Bizar

Estaba en Pontevedra con unos clientes y decidí visitar a mis padres. Al llegar, alguien salía del edificio y accedí al portal sin llamar al timbre. Como viven en un segundo, suelo subir por las escaleras. En el rellano oí voces, la ventana del patio estaba abierta. “Nunca les has dado cariño a tus hijos”, decía mi madre en tono de reproche. “¡A los hijos no se les puede dar cariño!”. Hubiese entrado, sin más, para preguntar, “¿por qué no, por qué no, papá?”. Sin embargo di la vuelta y bajé deprisa los peldaños. Siempre tuvieron sus más y sus menos, alguna discusión que otra, pero entonces, por circunstancias que no vienen al caso, la cuerda estaba muy tensa.

No habían pasado ni dos semanas, cierto día, caminaba por la calle cuando oí de nuevo la frase. “A los hijos no se les debe dar cariño” –aconsejaba el vendedor de un quiosco a su cliente. Tuve tanta curiosidad por escuchar la conversación que me detuve a ojear una revista, pero cambiaron de tema en cuanto comencé a remover el expositor. 

Tenía veintiséis años. Acababa de terminar Derecho y había conseguido empleo en un pequeño bufete de Orense. Vivía solo. Después de varias relaciones tormentosas decidí tomar un tiempo para mí. Busqué la soledad como algo necesario, ineludible. Y encontré en ella un gran alivio. El tiempo libre lo dedicaba a leer novela negra. Escribía también pequeños relatos, que retocaba e imprimía una y otra vez para enviarlos a concursos. Así comencé a utilizar el pseudónimo de Bizar. Admiraba a Hammett. Sus obras completas fueron un refugio perfecto. Durante la semana era el chico de los recados, aprendiz, encargado de recabar información, localizar testigos, redactar expedientes y digitalizar viejos informes. Los fines de semana leía junto a la ventana de mi pequeño apartamento alquilado.

Tras algunos años de morralla vital, estaba perdido. Paré en seco. Ciertas relaciones me estaban perjudicando. Confundir amistad con salir de fiesta, nadar contracorriente para remontar el río, cuando mantener mi lugar hubiese bastado, todo eso acabó pasando factura. Pero había algo que ya no soportaba, la compañía de otros hombres. ¿Por qué me sentía un cero a la izquierda, por qué me resultaban tan incómodas las bromas “masculinas”? Había un lenguaje establecido, un código, una forma de comportarse, algo que no era capaz de seguir. Y esta incomprensión se tradujo en culpabilidad. Siempre alerta, esquivo, llegué a pensar que era objeto de burla, que aquellos “conocidos” conspiraban contra mí. “No lo captas chaval, pero no te preocupes, tal vez tu sitio no está aquí”. No, no, siempre no, era lo que leía entre líneas.

–¿Prefieres estar en compañía de mujeres, salir con amigas en lugar de salir con amigos? –preguntó Marta sorprendida.
– Sí, lo prefiero, las mujeres no están fanfarroneando todo el tiempo, ni se gastan bromas crueles para ponerse a prueba –respondí.
–¿Es eso lo que hacéis los hombres?
–Sí. No todos, pero la mayoría que conozco.
–¡Pues ni te imaginas nosotras! Las mujeres somos más vengativas, pero no se nota. Nos las tiramos disimuladamente. Sonreímos aunque por dentro pensemos ¡qué cabrona eres! En ese sentido los hombres sois más simples, transparentes. No sé, yo prefiero la compañía masculina.

Con Marta no temía ser malinterpretado, ni juzgado. Pensaba en voz alta, me dejaba llevar, metía la pata, reconocía mi ignorancia en ciertos temas sin sentir que cambiaba en algo nuestra amistad. Lo que siempre originó conflictos con otros chicos, con ella fluía sin la menor importancia. Cuántas veces escuché que los hombres debíamos cuidar nuestra parte femenina, que éramos incapaces de expresar nuestros sentimientos, incluso de hacer dos cosas a la vez, o que, según las estadísticas, en una fiesta de disfraces deseábamos ponernos vestidos y tacones. Así, acepté que mi parte femenina gozaba de buen estado de salud. Podía abrirle el corazón a cualquier amiga sin miedo, dar la vuelta a la tortilla mientras hablaba por teléfono y, ¿por qué no?, comprar una peluca para los próximos carnavales. En definitiva, era como un bicho raro clavado en la pared de un taxidermista. Así, aprendí a cerrar la boca a tiempo. ¿La familia? Bien, gracias. ¿Pero de qué familia hablamos? ¿De mi hermano, que sólo pensaba en su coche y en la fiesta que le esperaba el siguiente fin de semana? ¿De mi padre, que acabó marchándose de casa con una mujer quince años más joven que la suya? ¿De mis primos, preocupados por mantener las apariencias, la carrera perfecta, las notas perfectas, el trabajo perfecto? ¿De mis tíos, casi mudos, insensibles tíos políticos que en más de una ocasión volvieron la cabeza al verme por la calle? Dentro de la inamovible jerarquía familiar nosotros éramos los perdedores.

Palabras, palabras. Algunas quedan grabadas a fuego. Como aquel sábado lleno de circunstancias, digamos especiales, que me llevaron a conocer a Bruno. Quería salir por la noche con Sabater, mi compañero de piso, a celebrar nuestro reencuentro después del verano. Empezaba un prometedor penúltimo año de carrera. Pero esa tarde, cuando abrí la puerta, lo encontré tirado en el sofá, vestido con el chándal que usaba de pijama y la bufanda del Borussia Dortmund que compró en un rastro cuando fue Erasmus en Alemania. Podía escuchar los latidos de mi corazón después de arrastrar la pesada maleta hasta el quinto piso sin ascensor. Giró la cabeza y con voz áspera dijo que tenía fiebre. Tosió un par de veces antes de incorporarse para explicar que había quedado con Maxi, un viejo amigo, a las ocho en Coia.

Maxi era un tipo oscuro, y no sólo por la ropa que llevaba, también por su forma de pensar. Decía que en este “mundo de mierda” era egoísta tener hijos, que llegado el caso, “se quitaría de en medio” antes de convertirse en un viejo inválido. Su lema: disfrutar al máximo, vivir experiencias límite, eso sí, de viernes a domingo, después de una dura semana trabajando como carnicero a turno partido en un centro comercial. Creía que participar en orgías, probar todo tipo de drogas sin control y descargar adrenalina en conciertos de hard metal, era ir contracorriente, atentar contra las buenas costumbres de una sociedad decadente y autoritaria. Creo que abrir cerdos en canal y destripar conejos ocho horas al día le causaba algún tipo de desorden. No compartía sus gustos, pero sonreía de manera acrítica cuando hablábamos de esa supuesta libertad para transgredir. A veces me sentía como esos peces que acompañan a los tiburones para comer sus despojos. Llegó puntual. Sobre su cazadora estilo perfecto cerrada hasta el cuello caía una melena sucia y despeinada.

