Paraíso en obras, capítulo 9

Intento reconstruir el pasado sin guion alguno. Al azar escribo pinceladas, compongo el paisaje de mi vida sin croquis ni estudios previos, como una pintura impresionista. Voy tomando recuerdos y trazo el camino impreciso que recorrí. Pero la historia no solo me pertenece a mí. Estamos entrelazados en un destino mágico que sucede al azar, limitados por infinitas posibilidades. Así nos encontramos en un tren, una fría mañana de febrero de 2000, camino de Barajas. Comenzaba nuestra aventura Erasmus. Madrid-París-Fort de France.

En toda nueva experiencia, siempre hay una primera impresión, algo que va por delante de ti, en ocasiones imprevista. La sensación de estar dentro de un invernadero, mezcla de humedad y calor, es lo primero que se experimenta al bajar del avión y entrar en el aeropuerto Aimé Césaire. Nos esperaban el director del IRAVM, monsieur Montjoly, y la persona que se encargó de contactar con la escuela un año antes para incluirla en el programa internacional de becas, una compañera de nuestra facultad. Éramos la segunda promoción que iba a estudiar en Martinica. Por supuesto, la siguiente impresión, casi instantánea, fueron los colores. El marrón rojizo y la rica gama de verdes variando constantemente. El contraste de amarillos y naranjas en aquel ambiente aún lo conservo en la memoria cuando evoco aquellos días. Nos subimos en la parte de atrás del coche. No entendía ni una palabra de francés. Nuestra compañera nos había buscado una residencia a cada uno en el centro de la ciudad. Nos llevaron directamente. Primero fuimos a la femenina, que estaba cerrada. Unas chicas vestidas con uniforme de colegio abrieron la puerta. Iban acompañadas de una mujer con hábito religioso. Nos dijeron que el establecimiento cerraba a las seis de la tarde, y apenas habían pasado unos minutos. Mi compañe- ra me miró, sorprendida, pero no tuvimos tiempo de hablar casi. Desde una ventana, en la primera planta, otro grupo de adolescentes nos sonreía y saludaba con la mano. Después fuimos a mi residencia, exclusivamente masculina, cuya puerta sí estaba abierta. Era un edificio en bajo muy céntrico. Nadie salió a recibirnos, aunque nos esperaban en la entrada, una especie de sala de estar-comedor-cocina a la que se llegaba tras atravesar un patio interior. Dejé las maletas a un lado y mis acompañantes hicieron las presentaciones. Estaba hambriento y con la curiosidad a flor de piel. Nos despedimos hasta el día siguiente en la Escuela de Arte. Por fin solo en un país extranjero, una isla tropical donde se hablaba una lengua de la que no conocía más de tres o cuatro palabras. La televisión emitía un noticiero. Había algunos chicos mayores que parecían los encargados, el resto eran adolescentes. Un francés metropolitano, Jean Pierre, el único europeo en la residencia, se ofreció para lo que hiciese falta. Tomó la iniciativa como un trabajador del centro. Fuimos a la habitación y me presentó al resto de estudiantes mientras explicaba el funcionamiento y las reglas de la residencia, los horarios, la cocina, las instalaciones. Comprendía algunas cosas, lo cual era buena señal. El francés es una lengua a la que a un español no le resulta difícil adaptarse. Perdía muchos detalles, pero lo más importante quedó claro. Después de comer algo, mirando en la televisión un noticiero de París, fui a descansar. La cama era como los viejos catres que tenían nuestros abuelos. El colchón te atrapaba literalmente y no podías casi ni moverte en toda la noche. La luz del atardecer traía muy buenas sensaciones. Miré el horizonte montañoso con ilusión, sentía que todo un mundo se abría en aquella isla de sesenta y cinco kilómetros de largo. Era como estar dentro de un sueño, y no solo por el jet lag, también por el paisaje de palmeras y flamboyanes, el bullicio colorido de las calles despidiendo el día, la arquitectura colonial de fachadas desteñidas y contraventanas de madera hinchada, las campanas de la iglesia de Fort de France dando la hora al pie de la Avenida Maurice Bishop. Por la mañana fui a la residencia religiosa de Carmen. Salió un poco aturdida, pero feliz por el recibimiento que le habían brindado. Era la única estudiante blanca. Las chicas más jóvenes la rodearon nada más llegar para tocarle el pelo y la piel mientras hacían todo tipo de preguntas. Ella había estudiado francés antes del viaje; de hecho, fue mi profesora cuando un mes más tarde compartimos casa. Dimos un paseo e intercambiamos impresiones. Lo peor para ella era tener que estar de vuelta en la residencia a las seis. Por lo demás, parecía haber buen ambiente. Yo sospechaba que la mía también era religiosa, pero no tenía límites horarios. Después de desayunar, había recorrido un poco el edificio. Lo primero que encontré fue una capilla, con un viejo piano de cola abierto, una gran figura de Cristo crucificado y en la pared un lagarto que corrió hacia la ventana al verme entrar. No tenía cristales, en realidad muy pocas ventanas los tenían, por eso las ramas de algunas plantas y árboles del jardín entraban en aquel lugar donde parecía no pasar el tiempo.

