Cuando le bajé los pantalones me alegró que no estuviese fofa. Tenía el culo duro. Nos magreamos un buen rato. 

–¿Llevas condón? –preguntó. 
–No, lo siento.
–¡Joder, qué mierda! Entonces la próxima vez –dijo sonriendo. 

Terminamos con las manos al mismo tiempo, a oscuras, succionándonos el cuello como vampiros. Alguien intentó abrir la puerta. “¡Ocupado!”, gritó ella. 

Salimos de aquel lugar sofocante. El cuarto oscuro olía a ambientador de vainilla. Al fondo vimos la brasa de un cigarro. “Nos vamos”, dijo Ada a la amalgama de sombras indefinibles. Nadie respondió.

De camino a su casa Ada cogió mi mano. Me sentí extraño. Un rollo era un rollo, no había por qué darse la mano. Con la excusa de cruzar la calle giré bruscamente y pasé entre dos coches aparcados. Sentí lástima por ella, y por mí, lo cual era aún peor. Quizá deba saltar algunos detalles de esa noche y situarme en la ruinosa cocina donde tomaba café al amanecer, mirando un dormido patio interior a través de la ventana, cuando oí la puerta del piso de Ada y una luz se encendió durante breves segundos. Alguien apareció por el pasillo. Sostenía unas zapatillas tipo All Star y caminaba descalzo. 

–¡Buenos días! ¿Tú debes ser…?
–Bruno –continuó él.
–¿Qué tal? Soy Lázaro –dije levantándome para saludar. 
–Encantado –asintió con la cabeza. 

Abrió el frigo y se preparó un sándwich de crema de cacao antes de desaparecer sin despedirse.

Las semanas siguientes fueron un desastre. Por la astenia primaveral, porque Ada me declaró su amor y yo no podía corresponderla, porque dudé de todos y de mí mismo. Dejé de lado a mis amigos, atraído por la pareja de estudiantes que acababa de conocer. Poco a poco mis visitas se hicieron más frecuentes. Al principio solo para dormir. Después casi se podía decir que vivía con ellos. Era una especie de pacto. Una relación sin compromiso. Sexo y espaguetis. A veces simplemente nos quedábamos en el sofá viendo la tele. Empecé a aficionarme al cine de Hollywood. Necesitaba programación mental adictiva que me mantuviese pegado a la pantalla sin pestañear. Matrix, Gattaca, Minority Report. Películas que te hacen sentir que vives en el siglo XVII. El cine oriental sobre la Yakuza o la Tríada también me gustaba. Con héroes ambiguos. Dicen que los héroes orientales son así porque consumen mucha soja. La soja los vuelve locos. Demasiadas isoflavonas. Pero sus cuerpos deben estar acostumbrados. No creo que por la soja corten dedos y gargantas a la primera de cambio. O que apenas tengan barba. Los vikingos no tomaban isoflavonas y también rajaban a sus vecinos. Pero tenían más barba. Los vikingos saben cómo calmar la ira de los dioses. Los orientales sin embargo los cabrean cada vez más. A medida que avanza la película, todo va a peor. No sabes con qué te van a sorprender. Crees haberlo visto todo, pero entonces descubres una forma aún más cruel de matar. Son simpáticos. Lo hacen por honor. El honor es algo del pasado, al menos en España. Los jóvenes no entendemos algo tan abstracto, de libros de caballerías, una cuestión filosófica. No va con nuestra educación. Lo que nos motiva es cruzar la línea roja. Ver qué hay al otro lado del espejo. Todo es parodia. El deshonor es heroico. Un cambio de paradigma, no hay que darle demasiadas vueltas. Cada época tiene sus circunstancias. Ahora estamos dormidos. Tenemos muchas distracciones. En eso coincidíamos Ada, o Marga, y yo. Por eso veíamos películas de Hollywood. Por eso nos entregábamos a la contradicción de dormir juntos y tener sexo sin amarnos. Me refiero al amor romántico. El roce hace el cariño, dicen. Pero el cariño no es suficiente para mantener una pareja. Ella siempre estaba alerta. Sabía que lo nuestro no duraría mucho. Como decía, me daba pena. ¡Conformarse con tan poco! 

Bruno era un chico taciturno. Llevaba un parche en el ojo derecho. Le pregunté a Marga si sabía el motivo. 

– ¿Qué le ha pasado a Bruno, por qué lleva un parche?
– Se le ha congelado un ojo.
– ¿Qué dices? ¿Cómo se puede congelar un ojo?
– Es una forma de hablar. ¡Causa das bruxas! Cuando no quieres ver algo, tus ojos se vuelven hielo -dijo Ada en tono enigmático.
– Creía que era al revés. Que eso pasaba cuando ves algo que no debes ver. Como el mito de Medusa -dije.
– Medusa convertía en piedra a quienes la miraban. Esto es diferente. Los ojos arden cuando miran sin ver. Los ojos se congelan cuando te niegas a ver.
– ¿Y qué es lo que Bruno no quiere ver?