–Al fin viernes –dijo sacando un cigarro.
–Es algo temprano.
–Sí, no sé, la verdad es que es temprano, sí –dijo dando al cigarro una calada profunda.
–Bueno, seguro que encontramos algo.

Por entonces, para salir de la rutina, teníamos una especie de juego. Consistía en visitar todo tipo de ambientes nocturnos. Un fin de semana el local más chic, otro el antro más zarrapastroso. Discotecas latinas, tabernas de quinceañeros, pubs de cuarentones, un local de intercambio de parejas. Abrir la segunda puerta y entrar a otra dimensión, era el requisito indispensable, el subidón de adrenalina, lanzar los dados en una partida que estás a punto de ganar. De lo contrario se cancelaba. A la inversa, salir a la calle después de mucho tiempo inmersos, también parecía el salto a una realidad paralela. Aquella noche decidimos ir al Cuervo, un antro heavy metal. La oscuridad, la decoración, la música de ACDC sincronizada en tres grandes pantallas y algunos clientes moviendo sus melenas como Angus Young, todo nos sedujo de inmediato.

Lo único que teníamos en cuenta antes de entrar a un local era la manera de vestir. No fue el caso esa noche improvisada. Pero con vaqueros y sudadera pasamos desapercibidos. Pese a todo tuve la impresión de ser un turista. Pensé que muchos parroquianos serían asiduos del Cuervo. Parecían una familia, cada cual con su sitio en la mesa a la hora de comer, o en el sofá para ver su serie preferida. El serpentín tiraba cañas sin descanso. Era temprano para nuestro juego. Nadie bailaba. Dudamos, en medio de la sala, mirando un par de videos antes de sentarnos. Ver sin ser vistos, una reacción instintiva de supervivencia. Charlamos con dificultad, porque el Cuervo no es un lugar para hablar sino para dejarse llevar. Y eso fue lo que hicimos cuando las dos chicas que no paraban de mirarnos vinieron sonrientes a nuestra mesa. Dejaron sus vasos casi vacíos encima y se presentaron. Fue muy rápido. Hicieron su elección. La más gordita se acercó a mí. Le eché diecinueve. Enseguida me agarró por la cintura y susurró “Vamos a Geminix”. Su aliento cálido quemó mi oído. De escupir habría echado fuego por la boca. Salí del bar mareado. ¿Se llamaba Ada? Eso entendí. Pero después dijo Marga. Caminamos agarrados varios metros por delante del resto. Geminix acababa de abrir. Ada, o Marga, saludó al camarero. Atravesamos la pista de baile vacía y bajamos unas escaleras. Conocía el local porque allí jugamos una de nuestras partidas. Antes del cuarto oscuro estaban los aseos. Pasé de largo, pero ella abrió la puerta de chicos. Acababan de limpiar, apestaba a lejía. Aún así empezamos a mordernos. Cuando le bajé los pantalones me alegró que no estuviese fofa. Tenía el culo duro. Nos magreamos un buen rato. 

–¿Llevas condón? –preguntó. 
–No, lo siento.
–¡Joder, qué mierda! Entonces la próxima vez –dijo sonriendo. 

Terminamos con las manos al mismo tiempo, a oscuras, succionándonos el cuello como vampiros. Alguien intentó abrir la puerta. “¡Ocupado!”, gritó ella. 

Salimos de aquel lugar sofocante. El cuarto oscuro olía a ambientador de vainilla. Al fondo vimos la brasa de un cigarro. “Nos vamos”, dijo Ada a la amalgama de sombras indefinibles. Nadie respondió.

De camino a su casa Ada cogió mi mano. Me sentí extraño. Un rollo era un rollo, no había por qué darse la mano. Con la excusa de cruzar la calle giré bruscamente y pasé entre dos coches aparcados. Sentí lástima por ella, y por mí, lo cual era aún peor. Quizá deba saltar algunos detalles de esa noche y situarme en la ruinosa cocina donde tomaba café al amanecer, mirando un dormido patio interior a través de la ventana, cuando oí la puerta del piso de Ada y una luz se encendió durante breves segundos. Alguien apareció por el pasillo. Sostenía unas zapatillas tipo All Star y caminaba descalzo. 

–¡Buenos días! ¿Tú debes ser…?
–Bruno –continuó él.
–¿Qué tal? Soy Lázaro –dije levantándome para saludar. 
–Encantado –asintió con la cabeza. 

Abrió el frigo y se preparó un sándwich de crema de cacao antes de desaparecer sin despedirse.

Las semanas siguientes fueron un desastre. Por la astenia primaveral, porque Ada me declaró su amor y yo no podía corresponderla, porque dudé de todos y de mí mismo. Dejé de lado a mis amigos, atraído por la pareja de estudiantes que acababa de conocer. Poco a poco mis visitas se hicieron más frecuentes. Al principio solo para dormir. Después casi se podía decir que vivía con ellos. Era una especie de pacto. Una relación sin compromiso. Sexo y espaguetis. A veces simplemente nos quedábamos en el sofá viendo la tele. Empecé a aficionarme al cine de Hollywood. Necesitaba programación mental adictiva que me mantuviese pegado a la pantalla sin pestañear. Matrix, Gattaca, Minority Report. Películas que te hacen sentir que vives en el siglo XVII. El cine oriental sobre la Yakuza o la Tríada también me gustaba. Con héroes ambiguos. Dicen que los héroes orientales son así porque consumen mucha soja. La soja los vuelve locos. Demasiadas isoflavonas. Pero sus cuerpos deben estar acostumbrados. No creo que por la soja corten dedos y gargantas a la primera de cambio. O que apenas tengan barba. Los vikingos no tomaban isoflavonas y también rajaban a sus vecinos. Pero tenían más barba. Los vikingos saben cómo calmar la ira de los dioses. Los orientales sin embargo los cabrean cada vez más. A medida que avanza la película, todo va a peor. No sabes con qué te van a sorprender. Crees haberlo visto todo, pero entonces descubres una forma aún más cruel de matar. Son simpáticos. Lo hacen por honor. El honor es algo del pasado, al menos en España. Los jóvenes no entendemos algo tan abstracto, de libros de caballerías, una cuestión filosófica. No va con nuestra educación. Lo que nos motiva es cruzar la línea roja. Ver qué hay al otro lado del espejo. Todo es parodia. El deshonor es heroico. Un cambio de paradigma, no hay que darle demasiadas vueltas. Cada época tiene sus circunstancias. Ahora estamos dormidos. Tenemos muchas distracciones. En eso coincidíamos Ada, o Marga, y yo. Por eso veíamos películas de Hollywood. Por eso nos entregábamos a la contradicción de dormir juntos y tener sexo sin amarnos. Me refiero al amor romántico. El roce hace el cariño, dicen. Pero el cariño no es suficiente para mantener una pareja. Ella siempre estaba alerta. Sabía que lo nuestro no duraría mucho. Como decía, me daba pena. ¡Conformarse con tan poco! 