Fuimos a tomar un café, llamar por teléfono a nuestras familias y conseguir algún plano de las calles para ubicarnos e ir a la escuela de arte. Después salimos del centro y remontamos algunas cuestas hasta subir la colina donde estaba, dominando desde lo alto el lado noroeste de la ciudad, el IRAVM. Justo enfrente podía verse el barrio de Trénelle-Citron. Atravesamos los jardines buscando la recepción. Era un edificio peculiar, con diferentes alturas, escaleras y rampas, que anteriormente había servido de hospital. Nos volvió a recibir el director. Fue muy amable. Nos mostró el recinto, las aulas y talleres. Conocimos al personal docente y administrativo. Era un lugar muy pequeño comparado con la facultad de Valencia, podía decirse que estaban en familia. Apenas comprendía nada, tan solo los saludos. Ça va? Después de rellenar algunos formularios, fuimos a comer a un bar cercano. Probamos dos platos típicos de arroz blanco, uno con banane jaune y otro con acras de morue, o albóndigas de bacalao. Una vez en la ciudad, paseando por las calles, lo siguiente que llamó mi atención fue la cantidad de vagabundos, en apariencia. Mi compañera estaba algo asustada ante la idea de tener que moverse sola por aquellas calles. Eran hombres de mediana edad, por lo general fuertes y musculados, que vestían harapos y hablaban solos en voz alta. Algunos incluso gritaban de forma violenta. Caminaban como enajenados y a veces se acercaban a los transeúntes sin ser casi escuchados. La gente se apartaba de ellos como si contagiasen alguna enfermedad. Invadían la calzada e interrumpían el tráfico. Nadie parecía saber de dónde salían ni a dónde iban. El resto se ocupaba en hacer sus compras y ventas diarias, porque el centro de Fort de France era un gran centro comercial. A las siete de la mañana, un hervidero de gente se daba los buenos días y comenzaba la larga y sudorosa jornada laboral. Se transformaba como por arte de magia. Amanecía a las seis y anochecía doce horas después, a las seis de la tarde. Entonces las persianas bajaban, las calles se vaciaban, el silencio se apoderaba poco a poco de cada rincón del barrio, como un escenario tras una función de teatro. Parecía mentira que todo hubiese sucedido allí. A partir de esa hora, casi nadie se atrevía a salir. Nosotros solo lo hicimos dos o tres veces. Mi residencia era muy tranquila, un viejo edificio colonial donde se olía a café y mantequilla. Poco a poco fui conociendo a otros estudiantes, aunque en realidad apenas podía comunicarme con ellos. El primer fin de semana, con un mapa de la isla, Jean Pierre me habló de algunos lugares que merecía la pena visitar. También dijo que quería ir a una fiesta rasta el sábado siguiente. Ese día, yo mismo había visto los pequeños carteles pegados en paredes y farolas avisando de la fiesta, que sería en casa de un rastafari. Era habitual organizar encuentros de ese tipo. La población de la isla vive muy dispersa, hay muchas casas de campo diseminadas por gran parte del territorio montañoso, y los accesos son a veces bastante complicados. Viajas por estrechos caminos cuya abundante vegetación te impide saber dónde estás, y cuando crees que te has perdido, aparece un grupo de viviendas de madera, unos niños jugando en medio de la carretera o algún anciano sentado tranquilamente debajo de un mango. Sin embargo, la sensación de estar perdido la experimentaba sobre todo en las proximidades de la capital. En las zonas rurales era diferente. Al sur de la isla se concentran los resorts y hoteles europeos, el paisaje es algo más seco, aunque los cocoteros no faltan en casi ninguna de sus playas. Al este encontré las más concurridas por la población local, en la confluencia del Caribe con el Océano Atlántico, donde abundan las barreras de coral. Allí el mar crea piscinas saladas de agua templada, ideales para el baño en familia. Los niños pueden disfrutar sin miedo a las corrientes ni a los tiburones. El oeste y noroeste son diferentes; es el Caribe, pero la geografía montañosa dificulta el acceso al mar. No conocí mucho esta parte, excepto por mis caminatas a Schoelcher, comuna que se llama así por el periodista y masón impulsor de la abolición de la esclavitud, donde estaba la playa más cercana a la capital, y por una excursión a Saint Pierre, el pueblo donde está la Montagne Pelée, el conocido volcán, aún activo, que a principios de siglo había matado a todos los vecinos menos al único preso encerrado en la cárcel del pueblo, anécdota que recoge Eduardo Galeano en uno de sus libros. Y el norte, misterioso, frondoso, era un lugar casi vetado para el europeo. Los lugareños desaconsejaban ir allá, pues el oleaje de sus playas hacía imposible el baño. Solo los más osados windsurfistas se atrevían a entrar en el agua. Gracias a un compañero que conocería después, visité la zona durante un par de días. Pero volvamos atrás, todo esto aún tardé en saberlo. Recuerdo que una vez en España, al hablar del viaje, los recuerdos se volvían montañas de palabras. ¡Quería contar tantas cosas de golpe! Estaba familiarizándome con la vida en la isla de las flores, como la llamaban en las agencias de turismo. Algo que no esperaba, para nada, era que por la noche estuviese todo cerrado. Excepto un par de bares y una discoteca en el paseo marítimo, junto al quai, la pasarela de madera que se adentraba unos ciento cincuenta metros en el mar para dar la bienvenida a los trasatlánticos que llegaban a menudo. Ahora los cruceros tienen su propia zona de llegada en el puerto, algo más al sur. Según las recomendaciones, no debíamos ir a esos lugares de noche. Al principio no comprendía el porqué. Nosotros no éramos ricos turistas que iban a hacerse fotos y recorrer la isla ajenos a la realidad y a las contradicciones existentes. Pero Fort de France es un lugar pequeño, cuando acabas de llegar se nota a la legua. Y no tardé en experimentarlo por mí mismo. Como decía, desde las siete de la tarde hasta el amanecer, los vecinos se encerraban en sus casas y casi nadie salía a pasear. El centro quedaba desierto y silencioso. No le di mayor importancia, aprovecharía el día para hacer todo lo que pudiese y por la tarde trabajaría en mis bocetos. Tras un par de semanas, Carmen quiso dejar su residencia. Estaba agobiada. Incluso barajó la posibilidad de volver a España. La diferencia de vida era notable en muchos aspectos, pese a estar en territorio oficialmente francés. Además de sentirse insegura en la ciudad, no quería seguir las reglas de una institución religiosa. Necesitaba sentir que al menos en su propia casa era libre. Después de darle vueltas al asunto, propuso que alquilásemos una casa para los dos. Acepté. Esa mañana salimos un poco antes de la escuela. Fuimos a pasear y tomar un té. Comprendía su preocupación. Dos días antes, yo había tenido una experiencia algo desagradable. Fue el sábado al volver de la fiesta, sobre las dos y media de la madrugada, cerca de la residencia. Unos amigos nos habían llevado y después traído a la ciudad. Nos dejaron en la misma avenida Maurice Bishop, y al cruzarla, un grupo de chicos se acercó y comenzó a increparnos. No entendía nada, pero nos empujaban y gritaban intentando asustarnos. Bajamos la cabeza y aceleramos el paso. Jean Pierre dijo que avanzara sin mirar, cruzó unas palabras con ellos y nos dejaron en paz.