Bruno entraba y salía sin hacer ruido. Ni hola ni adiós. Nos dijo que lo disculpáramos. Para Marga él era la persona menos convencional del mundo. Prefería moverse sin ser visto. No dar explicaciones. Bruno tendría unos veinticuatro años. Aunque aparentaba dieciocho. Casi imberbe, con el pelo rapado, flaco, mediana estatura. Un chico entre miles de chicos. Me gustaba cómo vestía. Un estilo elegante y desenfadado. No todo el mundo sabe vestir así. En algunos ambientes debes serlo, o al menos parecerlo. Desenfadado, en moda, es sinónimo de informal. Entonces, ¿guardar las formas te hace parecer enfadado? Pero, ¿no son más bien los demás quienes se enfadan?, si nos vestimos para tener una imagen, para ser vistos por otros de determinada manera. Nadie puede vestir elegante y formal a no ser que vaya a una boda. O a un despacho de abogados. Haría enfadar a la gente por la calle. Pero existe la combinación perfecta. Añadir a tu formalidad un toque de desenfado. Por ejemplo, Bruno usaba chinos una talla más grande que la suya, zapatillas deportivas, camisetas blancas y camisas con tres botones desabrochados. Uno abajo y dos arriba. Las deportivas, las camisas por fuera y los botones desabrochados son la clave del desenfado. También las gorras. Todo ello te hace parecer un tipo feliz que no tiene problemas o que si los tiene los afronta con naturalidad. Pero las apariencias engañan. El hábito no hace al monje. Bruno vestía desenfadado y tenía problemas emocionales. Era homosexual y nadie lo sabía, excepto Ada. Trabajaba como teleoperador para una compañía telefónica. Un trabajo duro en el que no era feliz. Por eso pensé que su depresión tenía que ver con una disciplina laboral inhumana, cruel, despiadada. Eso deduje después de hablar con él varias veces. Si llegaba a casa y yo estaba solo, le gustaba sentarse a fumar un pitillo y hablar de su empresa. Bruno era introvertido, aunque en la intimidad hablaba bastante y solía gastar bromas. También sabía escuchar. Pero nunca hablaba ni de su vida ni de sus sentimientos. Sabías que estaba agobiado en el trabajo pero nada, absolutamente nada de Carlos, su novio, con el que llevaba cerca de tres meses. Tampoco hablaba de su ceguera. Según Marga, un día notó una mancha blanca y gelatinosa que con el tiempo le cubrió la cornea. Glaucoma agudo. Cuando fue al oftalmólogo era demasiado tarde. Esa fue la explicación científica. Ceguera por glaucoma. Mala suerte. Malos genes. Punto. Un glaucoma no sale porque te niegues a ver la realidad. Se produce por el aumento de la tensión ocular. Pero Ada prefería decir que Bruno no aceptaba su homosexualidad y que sus ojos se estaban congelando. ¡Cousa das bruxas! 

Una mañana entré a husmear en el cuarto de Bruno. Marga dormía. Eran las seis y media. Preparaba una cafetera cuando oí la puerta de casa. Alguien se marchaba. Bruno, pensé. Crucé el pasillo y golpeé la puerta de su habitación. Después fui al baño a echar un vistazo. Entonces algo me llamó la atención. Un perfume suave y desenfadado. Venía de la entrada. La cafetera empezó a lanzar burbujas. Llené una taza y volví al pasillo. Llamé de nuevo a Bruno. Entonces intenté abrir su puerta. Tuve que empujar con fuerza porque algo en el suelo impedía que se deslizara. Abrí un hueco y me colé. Era la hebilla de un cinturón, enredada en unos calzoncillos de color rojo. El perfume salía de allí. Era nuevo para mí, como la hebilla dorada Louis Vuitton del cinturón. Pensé en Carlos. Me vino a la mente la imagen de un hombre amaderado, con notas herbales, tranquilo y extrovertido, moreno, de acordes orientales, tal vez por alguna flor exótica. La habitación estaba hecha un desastre. Había una televisión fijada a la pared y una colección de películas en DVD a la vista sobre una estantería. Era cine clásico, en blanco y negro. La ropa de cama se amontonaba encima del colchón. No quise tocar nada. Tropecé y se me cayó el café.

– Mierda, joder, me cago en la puta –dije.
– ¿Javier? ¿Qué pasa? –dijo Marga medio dormida.
– Es que oí ruidos, me levanté y al ver la puerta de Bruno abierta he entrado al cuarto por curiosidad. Y he tropezado. Se me ha caído el café encima de la cama. 
– Bueno, tranquilo, no te preocupes –dijo Marga mientras movía las sábanas –Esto se lava y aquí no ha pasado nada.