Bruno era un chico taciturno. Llevaba un parche en el ojo derecho. Le pregunté a Marga si sabía el motivo. 

– ¿Qué le ha pasado a Bruno, por qué lleva un parche?
– Se le ha congelado un ojo.
– ¿Qué dices? ¿Cómo se puede congelar un ojo?
– Es una forma de hablar. ¡Causa das bruxas! Cuando no quieres ver algo, tus ojos se vuelven hielo -dijo Ada en tono enigmático.
– Creía que era al revés. Que eso pasaba cuando ves algo que no debes ver. Como el mito de Medusa -dije.
– Medusa convertía en piedra a quienes la miraban. Esto es diferente. Los ojos arden cuando miran sin ver. Los ojos se congelan cuando te niegas a ver.
– ¿Y qué es lo que Bruno no quiere ver?

Bruno entraba y salía sin hacer ruido. Ni hola ni adiós. Nos dijo que lo disculpáramos. Para Marga él era la persona menos convencional del mundo. Prefería moverse sin ser visto. No dar explicaciones. Bruno tendría unos veinticuatro años. Aunque aparentaba dieciocho. Casi imberbe, con el pelo rapado, flaco, mediana estatura. Un chico entre miles de chicos. Me gustaba cómo vestía. Un estilo elegante y desenfadado. No todo el mundo sabe vestir así. En algunos ambientes debes serlo, o al menos parecerlo. Desenfadado, en moda, es sinónimo de informal. Entonces, ¿guardar las formas te hace parecer enfadado? Pero, ¿no son más bien los demás quienes se enfadan?, si nos vestimos para tener una imagen, para ser vistos por otros de determinada manera. Nadie puede vestir elegante y formal a no ser que vaya a una boda. O a un despacho de abogados. Haría enfadar a la gente por la calle. Pero existe la combinación perfecta. Añadir a tu formalidad un toque de desenfado. Por ejemplo, Bruno usaba chinos una talla más grande que la suya, zapatillas deportivas, camisetas blancas y camisas con tres botones desabrochados. Uno abajo y dos arriba. Las deportivas, las camisas por fuera y los botones desabrochados son la clave del desenfado. También las gorras. Todo ello te hace parecer un tipo feliz que no tiene problemas o que si los tiene los afronta con naturalidad. Pero las apariencias engañan. El hábito no hace al monje. Bruno vestía desenfadado y tenía problemas emocionales. Era homosexual y nadie lo sabía, excepto Ada. Trabajaba como teleoperador para una compañía telefónica. Un trabajo duro en el que no era feliz. Por eso pensé que su depresión tenía que ver con una disciplina laboral inhumana, cruel, despiadada. Eso deduje después de hablar con él varias veces. Si llegaba a casa y yo estaba solo, le gustaba sentarse a fumar un pitillo y hablar de su empresa. Bruno era introvertido, aunque en la intimidad hablaba bastante y solía gastar bromas. También sabía escuchar. Pero nunca hablaba ni de su vida ni de sus sentimientos. Sabías que estaba agobiado en el trabajo pero nada, absolutamente nada de Carlos, su novio, con el que llevaba cerca de tres meses. Tampoco hablaba de su ceguera. Según Marga, un día notó una mancha blanca y gelatinosa que con el tiempo le cubrió la cornea. Glaucoma agudo. Cuando fue al oftalmólogo era demasiado tarde. Esa fue la explicación científica. Ceguera por glaucoma. Mala suerte. Malos genes. Punto. Un glaucoma no sale porque te niegues a ver la realidad. Se produce por el aumento de la tensión ocular. Pero Ada prefería decir que Bruno no aceptaba su homosexualidad y que sus ojos se estaban congelando. ¡Cousa das bruxas! 

Una mañana entré a husmear en el cuarto de Bruno. Marga dormía. Eran las seis y media. Preparaba una cafetera cuando oí la puerta de casa. Alguien se marchaba. Bruno, pensé. Crucé el pasillo y golpeé la puerta de su habitación. Después fui al baño a echar un vistazo. Entonces algo me llamó la atención. Un perfume suave y desenfadado. Venía de la entrada. La cafetera empezó a lanzar burbujas. Llené una taza y volví al pasillo. Llamé de nuevo a Bruno. Entonces intenté abrir su puerta. Tuve que empujar con fuerza porque algo en el suelo impedía que se deslizara. Abrí un hueco y me colé. Era la hebilla de un cinturón, enredada en unos calzoncillos de color rojo. El perfume salía de allí. Era nuevo para mí, como la hebilla dorada Louis Vuitton del cinturón. Pensé en Carlos. Me vino a la mente la imagen de un hombre amaderado, con notas herbales, tranquilo y extrovertido, moreno, de acordes orientales, tal vez por alguna flor exótica. La habitación estaba hecha un desastre. Había una televisión fijada a la pared y una colección de películas en DVD a la vista sobre una estantería. Era cine clásico, en blanco y negro. La ropa de cama se amontonaba encima del colchón. No quise tocar nada. Tropecé y se me cayó el café.

– Mierda, joder, me cago en la puta –dije.
– ¿Javier? ¿Qué pasa? –dijo Marga medio dormida.
– Es que oí ruidos, me levanté y al ver la puerta de Bruno abierta he entrado al cuarto por curiosidad. Y he tropezado. Se me ha caído el café encima de la cama. 
– Bueno, tranquilo, no te preocupes –dijo Marga mientras movía las sábanas –Esto se lava y aquí no ha pasado nada.

Marga no hizo preguntas. Yo le eché la culpa al perfume amaderado. Ella se vistió, terminó la cafetera y se marchó. Marga trabajaba en una tienda de ropa. De esas tiendas que tienen música disco todo el día. Dice que es una estrategia. Quieren hacer pensar a los clientes que están de fiesta. Casi siempre tararea alguna canción cuando vuelve a casa. Lo hace sin darse cuenta. Esa mañana no fui a la universidad. Esperé a que terminase la colada. Cuando la secadora comenzó a pitar y la habitación de Bruno quedó igual de desordenada que al amanecer, respiré tranquilo. Mientras, le di vueltas al libro de Derecho Mercantil. Tenía tiempo por delante. Marga le iba a hacer el turno a una compañera y no vendría hasta las diez. Esa tarde fui yo quien puso incienso y música hindú, quien preparó los juguetes para un festín nocturno de carne. Pero Marga llamó y dijo que se iba de copas con unas amigas. No llegaría hasta muy tarde. Después de cenar busqué concursos literarios. Tenía casi terminada mi colección de relatos góticos. Encontré una lista interminable de ellos. ¡Cómo puede haber tantos certámenes literarios!, pensé. 

No escuché a Marga llegar. Al amanecer aún flotaba en el ambiente el olor a sándalo.

Era sábado. Ella libraba. Me levanté a escribir. Bruno no había vuelto esa noche. Cerré la puerta de su habitación, intentando que el cinturón de Louis Vuitton y los calzoncillos rojos quedasen enredados tal y como estaban, impidiendo el paso. 