—¡Cabrones! —susurró—. No te preocupes, son unos niñatos.

Excepto otro caso aislado, no encontré problemas de este tipo durante mi estancia. Respecto al racismo, no creo que fuese la motivación de aquellos chicos, pero sí aprendí que no solo es cosa de blancos; entre la población negra y mulata también lo había. Cuanto más oscura es tu piel, posiblemente más abajo en la escala social te encuentres. Tantos años de esclavitud habían dejado su huella. Resultaba curioso que al volver de una fiesta rasta nos encontráramos en aquella situación. Para llegar tuvimos que recorrer algunos kilómetros por carreteras estrechas atravesando montañas. Estaba oscuro, pero sentías la densa vegetación a ambos lados del coche. De vez en cuando se veía algún grupo de casas. Tomamos varias intersecciones, y al final llegamos a nuestro destino. Nos recibió un joven, que se acercó al coche con el puño levantado para saludar. No conocía el gesto, se chocan los puños cerrados y después se lleva la mano al corazón. Significa unidad. En mi cultura, más o menos reciente, los puños tienen unas evidentes connotaciones negativas. Por un lado, estaba el gesto amenazante de golpear, de dar un puñetazo, y por otro el símbolo que identifica cierta ideología política, que según se mire, para unos significa libertad y empoderamiento y para otros la opresión del pueblo. Así que, al principio, no podía despojar dicho saludo de estas connotaciones, lo que para mí fue, en primer lugar, también una paradoja, una comunión de extremos, una inversión positiva, utilizar la fuerza para confraternizar.

En la puerta nos recibieron de la misma forma. Chocamos los puños y aportamos los diez francos (un euro y medio) de la entrada. Para ser una fiesta, la música era bastante tranquila. Reggae roots sonando en una habitación donde anfitriones e invitados bailaban. No conocía este estilo musical, aparte de alguna canción de Bob Marley. Esa noche fue el inicio de una gran pasión, la música jamaicana. En un patio central había mesas con comida ital, cuscús y otras tapas veganas. Apenas había bebida, salvo zumos tropicales y agua. Nada de cubatas ni cerveza, como en las fiestas europeas. Esto fue algo significativo, y no solo en las fiestas reggae, sino en cualquier otra de las que fui en la isla, con estudiantes de la escuela de arte y con amigos; casi nunca se bebía alcohol. En las fiestas más alegres a las que he asistido, donde todos bailaban y se divertían, tan solo se consumían zumos y refrescos. Fumar tabaco no estaba bien visto, muy pocos jóvenes lo hacían. Pese a todo, hay una bebida muy respetada, el ron. Evidentemente, el martiniqueño ocupaba un lugar especial en las fiestas. Con él prepara ban petit punch, un cóctel local con lima y azúcar de caña. No bebían para emborracharse, sino para desinhibirse, las personas de mayor edad que en general lo preparaban. A la fiesta había ido sin pensarlo, porque estaba interesado en la cultura local. Es cierto que los componentes salir, conocer gente y fumar estaban ahí y me atraían. Luego estaba el hecho de que en la ciudad no había posibilidades de hacerlo. Lié un joint y fumé al lado de los altavoces. Bailé durante horas, que pasaron muy rápido. No pude hablar con nadie, hipnotizado por la música, hasta que mis amigos quisieron volver.

Ni que decir tiene que la cultura mayoritaria en Martinica no es rastafari. Relacionada con el consumo de marihuana, una planta prohibida, y con ciertas reivindicaciones a contracorriente, o políticamente incorrectas, por decirlo de alguna manera, solía ser incluso hasta mal vista. Estábamos en un DROM, Départament et Región d ́Outremer francés. La cultura predominante era profrancesa, con grandes influencias europeas, aunque también había un fuerte movimiento independentista que, bien mirado, no se distinguía demasiado de la línea oficial; en cualquier caso, pese a pedir la no dependencia de Francia, sus tendencias eran pro-occidentales. Y aquí radicaba el punto fuerte de este desprecio por el mundo rastafari, según lo entendí en su momento. Reivindicar las raíces africanas y repudiar el sistema babylon de la metrópoli eran cosas que el ciudadano medio parecía no querer ni oír. Supongo que para él sería un atraso, teniendo en cuenta los avances del mundo moderno y las ayudas económicas que Francia brindaba a la isla. A cambio, París tenía el control de una parte importante de las Antillas, muy próxima a América de Sur, explotando una zona turística de primer orden, dando prioridad a sus propias aerolíneas y teniendo acceso al mercado de productos tropicales sin necesidad de aranceles. Imagino que, en el peor de los casos, aunque la balanza no favoreciese a ninguna de las partes, para los políticos de turno siempre sería interesante conservar una provincia como la Martinica dentro de su Estado-Nación.