Marga no hizo preguntas. Yo le eché la culpa al perfume amaderado. Ella se vistió, terminó la cafetera y se marchó. Marga trabajaba en una tienda de ropa. De esas tiendas que tienen música disco todo el día. Dice que es una estrategia. Quieren hacer pensar a los clientes que están de fiesta. Casi siempre tararea alguna canción cuando vuelve a casa. Lo hace sin darse cuenta. Esa mañana no fui a la universidad. Esperé a que terminase la colada. Cuando la secadora comenzó a pitar y la habitación de Bruno quedó igual de desordenada que al amanecer, respiré tranquilo. Mientras, le di vueltas al libro de Derecho Mercantil. Tenía tiempo por delante. Marga le iba a hacer el turno a una compañera y no vendría hasta las diez. Esa tarde fui yo quien puso incienso y música hindú, quien preparó los juguetes para un festín nocturno de carne. Pero Marga llamó y dijo que se iba de copas con unas amigas. No llegaría hasta muy tarde. Después de cenar busqué concursos literarios. Tenía casi terminada mi colección de relatos góticos. Encontré una lista interminable de ellos. ¡Cómo puede haber tantos certámenes literarios!, pensé. 

No escuché a Marga llegar. Al amanecer aún flotaba en el ambiente el olor a sándalo.

Era sábado. Ella libraba. Me levanté a escribir. Bruno no había vuelto esa noche. Cerré la puerta de su habitación, intentando que el cinturón de Louis Vuitton y los calzoncillos rojos quedasen enredados tal y como estaban, impidiendo el paso. 

Cuando Bruno apareció, después de una semana sin saber dónde se había metido y sin responder al teléfono, lo encontré cambiado. No iba vestido elegante. Solo desenfadado y sin afeitar. En aquellos meses nunca lo vi sin afeitar.

– ¡Me caso! –dijo dando un salto cómico en mitad del salón, como un arlequín.
– Nos tenías preocupados, cabrón –dijo Ada.
– ¡No jodas! –dije yo –¿Cómo que te casas? 
– Eso no te lo crees ni tú –dijo Ada en tono burlesco.
– Vale, es verdad, no me caso. Pero os voy a proponer algo emocionante.
– Emocionante ha sido estar una semana sin saber nada de ti. ¿Qué le pasa a tú teléfono? –dijo Ada ofendida.
– Lo siento. Tenía que haber avisado. 
– Pues sí, tenías que haber dicho algo, cualquier cosa –dijo Ada.
– Fui a Lugo, con la familia. Bueno, con mi hermana –dijo Bruno.
– Pensamos que estarías con Carlos –dije.
– ¿Por qué no hacemos un viaje a Valencia? –dijo Bruno –La semana que viene son las Fallas –Ada y yo nos miramos sorprendidos. Pero al final, aceptamos la propuesta. 

Compramos unos billetes de avión y llegamos a Manises el sábado siguiente por la mañana. Antes de instalarnos en el hotel tuvimos que hacer cola en recepción. La elegante entrada, cuya moqueta amortiguaba el estruendo de las maletas que venían de la calle, estaba repleta de chicos esperando para hacer el check-in. Pensamos que era por las Fallas, claro, pero enseguida nos dimos cuenta de que había, al menos, tres despedidas de soltero.

Durante la mañana hicimos algunas visitas turísticas. El IVAM, el Barrio del Carmen, las Torres de Serrano. Por la tarde descansamos en la moderna habitación triple. Y antes de cenar, Ada y yo fuimos a la sauna. Después nos sentamos con Bruno junto a la pared de cristal del restaurante del hotel. 

–¡Estás embobado! –dijo Ada con un chasquido de dedos que sacó a Bruno de su ensoñación. 
–Mirad esas luces, ahora todas son rojas. Los semáforos y los pilotos de los coches. Un mar eléctrico de luces rojas. Están quietas pero parece que saltan –dijo Bruno.
–¿Por qué no has venido a la sauna con nosotros? –pregunté. 
–Tenía que ver a alguien –contestó Bruno.

En ese momento un grupo de chicos entró al salón. Excepto uno, vestido con levita azul y peluca blanca, todos llevaban la misma camiseta negra. Iban algo borrachos. 

–Disculpadme –dijo Bruno antes de levantarse y salir del restaurante. El chico de la levita azul fue tras él.
–¿De qué vas disfrazado? –preguntó Bruno.
–De la Bestia –dijo el chico.
–¿Por qué haces esto, Carlos? –dijo Bruno.
–No insistas, Bruno. Olvídalo todo. Está decidido. 
–Aún puedes cancelar la boda.
–Imposible. Mis padres ni se imaginan lo nuestro, sería una locura –dijo Carlos.
–¡Pero tú no quieres a esa chica! ¿Vivirás toda la vida engañado? –dijo Bruno lanzándose a los brazos de Carlos y besándolo con desesperación.
–Deja, Bruno, por favor, no deberías estar aquí.

La puerta del restaurante se abrió. 

–Estamos pidiendo. ¿Qué vas a tomar? –preguntó alguien.
–¡Ya voy! –dijo Carlos –Espero que lo entiendas. Lo siento. De verdad que lo siento. 

Fue lo último que le oyó decir. Una disculpa. Bruno bebió y bailó con desconocidos toda la noche. Carlos, que había estado bebiendo y esnifando coca casi hasta el amanecer, dejó la suite donde sus compañeros se divertían con varias strippers. Fue a su habitación. Estaba mareado. Tenía ganas de vomitar. Se quitó los zapatos. Abrió la ventana. Se subió al alféizar. Ahora o nunca.


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