Cuando Bruno apareció, después de una semana sin saber dónde se había metido y sin responder al teléfono, lo encontré cambiado. No iba vestido elegante. Solo desenfadado y sin afeitar. En aquellos meses nunca lo vi sin afeitar.

– ¡Me caso! –dijo dando un salto cómico en mitad del salón, como un arlequín.
– Nos tenías preocupados, cabrón –dijo Ada.
– ¡No jodas! –dije yo –¿Cómo que te casas? 
– Eso no te lo crees ni tú –dijo Ada en tono burlesco.
– Vale, es verdad, no me caso. Pero os voy a proponer algo emocionante.
– Emocionante ha sido estar una semana sin saber nada de ti. ¿Qué le pasa a tú teléfono? –dijo Ada ofendida.
– Lo siento. Tenía que haber avisado. 
– Pues sí, tenías que haber dicho algo, cualquier cosa –dijo Ada.
– Fui a Lugo, con la familia. Bueno, con mi hermana –dijo Bruno.
– Pensamos que estarías con Carlos –dije.
– ¿Por qué no hacemos un viaje a Valencia? –dijo Bruno –La semana que viene son las Fallas –Ada y yo nos miramos sorprendidos. Pero al final, aceptamos la propuesta. 

Compramos unos billetes de avión y llegamos a Manises el sábado siguiente por la mañana. Antes de instalarnos en el hotel tuvimos que hacer cola en recepción. La elegante entrada, cuya moqueta amortiguaba el estruendo de las maletas que venían de la calle, estaba repleta de chicos esperando para hacer el check-in. Pensamos que era por las Fallas, claro, pero enseguida nos dimos cuenta de que había, al menos, tres despedidas de soltero.

Durante la mañana hicimos algunas visitas turísticas. El IVAM, el Barrio del Carmen, las Torres de Serrano. Por la tarde descansamos en la moderna habitación triple. Y antes de cenar, Ada y yo fuimos a la sauna. Después nos sentamos con Bruno junto a la pared de cristal del restaurante del hotel. 

–¡Estás embobado! –dijo Ada con un chasquido de dedos que sacó a Bruno de su ensoñación. 
–Mirad esas luces, ahora todas son rojas. Los semáforos y los pilotos de los coches. Un mar eléctrico de luces rojas. Están quietas pero parece que saltan –dijo Bruno.
–¿Por qué no has venido a la sauna con nosotros? –pregunté. 
–Tenía que ver a alguien –contestó Bruno.

En ese momento un grupo de chicos entró al salón. Excepto uno, vestido con levita azul y peluca blanca, todos llevaban la misma camiseta negra. Iban algo borrachos. 

–Disculpadme –dijo Bruno antes de levantarse y salir del restaurante. El chico de la levita azul fue tras él.
–¿De qué vas disfrazado? –preguntó Bruno.
–De la Bestia –dijo el chico.
–¿Por qué haces esto, Carlos? –dijo Bruno.
–No insistas, Bruno. Olvídalo todo. Está decidido. 
–Aún puedes cancelar la boda.
–Imposible. Mis padres ni se imaginan lo nuestro, sería una locura –dijo Carlos.
–¡Pero tú no quieres a esa chica! ¿Vivirás toda la vida engañado? –dijo Bruno lanzándose a los brazos de Carlos y besándolo con desesperación.
–Deja, Bruno, por favor, no deberías estar aquí.

La puerta del restaurante se abrió. 

–Estamos pidiendo. ¿Qué vas a tomar? –preguntó alguien.
–¡Ya voy! –dijo Carlos –Espero que lo entiendas. Lo siento. De verdad que lo siento. 

Fue lo último que le oyó decir. Una disculpa. Bruno bebió y bailó con desconocidos toda la noche. Carlos, que había estado bebiendo y esnifando coca casi hasta el amanecer, dejó la suite donde sus compañeros se divertían con varias strippers. Fue a su habitación. Estaba mareado. Tenía ganas de vomitar. Se quitó los zapatos. Abrió la ventana. Se subió al alféizar. Ahora o nunca.


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Confined File

 

(Relato inspirado en el confinamiento por COVID19)

 

Tengo la sensación de que hay un velo, un cristal entre el mundo y yo. De no tener el control, de ser un trozo de barro maleable llenando un molde al azar. Escucho a mis superiores, recibo órdenes. Sé qué voy a hacer, cómo lo voy a hacer, a quién agradeceré mi ración de pastillas diarias. No dejo de preguntarme por qué estoy aquí. ¿Lo hago por otros o por mí? Al principio creí hacerlo por generosidad. Estaba convencido. Siempre que quise algo por y para mí, fracasé. Entonces comprendí lo importante que es actuar de forma desinteresada. Pero eran otros tiempos. Parece que no ha pasado tanto. Como presenciar la extinción de los dinosaurios y después tragar somníferos con mis camaradas.

Es inútil repasar los últimos días. Todo parecía normal. Sin embargo pudimos escondernos. ¿Suerte o ciencia predictiva? Las matemáticas nos salvaron, pero condenaron al resto.

He perdido la conexión con el mundo, el imán que hacía girar mi mente en la brújula de las emociones. Soy un náufrago abrasado por la oscuridad, un cigoto hacia la matriz, un cuenco vacío. Nada de esto me pertenece. Apenas tengo recuerdos. A partir de ahora no necesitaré palabras, pero será lo último que pierda. Es una exigencia, abandonar todo vestigio, renunciar al origen, callar para que la nueva vida se implante. Ser recipientes y semillas que duermen. Rumbo al Planeta Prometido.

Esperamos un nuevo tiempo donde las cosas carecerán de nombre. Pero se nos prohíbe imaginar otra realidad. Acallar la mente también es sacrificarnos. Cuando dejas de pensar cómo sería el mundo te doblegas para siempre. Por eso no siento nada. Soy un logaritmo, una secuencia de números, un conjunto de variables que forma parte de otro logaritmo, el cual, a su vez forma parte de otro mayor. Un sistema cuántico. Propulsado a la profundidad del cosmos.

El cosmos es un cerebro infinito. Lleno de sinapsis, de rayos gamma eyaculando dentro de galaxias. Una orgía oscura y deslumbrante donde apenas existo. Sin decidir, sin transformar, solo puedo quitarme la venda de los ojos y empezar de cero. Pero sería inútil. Nadie lo hace. Somos ideas desechables.

Cuando duerma, otro logaritmo ocupará mi lugar. Hará exactamente lo mismo. Verificar, anotar, corregir, transmitir. Le preguntaré si ha soñado. Quiero saber si cuando me induzcan y duerma recordaré algo. No quiero recordar. Ya ha sucedido. Está grabado. Pero no lo veremos hasta que acabe el Viaje.

Llevo 672 horas despierto. Acabar con la exigencia de dormir fue la mayor revolución de la humanidad. Mis antepasados dormían voluntariamente. No imaginaban que todo cambiaría. Se predijo que una estrella enana chocaría con el sol. Entonces comenzaron los programas. Está grabado. Lo veremos cuando acabe el viaje.