Hablábamos de todo esto al recorrer el centro de Fort de France buscando casas en alquiler. Dejamos recado a varios conocidos por si sabían de algo. Anotamos teléfonos y, de paso, visitamos algunos lugares señalados, como el mercado de especias y el parque de la Savane, donde estaba la estatua decapitada de la Emperatriz Josephine, esposa de Napoleón. Después de arrancarle la cabeza a la estatua, habían arrojado un bote de pintura roja en su cuello, y chorreaba alrededor como si fuese una herida aún fresca. Pensaba en la guillotina. ¡Qué manía tenían los franceses con cortar cabezas! Mientras, hacíamos planes para ir de turismo.

Poco a poco fui encontrando hueco en la escuela de arte. Al principio era asiduo de la biblioteca, pues allí encontraba un espacio perfecto para estudiar francés. Escogía algún libro al azar, hacía copiados y tenía pequeñas conversaciones con la bibliotecaria. Siempre me han gustado las bibliotecas, son el lugar más interesante de una ciudad. También probé varios talle res. Sentado, dibujando, veía el ambiente. Iba a las clases que quería, como Dibujo del Movimiento, Teoría del Arte, Grabado y Fotografía, aunque mi objetivo era pintar. Si no, intentaba hablar con alguien, casi siempre con alguna chica. Me acercaba interesado por su trabajo y después de un rato casi siempre acababan preguntando por la vida en Europa. Querían saber si estaba casado o si tenía hijos. Nuestros padres a los veintisiete años solían tener varios hijos, pero mi generación comenzó a romper con esa tendencia. Así conocí a Edith, solitaria y siempre muy concentrada en su trabajo. Temerosa, algo huidiza, no estaba muy convencida de querer entablar amistad conmigo. Era complicado empezar una conversación con ella. Al principio me intrigó esta actitud. No estaba flirteando; bueno, al menos no descaradamente, solo quería conocerla, pero no hubo manera. Un día, Carmen me dijo que Edith era la amante de un profesor, el mismo que acababa de juzgar tan duramente mi trabajo. «Ah, entonces, ¿tú crees que fue venganza por intentar conocerla?», le pregunté. Era nuestra tercera semana en la escuela y habíamos tenido sendas reuniones con él. Le enseñé mi portafolio y algún cuaderno de bocetos. Con tono emblemático e interesante, dijo que mostrando esos trabajos no podría llamar a ninguna puerta ni llegar a ser un artista famoso. Salí algo decepcionado, pero era de esperar, teniendo en cuenta lo perdido que estaba. Pensé que lo habría hecho para motivarme, porque a partir de ahí fue como decir: «¿Sí, estás seguro? Ahora verás de lo que soy capaz». Después quise conocer a Katya, y fue todo lo contrario. Agradable pero muy precipitado. Hablamos un par de veces en la escuela y después fuimos a tomar un refresco por ahí. Paseando sobre el quai, me preguntó si quería tener hijos y casarme algún día. «Sí, ¿por qué no?». Me invitó a comer con su familia en Rivière-Salée. Su madre preparó un delicioso plato con bananas y fruit à pain. Después tomamos café y nos sentamos en el porche de su casa a mirar el cielo y charlar. Mi francés era demasiado limitado para ciertas conversaciones. Se esforzaba por hacerse entender, pero quizá más para entenderme a mí. Chapurreaba alguna palabra francesa, pero acabábamos hablando en inglés. Al anochecer me llevaron de vuelta a Fort de France. Días más tarde, después de habernos cruzado varias veces por los pasillos del IRAVM e intercambiado una sonrisa y un simple saludo, se enfadó, según ella porque mi actitud no era la esperada. Estaba confundido. Iba de aquí para allá a mi antojo, conociendo a otras personas, y ella desconfiaba. Le sonreía, pero parecía no comprender el gesto amistoso, pues a cambio devolvía miradas serias y algo desafiantes. Podía haberle preguntado, pero lo dejé estar y seguí a lo mío, con la actitud un poco de quien se encoge de hombros y mira para otro lado. Pero eso sí, de momento olvidé a las chicas, al menos allí. La cosa era seria, y las costumbres diferentes a las nuestras. Manifestar interés por una mujer parecía suponer más de lo que realmente era, implicaba una serie de cosas que no quería asumir, al menos tan rápido.

En la residencia estaba bien. Tenía que pagar un suplemento por las comidas, pero todo lo demás era casi perfecto. Nadie me molestaba, no molestaba a nadie ni necesitaba espacio para trabajar, porque una cosa tenía clara, subiría a la escuela y pasaría el día pintando en cualquier taller. Y así fue. Pronto olvidé el cannabis, con el compromiso de ser disciplinado, madrugar, ir a primera hora y hacer todo lo que estuviese en mis manos para pintar algo serio. Así que los fines de semana se hicieron pesados, los chicos de la residencia solían marcharse. El edificio parecía desierto. Uno de ellos fumaba bidies, esos finos cigarrillos indios hechos con hojas de ébano coromandel. De aspecto artesanal, atados con hilo, los fumé una temporada, pues tenían cierto glamour y su humo daba la sensación equívoca de ser menos dañino. ¡El sueño de todo fumador! Mi primer paquete se lo encargué a él. El segundo, al comprarlo yo mismo en el estanco, me salió más barato. Tras varias semanas, empezó a dolerme el pecho y los dejé.