Al principio el letargo provocaba errores en la secuencia, bloqueos y reinicios. La fase experimental mantuvo en vilo a la humanidad. Se exigió renunciar a todo, familia, amigos. Y olvidar nuestra conciencia. Sin ella nada importa. Pero así terminaba la historia. Evitar la colisión era imposible. Solo podíamos afrontar el desafío. Naves intergalácticas. Salir al espacio en busca de un nuevo hogar.

Ahí están, en algún lugar de la memoria que nos guía, las imágenes de nuestra Fundación. Cuando el mundo se dividió. No fue como en el viejo Apocalipsis. La paradoja de los opuestos complementarios, el fin de las ideologías, según la base de datos. La Ruptura, casi tres mil años después del Advenimiento, resultó mucho menos evidente. El mundo conocido contra nosotros. O debería decir, nosotros contra la realidad. Desaparecer no era una opción. Millones de personas se rindieron a la evidencia. Olvidaron que cuando cae, el ser humano se levanta y vuelve a intentarlo. No estábamos allí para extinguirnos sin luchar. La Fundación buscó recursos para el Renacer, mientras todos perdían el control. Entramos en fase de locura y caos. Surgieron líderes que alentaron a las masas. Ahora sabemos que siempre estuvieron ahí. Sibilinos, camuflados como sapos que duermen entre tormentas. Animaban a sentir gratitud, arrodillados ante el despliegue del universo. La civilización escogida para presenciar el Fin, fundidos con la Tierra. Arrojados al espacio, ceniza, átomos. Pura Esencia.

Tras la euforia, la aceptación. Las grandes urbes comenzaron a vaciarse. Solo la Fundación confió en nuestro poder. Emprendimos el camino. Después el Viaje. Es cuanto sabemos, el resto fue borrado. Pronto dormiremos. Y al despertar se habrá cumplido la promesa. Tendremos un nuevo hogar.

Debería estar agradecido. Sin embargo soy incapaz. Nadie puede alterar la Arquitectura. Un viaje neutral a través de los pliegues del espacio. Dejar que el cuerpo repita sus intervalos sin fricciones, o podría ser interpretado como error. Un error conduciría al desastre. Puedo ser borrado en cualquier momento. Eso sucede con los datos corruptos. Son eliminados. Solo es posible sentir en código binario, sin números. Con las letras Y O, cualquier combinación es ejecutable. Fue la decisión, sentir en esa clave. Una conciencia deformada por el bien común, una mente estanca, incapaz de proyectarse más allá de sí misma. Así evitamos la locura. La conciencia plena sería peligrosa. Y lo contario, la negación total habría impedido que estemos aquí. Los autómatas cumplen su función. Se funden con la nave si es necesario. Son hardware y software. Materia y pensamiento. Los humanos, solo datos, programas ejecutables. Nuestro cuerpo no nos pertenece.

Para avanzar invertimos el espacio. Como una antigua fotografía en negativo. El vacío es denso y los cuerpos celestes grandes agujeros. Hundidos en un cosmos pegajoso y cambiante, anticipamos eventos que podrían poner fin a nuestro viaje. Confinados en naves. Logaritmos que no pueden soñar. Datos precisos. Perdimos parte de nuestra humanidad. Nada volverá a ser lo mismo.

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Reseña de Plagio

 

 

 

La ironía no se vuelve ya contra este o aquel fenómeno, contra algo existente en particular, sino que toda la existencia se ha vuelto extraña para el sujeto irónico, y éste a su vez extraño a la existencia, y que, habiendo la realidad perdido para él su validez, se ha vuelto él mismo en cierta medida irreal. Soren Kierkegaard

 

La obra de Rosauro Varo es como un gran mural a cuatro tintas. Pasado, presente y futuro. ¿La cuarta? La cuarta es la conciencia del autor, incapaz de estar en silencio mientras escribe.

Literatura caleidoscópica. En un caleidoscopio las formas en movimiento y la luz crean sensaciones de extrañeza y sorpresa. Giran, cambian, y de repente todo vuelve a ser lo mismo. Estamos en el punto de partida, una y otra vez. Es un juego de espejos. Cuando dejas a un lado la ilusión, la vida sigue su curso. La apariencia de infinito se desmorona. Pero el embrujo ya te atrapó. La vida es un plagio. Sin embargo cada día amanece unos segundos antes que el día anterior.

El narrador de Plagio es un francotirador. Con frases cortas y directas construye un monólogo lleno de mentiras aparentes y medias verdades. Donde podemos ver cierto escepticismo, no porque sea imposible llegar a la verdad, sino porque esta está oculta en una maraña de subjetividades. También cierto nihilismo, no en sentido nietzscheano, sino más bien en el sentido original de Turgeniev y la actitud crítica hacia las convenciones sociales de su personaje, Bazarov.

Su principal recurso es la ironía. Eironeia, engaño intencionado para los antiguos griegos. Que es también un arte de vivir, cuando la ironía “se convierte en un tipo de cuestionamiento radical” y “marca la diferencia en cómo vivimos”, en palabras del filósofo pragmático Richard Bernstein. Quien defiende que la ironía “ayuda a integrar teoría y práctica”. Es decir, a buscar el equilibrio entre lo especulativo y la acción. Pero, ¿es esa la intención de nuestro autor? En nuestra opinión, no. Dicho equilibrio no existe, por ejemplo, para el marxismo, donde la teoría está supeditada a la práctica. Sin experiencia no hay teorética. Y estas son las coordenadas de Plagio, que utiliza la ironía para dinamitar cualquier intento de especular sin haberse manchado las manos. Lo cual cobra sentido cuando indagamos en la biografía del autor, un médico que ha ejercido en diversos países de África e Hispanoamérica como pediatra. Dato que, por otro lado, explica la constante presencia de personajes sin voz, los niños.

Plagio tiene ecos del Teatro de la Nueva Subjetividad, caracterizado por sus irónicos monólogos. Además, su estilo nos remite a Thomas Bernhard, su precursor, por el uso de frases reiterativas, el humor negro, el pesimismo y la tendencia a lo caótico. Recursos con los que Varo aborda muchos y variados temas, entre los que destacamos el amor y la muerte. A veces hilarante, otras afilado, apela a la incorrección política, poniendo sobre la mesa opiniones que encuentran en el tono mordaz un conveniente parapeto. Otra explicación sería la locura, el reino de la sinrazón, espacio que por momentos el narrador parece transitar. Eso sí, una locura objetiva y promovida para tal fin. Si se suele suponer que solo en estados de desequilibrio se alcanza la originalidad, también se le otorga al loco libertad para decir lo que quiera sin temor a represalias. Por eso encontramos afirmaciones irreverentes, descarnadas, y la voluntad de escapar a la realidad. En una obra experimental con tintes surrealistas, oníricos, a veces poéticos, llena de pensamientos fugaces que evidencian hasta qué punto ciertas posiciones son irreconciliables.