Terminó aquel primer mes, febrero de 2000, y ambos dejamos nuestros alojamientos para ir a vivir a un apartamento de dos habitaciones en la rue Garnier-Pagès. Coincidió con el carnaval, fiesta a la que nunca había dado la menor importancia. La escuela cerraba una semana, no sabía que era la celebración más importante de la isla. Nos dijeron que durante esos días, es- pecialmente, resultaba peligroso salir a la calle de noche. Se consumía mucho alcohol y la euforia reinaba en las calles. No sería para tanto, pensé. Nosotros vivíamos en pleno centro, donde se reunía el mayor número de gente. Enseguida nos acomodamos en el apartamento de madera. Una primera planta en una calle transitada pero tranquila, con el espacio justo para dos personas. El salón, donde pasábamos la mayor parte del tiempo, tenía una mesa grande en el centro, en la que recibí mis primeras lecciones de gramática francesa y donde dibujaba en mis cuadernos de bocetos. La planta baja la ocupaba un comercio, creo que relacionado con la electrónica. Pronto empezaron las celebraciones. Hubo unos previos. Se veían coches reducidos a la mínima expresión; es decir, sin techo, faros, puertas ni cristales, pintados de manera improvisada con aerosol y pilotados por jóvenes que desafiaban las reglas de circulación. El ambiente se iba calentando y dos cruceros atracaron simultáneamente en el quai.

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Un abrir y cerrar de ojos

 

 

Capítulo 1

 

Según dicen, fui un niño muy inquieto, quizá porque demandaba cosas que no recibía, quizá por mi carácter o por ambas cosas, lo cual tendría sentido cuando ahora veo a mi hijo de dos años crecer. No guardo grandes recuerdos de entonces, es cierto; algún hurto «inconsciente», lo que subrayo porque desconocía el significado de robar. También «fugarme» un día del colegio a los siete años. A primera hora de una fría mañana, al bajar del autobús, convencí a un compañero para que se escapara conmigo. Pasamos de largo la puerta y nos escondimos detrás de unos matorrales. Fue cuestión de segundos. Corrimos campo a través hacia el pueblo, que estaba a tres kilómetros. Me sentí libre, pletórico, era capaz de desafiar al mundo. En el gran descampado, donde años después levantaron la casa consistorial, encontramos un campamento de gitanos que viajaban con carretas y mulas. Nos quedamos jugando con otros niños y sus perros. Recuerdo una hoguera, un acordeón, mulas, caballos y una abuela cosiendo que no nos quitaba ojo. También una traición; cuando mi madre nos vio lanzando canicas en la puerta de nuestra casa a mediodía, tuve que confesar, pero culpé a mi compañero, dije que me había convencido él. Lo siento, Maco, no tuve el valor de reconocerlo, a partir de entonces tuve prohibido llamarte. Según ellos, eras una mala influencia. Estaba avergonzado. A pesar de haber salvado el pellejo, sentía que aquello no estaba bien. Así que un día fui a su casa, llamé al timbre y le pedí disculpas. Estaba enfadado, me miró serio, asintiendo con la cabeza. No tenía nada que decir, desapareció tras la puerta gris de hierro y cristal, silencioso y decepcionado.

Recuerdo haber ganado un concurso de dibujo y pintura cuyo tema era la Navidad a los nueve años. Hice la típica estampa con estrella en el cielo y camellos surcando el horizonte sobre montañas, cuyas líneas parecían jorobas de dromedario, con sus respectivos reyes dirigiéndose hacia un humilde establo de madera y paja. El premio me desilusionó bastante: ¡una caja de rotuladores! En realidad, quería ser famoso y no ir más al colegio para poder desarrollar mi verdadera vocación. Sabía que podía ganar porque, mientras dibujábamos, algunos compañeros se acercaban a ver mi trabajo y a comentar lo que les gustaba, incluso la profesora lo hizo. Hacer aquella estampa navideña fue una revelación. Tenía la sensación de que todo fluía sin obstáculos, un esfuerzo gratificante y controlado. Así es como debían ser las cosas. No volví a dibujar ni a pintar hasta por lo menos nueve o diez años después. Con una excepción: en séptimo curso de EGB (1º de ESO), dibujaba cabezas de monstruos con nariz de patata y orejas como alas de murciélago cuando me aburría en clase.

Sobre mi educación artística poco puedo decir, excepto que siempre fue una vivencia personal, íntima. Desde muy pequeño sentí fascinación por el color. Recuerdo quedar ensimismado mirando las vidrieras en las iglesias del pueblo. También admiraba las combinaciones de los equipos de fútbol en las estampas y álbumes que coleccionaba, sobre todo los de las selecciones nacionales cuando había mundiales.