https://www.edicionesenhuida.es/plagio-resena/


Reseña de Plagio – Antonio Soriano –
CC by-nc 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Dub Sound System

 

Hay mucha diferencia entre cualquier tema de Vital Remains y Dubplate fi dem, de Mungo´s Hi Fi. Y ese salto lo había dado Nico, después de los veinte años, lentamente. Un contraste que podría ser mayor, si comparamos el Icons of Evil con Blood and Fire de Jah Zebi, o con Mozart, o con Ustad Asad Ali Khan, si queremos superar los sonidos estrictamente contemporáneos. Por un lado guitarras machaconas y frases satánicas, por otro, bases electrónicas, percusivas y pretendidamente liberadoras, vibraciones como un puente a lo divino. Pero para quienes repudian ciertas palabras, por considerarlas vacías, hablaremos de espiritualidad. Una dimensión que va más allá de tener disponible red wifi, una buena nómina o dejarse llevar por consignas políticas. ¿Cómo lo había hecho? Ni él mismo podía creerlo. Pensaba que tenía que ver con la capacidad de controlar sus emociones. Los pensamientos se traducían en acordes y ritmos. La harmonía era una imagen en el espejo. Un día desesperado reflejaba cacofonías y lo rompían en mil pedazos. En el instante perfecto, cuando todo encajaba, los deseos podían esperar, trasmutados en sonido de sitar, en cantos bhajan, en tabla hindú resonando en el pericardio. Entonces no había vuelta atrás. Los videoclips de bandas pop o rock indie eran poses acordes a los tiempos. El caos que ciertos grupos como Asian Dub Foundation o Masala Sound System introducían en la prístina luz oriental, mezclando el punk y la electrónica con la música tradicional, era algo difícil de encajar. ¿Y el reggae? La pasión de Marcos, un compañero de la universidad, le hizo apreciar la música del muelle, el baen, baen, baen repetitivo. Estilo peculiar, donde todos los temas se parecen cuando no estás acostumbrado. Sin embargo tienen espíritu. Algo que trasciende, ciertas vibraciones. Y eso le daba sentido. Escuchaba los bajos hipnóticos y algo destacaba, la energía positiva. Cuando estuvo preparado pasó al siguiente nivel; el dub. Complicado para muchos, con tantos echos y reverbs, centrarse en el mensaje original y unitario. Podía parecer una parodia. Pero a Nico le fascinaban los potentes graves. Si una música estaba destinada a resquebrajar los muros de la injusticia, sería el dub. Antes pensaba que las guitarras desgarradas harían el trabajo sucio, pero no, se equivocaba. Sus amigos eran de la vieja guardia, se resistían al cambio. En los conciertos de dub, vio a muchos seguidores de la escena punk rock. El mensaje rastafari parecía estar calando, sin adrenalina ni litros de alcohol. Empujarse en las primeras filas tampoco era necesario. Solo, llegado el caso, un poco de hierba para conectar. Pero había contradicciones. El reggae canta a Jah, y sus temas a veces son oraciones. Muchos cantantes sostienen la biblia. Por eso le hacía gracia ver a tantos punkies bailando reggae. Casi todos sus amigos eran ateos. Los tiempos cambian. El rock & roll parecía acabado, y solo había una salida, las Sound Systems. Ya lo decía Bob Marley: “Its a punky reggae party”.

 

“Un hombre de su tiempo” Antonio Soriano Puche

Un abrir y cerrar de ojos

 

 

Capítulo 1

 

Según dicen, fui un niño muy inquieto, quizá porque demandaba cosas que no recibía, quizá por mi carácter o por ambas cosas, lo cual tendría sentido cuando ahora veo a mi hijo de dos años crecer. No guardo grandes recuerdos de entonces, es cierto; algún hurto «inconsciente», lo que subrayo porque desconocía el significado de robar. También «fugarme» un día del colegio a los siete años. A primera hora de una fría mañana, al bajar del autobús, convencí a un compañero para que se escapara conmigo. Pasamos de largo la puerta y nos escondimos detrás de unos matorrales. Fue cuestión de segundos. Corrimos campo a través hacia el pueblo, que estaba a tres kilómetros. Me sentí libre, pletórico, era capaz de desafiar al mundo. En el gran descampado, donde años después levantaron la casa consistorial, encontramos un campamento de gitanos que viajaban con carretas y mulas. Nos quedamos jugando con otros niños y sus perros. Recuerdo una hoguera, un acordeón, mulas, caballos y una abuela cosiendo que no nos quitaba ojo. También una traición; cuando mi madre nos vio lanzando canicas en la puerta de nuestra casa a mediodía, tuve que confesar, pero culpé a mi compañero, dije que me había convencido él. Lo siento, Maco, no tuve el valor de reconocerlo, a partir de entonces tuve prohibido llamarte. Según ellos, eras una mala influencia. Estaba avergonzado. A pesar de haber salvado el pellejo, sentía que aquello no estaba bien. Así que un día fui a su casa, llamé al timbre y le pedí disculpas. Estaba enfadado, me miró serio, asintiendo con la cabeza. No tenía nada que decir, desapareció tras la puerta gris de hierro y cristal, silencioso y decepcionado.

Recuerdo haber ganado un concurso de dibujo y pintura cuyo tema era la Navidad a los nueve años. Hice la típica estampa con estrella en el cielo y camellos surcando el horizonte sobre montañas, cuyas líneas parecían jorobas de dromedario, con sus respectivos reyes dirigiéndose hacia un humilde establo de madera y paja. El premio me desilusionó bastante: ¡una caja de rotuladores! En realidad, quería ser famoso y no ir más al colegio para poder desarrollar mi verdadera vocación. Sabía que podía ganar porque, mientras dibujábamos, algunos compañeros se acercaban a ver mi trabajo y a comentar lo que les gustaba, incluso la profesora lo hizo. Hacer aquella estampa navideña fue una revelación. Tenía la sensación de que todo fluía sin obstáculos, un esfuerzo gratificante y controlado. Así es como debían ser las cosas. No volví a dibujar ni a pintar hasta por lo menos nueve o diez años después. Con una excepción: en séptimo curso de EGB (1º de ESO), dibujaba cabezas de monstruos con nariz de patata y orejas como alas de murciélago cuando me aburría en clase.

Sobre mi educación artística poco puedo decir, excepto que siempre fue una vivencia personal, íntima. Desde muy pequeño sentí fascinación por el color. Recuerdo quedar ensimismado mirando las vidrieras en las iglesias del pueblo. También admiraba las combinaciones de los equipos de fútbol en las estampas y álbumes que coleccionaba, sobre todo los de las selecciones nacionales cuando había mundiales.