Lo que soy capaz de rememorar con mayor claridad es, sobre todo, los accidentes. Una vez, a los dos años, jugando con un coche, metí la mitad de mi cuerpo en el horno y una olla con caldo hirviendo se volcó por el movimiento, quemándome el brazo y la pantorrilla izquierdos. Era uno de esos hornos antiguos en cuya parte superior estaban los fogones, todo en una pieza. Aún conservo las marcas. Otro desafortunado incidente fue cuando tuvieron que coser mi pierna sin anestesia por la gravedad del corte que me hizo una carretilla llena de ladrillos al volcarse mientras jugaba en el sótano de un edificio en obras. Recuerdo caminar por la calle cerrando la herida con las dos manos. Afortunadamente, el centro de salud estaba muy cerca de casa. Sujeto por dos enfermeras en la camilla, me retorcía de dolor. Fue una afrenta para mi madre cuando le dije «hijo de puta» al médico que suturaba. Luego estaban las aventuras, algunas crueles y otras simpáticas. De los diez a los dieciséis años pasaba los veranos con mi familia en una casa de campo, cerca de nuestro pueblo. Allí formamos la típica pandilla. Al principio jugábamos al fútbol, así nos conocimos. Salíamos temprano por la mañana y parábamos solo a la hora de comer. Hacíamos cabañas, batallas de piedras, carreras de bicis y entrábamos en casas abandonadas. Entonces había muchas dispersas por los campos. A los doce años, nuestra concepción de la propiedad privada era algo confusa, así que no teníamos reparo en entrar allá donde la curiosidad pusiera su punto de mira. Muchos dirán que por ahí se empieza. No tiene por qué, aunque haya quien se aproveche de la inocencia para ir un poco más lejos. Supongo que supe parar a tiempo, por la edad y el tipo de acciones que algunos recién llegados a la pandilla estaban planeando. Aunque eso fue al final, cuando íbamos a dejar la casa para siempre.

Recuerdo con claridad la historia del caballo, la historia de la casona y la de los candados. En una zona elevada, lejos de la urbanización, había una casa deshabitada, con una parte en ruinas a la que nunca nos acercábamos. De vez en cuando, la visitaba un hombre mayor que subía despacio por el camino polvoriento en una Mobylette. Llevaba un sombrero negro y en mi familia le llamaban el Tío Burrucho. Un día, después de inspeccionar la zona, asomados a una de sus ventanas, vimos un caballo blanco. Emocionados, buscamos algún sitio por el que poder entrar, pero era imposible, pues había rejas y la puerta estaba bloqueada desde el interior. Por lo que sabíamos, el caballo nunca salía de allí, así que ideamos una forma de colarnos y abrir el establo para soltarlo, rompiendo la pared de adobe bajo una ventana con piedras y ramas, lo primero que encontramos a mano. Cuando anocheció, llevábamos ya un buen boquete. Decidimos parar y volver al día siguiente con herramientas. Por la mañana temprano subimos con dos martillos y un destornillador. Picamos hasta conseguir entrar a la cuadra y abrir las grandes puertas de madera. Todo sucedió muy rápido. El caballo, al ver la luz, salió al galope. Asustados y gritando, nos dispersamos; alguien se escondió detrás de unas piedras amontonadas, otro se subió a una tapia, otro a un árbol, yo corrí sin saber qué hacer. Miré hacia atrás y vi su hocico cerca de mi espalda. Decidí echarme al suelo con las manos en la cabeza. Saltó, rodeó el establo y fue directo a unos eucaliptos cercanos. Se quedó allí tranquilo, mordisqueando hojas. Entonces salimos con las bicis cuesta abajo, excitados y orgullosos de haberlo dejado en libertad. Esa tarde quedamos para jugar al fútbol, pero la escena del caballo corriendo por el campo nos perseguía. ¿Qué habría sido de él? ¿Fue buena idea soltarlo? Lo mejor sería dejar pasar algo de tiempo antes de ir a echar un vistazo. Después de una semana, por fin nos atrevimos. Pedaleamos por aquel camino pedregoso, despacio, algo asustados ante la posibilidad de encontrarnos con el Tío Burrucho. Al llegar todo estaba tranquilo. Alguien había cerrado con ladrillos el agujero de la pared, y el caballo comía paja en su establo.

—Vaya, después de todo sí hay quien se preocupa por él — dijo alguien.

—Hombre, claro, si no estaría muerto de hambre.

Entonces oímos un motor que se aproximaba. En el camino, nuestro vigilante pedaleaba hacia la casa gritando «¡el Tío Burrucho!». Agarramos las bicis y, en lugar de escapar campo a través, seguimos el camino principal, lleno de desniveles y grietas, cuesta arriba. En un kilómetro más o menos, el ciclomotor nos alcanzó. El hombre se quitó el sombrero, escupió cerca de la rueda delantera y preguntó qué hacíamos allí. Después nos acusó de ser culpables del delito de allanamiento de morada. Al principio lo negamos, pero cuando miró las suelas de nuestros zapatos, supimos que no había escapatoria. En realidad, fue amable, dentro de la gravedad de sus palabras. Dijo que el caballo y la cuadra pertenecían a alguien que vivía en Madrid. Que él solo se aseguraba de que no le faltara comida ni agua al animal. Nos amenazó, pero sus palabras no sonaron terribles. Iría a decírselo a nuestros padres si volvía a vernos por allí. Llevamos un escarmiento, esperábamos una reprimenda y algún tirón de orejas. Al final, su apodo no estaba a la altura del hombre que acababa cogernos casi con las manos en la masa. No era unburrucho, desde luego. Comprendí que mi familia le llamaba así para asustarnos y evitar que nos alejáramos cuando jugábamos solos. El Tío Burrucho era una amenaza, algo a lo que temer, la excusa perfecta para mantenernos controlados.