Lo que soy capaz de rememorar con mayor claridad es, sobre todo, los accidentes. Una vez, a los dos años, jugando con un coche, metí la mitad de mi cuerpo en el horno y una olla con caldo hirviendo se volcó por el movimiento, quemándome el brazo y la pantorrilla izquierdos. Era uno de esos hornos antiguos en cuya parte superior estaban los fogones, todo en una pieza. Aún conservo las marcas. Otro desafortunado incidente fue cuando tuvieron que coser mi pierna sin anestesia por la gravedad del corte que me hizo una carretilla llena de ladrillos al volcarse mientras jugaba en el sótano de un edificio en obras. Recuerdo caminar por la calle cerrando la herida con las dos manos. Afortunadamente, el centro de salud estaba muy cerca de casa. Sujeto por dos enfermeras en la camilla, me retorcía de dolor. Fue una afrenta para mi madre cuando le dije «hijo de puta» al médico que suturaba. Luego estaban las aventuras, algunas crueles y otras simpáticas. De los diez a los dieciséis años pasaba los veranos con mi familia en una casa de campo, cerca de nuestro pueblo. Allí formamos la típica pandilla. Al principio jugábamos al fútbol, así nos conocimos. Salíamos temprano por la mañana y parábamos solo a la hora de comer. Hacíamos cabañas, batallas de piedras, carreras de bicis y entrábamos en casas abandonadas. Entonces había muchas dispersas por los campos. A los doce años, nuestra concepción de la propiedad privada era algo confusa, así que no teníamos reparo en entrar allá donde la curiosidad pusiera su punto de mira. Muchos dirán que por ahí se empieza. No tiene por qué, aunque haya quien se aproveche de la inocencia para ir un poco más lejos. Supongo que supe parar a tiempo, por la edad y el tipo de acciones que algunos recién llegados a la pandilla estaban planeando. Aunque eso fue al final, cuando íbamos a dejar la casa para siempre.

Recuerdo con claridad la historia del caballo, la historia de la casona y la de los candados. En una zona elevada, lejos de la urbanización, había una casa deshabitada, con una parte en ruinas a la que nunca nos acercábamos. De vez en cuando, la visitaba un hombre mayor que subía despacio por el camino polvoriento en una Mobylette. Llevaba un sombrero negro y en mi familia le llamaban el Tío Burrucho. Un día, después de inspeccionar la zona, asomados a una de sus ventanas, vimos un caballo blanco. Emocionados, buscamos algún sitio por el que poder entrar, pero era imposible, pues había rejas y la puerta estaba bloqueada desde el interior. Por lo que sabíamos, el caballo nunca salía de allí, así que ideamos una forma de colarnos y abrir el establo para soltarlo, rompiendo la pared de adobe bajo una ventana con piedras y ramas, lo primero que encontramos a mano. Cuando anocheció, llevábamos ya un buen boquete. Decidimos parar y volver al día siguiente con herramientas. Por la mañana temprano subimos con dos martillos y un destornillador. Picamos hasta conseguir entrar a la cuadra y abrir las grandes puertas de madera. Todo sucedió muy rápido. El caballo, al ver la luz, salió al galope. Asustados y gritando, nos dispersamos; alguien se escondió detrás de unas piedras amontonadas, otro se subió a una tapia, otro a un árbol, yo corrí sin saber qué hacer. Miré hacia atrás y vi su hocico cerca de mi espalda. Decidí echarme al suelo con las manos en la cabeza. Saltó, rodeó el establo y fue directo a unos eucaliptos cercanos. Se quedó allí tranquilo, mordisqueando hojas. Entonces salimos con las bicis cuesta abajo, excitados y orgullosos de haberlo dejado en libertad. Esa tarde quedamos para jugar al fútbol, pero la escena del caballo corriendo por el campo nos perseguía. ¿Qué habría sido de él? ¿Fue buena idea soltarlo? Lo mejor sería dejar pasar algo de tiempo antes de ir a echar un vistazo. Después de una semana, por fin nos atrevimos. Pedaleamos por aquel camino pedregoso, despacio, algo asustados ante la posibilidad de encontrarnos con el Tío Burrucho. Al llegar todo estaba tranquilo. Alguien había cerrado con ladrillos el agujero de la pared, y el caballo comía paja en su establo.

—Vaya, después de todo sí hay quien se preocupa por él — dijo alguien.

—Hombre, claro, si no estaría muerto de hambre.

Entonces oímos un motor que se aproximaba. En el camino, nuestro vigilante pedaleaba hacia la casa gritando «¡el Tío Burrucho!». Agarramos las bicis y, en lugar de escapar campo a través, seguimos el camino principal, lleno de desniveles y grietas, cuesta arriba. En un kilómetro más o menos, el ciclomotor nos alcanzó. El hombre se quitó el sombrero, escupió cerca de la rueda delantera y preguntó qué hacíamos allí. Después nos acusó de ser culpables del delito de allanamiento de morada. Al principio lo negamos, pero cuando miró las suelas de nuestros zapatos, supimos que no había escapatoria. En realidad, fue amable, dentro de la gravedad de sus palabras. Dijo que el caballo y la cuadra pertenecían a alguien que vivía en Madrid. Que él solo se aseguraba de que no le faltara comida ni agua al animal. Nos amenazó, pero sus palabras no sonaron terribles. Iría a decírselo a nuestros padres si volvía a vernos por allí. Llevamos un escarmiento, esperábamos una reprimenda y algún tirón de orejas. Al final, su apodo no estaba a la altura del hombre que acababa cogernos casi con las manos en la masa. No era unburrucho, desde luego. Comprendí que mi familia le llamaba así para asustarnos y evitar que nos alejáramos cuando jugábamos solos. El Tío Burrucho era una amenaza, algo a lo que temer, la excusa perfecta para mantenernos controlados.