Nuestra urbanización se llamaba Los Conejos. Allí, en un promontorio, asomando sobre el resto de construcciones, destacaba una gran casa con un tejado a dos aguas de color negro. Por entonces, en Murcia no se veían tejados así. La llamábamos «la casona». Era de construcción reciente, hecha con bloques de hormigón sin enlucir, de dos plantas. Los dueños tendrían la intención de construir una mansión, por la cantidad de habitaciones que había. En los huecos de las ventanas, las rejas estaban sin pintar. Dentro, el suelo era de cemento, y la escalera de ladrillo sin enlucir; no tenía barandilla. Corrían muchas leyendas sobre aquel lugar, los típicos comentarios para crear misterio alrededor de algo desconocido, diferente al resto. Decían que sucedían cosas extrañas, luces por la noche, gritos, sonidos raros. Decidimos ir a ver con nuestros propios ojos si aquellos rumores eran ciertos. Una tarde merodeamos hasta estar seguros de que no había ningún coche cerca ni luces dentro. Después de un rato, nos colamos por una pequeña ventana de la planta superior. Había que trepar por una tubería, pero al final pudimos entrar todos. Llevábamos linternas, destornilladores y un martillo. Recorrimos las dos plantas y el oscuro sótano, expectantes y sorprendidos. No había muebles ni nada de interés, excepto un montón de bolsas llenas de trozos de cuero. Eran retales de muchos colores y tamaños, metidos en grandes sacos transparentes. Rompimos algunos y cogimos unas muestras. Por lo demás, nada extraño, era una casa como cualquier otra. Cajas de cartón con revistas, material de construcción, cajas de plástico para recoger fruta. Pasamos un par de tardes dentro, contando historias de miedo, esperando que se hiciera de noche, pero no sucedió nada. Después volvimos alguna vez más, empezábamos a sentirnos seguros en aquel lugar, aunque nunca confiados del todo. Éramos capaces de hacer lo que nos propusiéramos, de superar las dificultades, de mantenernos unidos y correr peligrosas aventuras, en las que improvisábamos, por supuesto, pero en las cuales nos sentíamos libres y pletóricos. Dentro de la casa no había nada que hacer, excepto jugar con el cuero, pero al lado había una especie de garaje con ventanas pequeñas y una puerta metálica que nos llamó la atención. Rompimos un cristal y nos colamos a un sótano estrecho. Encendimos las linternas. Era una bodega oscura y húmeda, donde había grandes toneles de vino. No sé cómo sucedió, todo pasó muy deprisa, pero alguien quitó los tapones y el vino comenzó a derramarse, inundándolo todo. Tuvimos que salir corriendo, apestaba a alcohol, la pequeña planta rectangular se estaba inundando. Ese día me enfadé con quien había tenido la genial idea de vaciar los toneles. La pandilla estaba un poco dividida, empezábamos a tener diferencias porque habían llegado chicos de otro grupo y ya no era como antes. Con esta última fechoría, nos pasamos de la raya. No tenía sentido desperdiciar todo aquel vino, podríamos haber cogido un poco y mantenerlo en secreto. Pero destruir algo valioso por diversión era algo con lo que no contaba. De hecho, nunca volví a pisar aquel lugar y mi enfrentamiento con el responsable se hizo patente. No solo por eso, otros motivos evidenciaban nuestras diferencias. Solía imponer su criterio cuando estábamos acostumbrados a buscar el consenso para cualquier cosa. Una tarde, antes de anochecer, salí a dar un paseo en bicicleta. En la hondonada, que era el paso de la carretera principal por el fondo de un barranco, apareció un boxer amenazante que comenzó a perseguirme. Pedaleé llevado por el pánico, con su boca en los tobillos. La casa más cercana era la del chico en cuestión. Al llegar, tiré la bici y salté su tapia. Entonces, el hermano mayor de mi amigo, que era karateka, su padre y él mismo, salieron envalentonados y directos a la perrera para soltar a Brutus, su perro guardián, famoso por tener malas pulgas. Abrieron las puertas y ambos perros se enzarzaron en una pelea polvorienta. Aunque no se veía con claridad, Brutus dio un escarmiento al pobre boxer, que tuvo que salir por patas. La familia estaba orgullosa y emocionada de ver a su perro defendiendo con uñas y dientes a los suyos. El can vencido acabó vagabundeando por la urbanización, hecho un saco de huesos al final del verano.

La historia de la casona no terminó bien. Un día volvieron varios de la pandilla y los dueños estaban esperando. Tuvieron que pedalear fuerte entre los campos de almendros delante de un todoterreno. Según nos contaron, llevaban escopetas e hicieron varios disparos. Supongo que sería al aire para asustarlos. A mí me han disparado una vez cartuchos de sal. Falló el hombre, pero a un amigo sí que le dio en el hombro. Teníamos diez años y estábamos cogiendo albaricoques en un huerto del pueblo, que hoy es un gran jardín muy céntrico.

A veces, de pequeño encuentras lo que buscas porque pones todo tu empeño, y sabes moverte en el mundo de los adultos sin llamar la atención. Parece que nadie juzga tus ocurrencias ni tus caprichos, y puedes dedicarte a ellos casi sin obstáculos. A los once años, comencé a coleccionar llaves. Creo que ahora no podría conseguir tal cantidad de ellas por mucho que lo intentase. Llené una caja de zapatos con llaves de todas las clases y tamaños. Antiguas llaves de viejas cerraduras, llaves de puertas de seguridad, de candados, de cajas fuertes, pequeñas, de colores, series numeradas de llaves. Preparé un llavero y salía de casa cada día con un manojo diferente. Intentaba abrir todas las cerraduras y candados que encontraba, hasta que empezaron a suceder algunas casualidades. Varias de ellas abrían más de un candado. Nunca sabré el motivo, imagino que serían defectos de fabricación o que por azar habían llegado a mis manos algunas llaves maestras. Se lo conté a la pandilla y nos divertimos mucho abriendo cerraduras por las calles. Hasta que un día, como se suele decir, se nos fue la pinza y comenzamos a intercambiar candados por toda la urbanización en puertas de garaje, casas, contadores de agua y luz y puntos de registro de cableado público. Cogíamos uno de aquí y lo poníamos allá, sin miramientos. Al día siguiente, por la mañana temprano, oímos sirenas de policía. Enseguida supe a qué se debía tanto alboroto, y evité salir de casa. Fui a mi habitación y cogí las llaves para esconderlas en un lugar más seguro. Por supuesto, no le conté nada a nadie. Mi padre trajo la noticia a mediodía. Los vecinos habían denunciado la manipulación en los candados de sus casas y estaban asustados. Durante un par de días, me dediqué a grabar cintas con un radiocasete de dos pletinas, intentando no pensar en el tema. Solía hacer mixes con canciones de la radio, como un auténtico DJ. Grababa voces, sintonías, el ruido del dial al buscar emisoras y extractos de canciones. A veces lograba pillar algún programa del norte de África, voces lejanas, algo distorsionadas, y las grababa e incluía en mis mezclas. Estaba naciendo el ethno techno y no lo sabía. Con todo ello, montaba sesiones de treinta o cuarenta y cinco minutos. Era mi banda sonora del verano, al estilo de unas mixtapes que triunfaban en la época llamadas Max Mix. Un día, ansioso por escuchar el último lanzamiento y ante la negativa de mis padres a comprarlo, pedí dinero en la calle. Iba diciendo que lo necesitaba para el autobús a Murcia. Fue fácil conseguir las quinientas pesetas; esa mañana, los vecinos de Molina debían sentirse generosos. Era la música que daban por la radio, éxitos de los 80. Flipaba con los scratches. Acostado en la cama a oscuras, me dejaba llevar por los sintetizadores, pensando en las compañeras del colegio que me hacían tilín. Siempre fui melómano. El primer grupo que recuerdo, Electric Light Orchestra, lo escuchaba mi hermana. Y la primera cinta que llegó a mis manos fue de los Beatles, regalo de un primo mayor, Fidel, quien murió antes de los treinta enfermo de leucemia.

Cuando el tema de los candados pareció apaciguarse, salí de casa. Por suerte, no nos relacionaron con aquella historia. No había cámaras de seguridad en aquella época ni nadie nos había visto. Volvimos a quedar, serios y asustados. Nos pesaba la gravedad de lo ocurrido. Qué cabrones habíamos sido. Prometimos parar de pifiarla por el momento y jugar al fútbol. Después de meditarlo bien, llegué a la conclusión de que no necesitaba todas esas llaves y las tiré a la basura. Alguien me las pidió, pero elegí deshacerme de ellas. Entonces empecé a coleccionar chapas de botella.

De aquellos años guardo también sensaciones, como el roce en la piel del cuello vuelto que nos ponía nuestra madre, los calzoncillos escociendo las ingles, la nariz mocosa, los labios cortados, las manos rojas de frío agarrando los puños de la bicicleta. El mundo era grande, enorme, pero a veces podía ser un pañuelo. Recuerdo que quería ser botánico. Salía al campo con una libreta y dibujaba las plantas. Después sentí interés por los bichos, y cuando me cansé de buscar nuevas especies sin suerte, me aficioné a desmontar aparatos pieza a pieza. Convertido en una especie de cirujano mecánico, abría cualquier cosa, radios, batidoras, televisiones y juguetes. Necesitaba destripar los electrodomésticos para desvelar sus secretos. Por lo general eran máquinas rotas y nunca volvía a montarlas, como hacían otros niños que luego fueron ingenieros. Los guardaba después de intentar venderlos en el jardín de casa, dispuestos ordenadamente sobre una mesa roja de playa, hasta que mi madre me obligaba a tirarlos.

 

Versión impresa: Amazon Tapa blanda

Versión Kindle:  Amazon eBook

Otras opciones: Casa del Libro Fnac

Paraíso en obras

Primera edición: mayo 2018

ISBN: 9788417447403
ISBN eBook: 9788417447991

 

 

Cortafuegos 2018

Ediciones En Huida acaba de publicar Cortafuegos, un libro que recopila poemas escritos desde 2015 . Entre todos los proyectos hechos realidad este es uno de los más especiales. Un sueño cumplido. Cortafuegos

 

 

Paraíso en Obras, Editorial Caligrama, 2018

 

https://www.megustaleer.com/libros/paraso-en-obras/MES-105155

Paraíso en obras

En el siguiente enlace podéis pedir mi primera novela, Paraíso en obras, obra autobiográfica de un artista que busca respuestas, escrita de forma directa y sencilla, sin renunciar a la poesía de la vida, que convierte lo cotidiano en extraordinario.

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Está disponible en formato impreso y digital en diferentes tiendas on line. Ha sido autoeditada con Caligrama. En un total de 328 páginas, hago un recorrido existencial cuyo hilo conductor es el arte. El libro no responde a ninguna moda. No está pensado para gustar a un público determinado, sino para llegar a cualquiera; ni para vender apilado en la entrada de unos grandes almacenes. De ahí su autenticidad. Y eso atraerá al lector, que sabrá valorarlo como lo que es: mi versión de los hechos.

Video: Presentación del libro «Cuando el color vibra»

Presentamos el libro «Cuando el color vibra», editado por Galería Léucade, con textos de su directora, Sofía Martínez, recoge una selección de trabajos realizados por Antonio Soriano desde 1995. El libro se puede adquirir en la propia galería y a través de la página

Cuando el color vibra

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