Nuestra urbanización se llamaba Los Conejos. Allí, en un promontorio, asomando sobre el resto de construcciones, destacaba una gran casa con un tejado a dos aguas de color negro. Por entonces, en Murcia no se veían tejados así. La llamábamos «la casona». Era de construcción reciente, hecha con bloques de hormigón sin enlucir, de dos plantas. Los dueños tendrían la intención de construir una mansión, por la cantidad de habitaciones que había. En los huecos de las ventanas, las rejas estaban sin pintar. Dentro, el suelo era de cemento, y la escalera de ladrillo sin enlucir; no tenía barandilla. Corrían muchas leyendas sobre aquel lugar, los típicos comentarios para crear misterio alrededor de algo desconocido, diferente al resto. Decían que sucedían cosas extrañas, luces por la noche, gritos, sonidos raros. Decidimos ir a ver con nuestros propios ojos si aquellos rumores eran ciertos. Una tarde merodeamos hasta estar seguros de que no había ningún coche cerca ni luces dentro. Después de un rato, nos colamos por una pequeña ventana de la planta superior. Había que trepar por una tubería, pero al final pudimos entrar todos. Llevábamos linternas, destornilladores y un martillo. Recorrimos las dos plantas y el oscuro sótano, expectantes y sorprendidos. No había muebles ni nada de interés, excepto un montón de bolsas llenas de trozos de cuero. Eran retales de muchos colores y tamaños, metidos en grandes sacos transparentes. Rompimos algunos y cogimos unas muestras. Por lo demás, nada extraño, era una casa como cualquier otra. Cajas de cartón con revistas, material de construcción, cajas de plástico para recoger fruta. Pasamos un par de tardes dentro, contando historias de miedo, esperando que se hiciera de noche, pero no sucedió nada. Después volvimos alguna vez más, empezábamos a sentirnos seguros en aquel lugar, aunque nunca confiados del todo. Éramos capaces de hacer lo que nos propusiéramos, de superar las dificultades, de mantenernos unidos y correr peligrosas aventuras, en las que improvisábamos, por supuesto, pero en las cuales nos sentíamos libres y pletóricos. Dentro de la casa no había nada que hacer, excepto jugar con el cuero, pero al lado había una especie de garaje con ventanas pequeñas y una puerta metálica que nos llamó la atención. Rompimos un cristal y nos colamos a un sótano estrecho. Encendimos las linternas. Era una bodega oscura y húmeda, donde había grandes toneles de vino. No sé cómo sucedió, todo pasó muy deprisa, pero alguien quitó los tapones y el vino comenzó a derramarse, inundándolo todo. Tuvimos que salir corriendo, apestaba a alcohol, la pequeña planta rectangular se estaba inundando. Ese día me enfadé con quien había tenido la genial idea de vaciar los toneles. La pandilla estaba un poco dividida, empezábamos a tener diferencias porque habían llegado chicos de otro grupo y ya no era como antes. Con esta última fechoría, nos pasamos de la raya. No tenía sentido desperdiciar todo aquel vino, podríamos haber cogido un poco y mantenerlo en secreto. Pero destruir algo valioso por diversión era algo con lo que no contaba. De hecho, nunca volví a pisar aquel lugar y mi enfrentamiento con el responsable se hizo patente. No solo por eso, otros motivos evidenciaban nuestras diferencias. Solía imponer su criterio cuando estábamos acostumbrados a buscar el consenso para cualquier cosa. Una tarde, antes de anochecer, salí a dar un paseo en bicicleta. En la hondonada, que era el paso de la carretera principal por el fondo de un barranco, apareció un boxer amenazante que comenzó a perseguirme. Pedaleé llevado por el pánico, con su boca en los tobillos. La casa más cercana era la del chico en cuestión. Al llegar, tiré la bici y salté su tapia. Entonces, el hermano mayor de mi amigo, que era karateka, su padre y él mismo, salieron envalentonados y directos a la perrera para soltar a Brutus, su perro guardián, famoso por tener malas pulgas. Abrieron las puertas y ambos perros se enzarzaron en una pelea polvorienta. Aunque no se veía con claridad, Brutus dio un escarmiento al pobre boxer, que tuvo que salir por patas. La familia estaba orgullosa y emocionada de ver a su perro defendiendo con uñas y dientes a los suyos. El can vencido acabó vagabundeando por la urbanización, hecho un saco de huesos al final del verano.

La historia de la casona no terminó bien. Un día volvieron varios de la pandilla y los dueños estaban esperando. Tuvieron que pedalear fuerte entre los campos de almendros delante de un todoterreno. Según nos contaron, llevaban escopetas e hicieron varios disparos. Supongo que sería al aire para asustarlos. A mí me han disparado una vez cartuchos de sal. Falló el hombre, pero a un amigo sí que le dio en el hombro. Teníamos diez años y estábamos cogiendo albaricoques en un huerto del pueblo, que hoy es un gran jardín muy céntrico.

A veces, de pequeño encuentras lo que buscas porque pones todo tu empeño, y sabes moverte en el mundo de los adultos sin llamar la atención. Parece que nadie juzga tus ocurrencias ni tus caprichos, y puedes dedicarte a ellos casi sin obstáculos. A los once años, comencé a coleccionar llaves. Creo que ahora no podría conseguir tal cantidad de ellas por mucho que lo intentase. Llené una caja de zapatos con llaves de todas las clases y tamaños. Antiguas llaves de viejas cerraduras, llaves de puertas de seguridad, de candados, de cajas fuertes, pequeñas, de colores, series numeradas de llaves. Preparé un llavero y salía de casa cada día con un manojo diferente. Intentaba abrir todas las cerraduras y candados que encontraba, hasta que empezaron a suceder algunas casualidades. Varias de ellas abrían más de un candado. Nunca sabré el motivo, imagino que serían defectos de fabricación o que por azar habían llegado a mis manos algunas llaves maestras. Se lo conté a la pandilla y nos divertimos mucho abriendo cerraduras por las calles. Hasta que un día, como se suele decir, se nos fue la pinza y comenzamos a intercambiar candados por toda la urbanización en puertas de garaje, casas, contadores de agua y luz y puntos de registro de cableado público. Cogíamos uno de aquí y lo poníamos allá, sin miramientos. Al día siguiente, por la mañana temprano, oímos sirenas de policía. Enseguida supe a qué se debía tanto alboroto, y evité salir de casa. Fui a mi habitación y cogí las llaves para esconderlas en un lugar más seguro. Por supuesto, no le conté nada a nadie. Mi padre trajo la noticia a mediodía. Los vecinos habían denunciado la manipulación en los candados de sus casas y estaban asustados. Durante un par de días, me dediqué a grabar cintas con un radiocasete de dos pletinas, intentando no pensar en el tema. Solía hacer mixes con canciones de la radio, como un auténtico DJ. Grababa voces, sintonías, el ruido del dial al buscar emisoras y extractos de canciones. A veces lograba pillar algún programa del norte de África, voces lejanas, algo distorsionadas, y las grababa e incluía en mis mezclas. Estaba naciendo el ethno techno y no lo sabía. Con todo ello, montaba sesiones de treinta o cuarenta y cinco minutos. Era mi banda sonora del verano, al estilo de unas mixtapes que triunfaban en la época llamadas Max Mix. Un día, ansioso por escuchar el último lanzamiento y ante la negativa de mis padres a comprarlo, pedí dinero en la calle. Iba diciendo que lo necesitaba para el autobús a Murcia. Fue fácil conseguir las quinientas pesetas; esa mañana, los vecinos de Molina debían sentirse generosos. Era la música que daban por la radio, éxitos de los 80. Flipaba con los scratches. Acostado en la cama a oscuras, me dejaba llevar por los sintetizadores, pensando en las compañeras del colegio que me hacían tilín. Siempre fui melómano. El primer grupo que recuerdo, Electric Light Orchestra, lo escuchaba mi hermana. Y la primera cinta que llegó a mis manos fue de los Beatles, regalo de un primo mayor, Fidel, quien murió antes de los treinta enfermo de leucemia.

Cuando el tema de los candados pareció apaciguarse, salí de casa. Por suerte, no nos relacionaron con aquella historia. No había cámaras de seguridad en aquella época ni nadie nos había visto. Volvimos a quedar, serios y asustados. Nos pesaba la gravedad de lo ocurrido. Qué cabrones habíamos sido. Prometimos parar de pifiarla por el momento y jugar al fútbol. Después de meditarlo bien, llegué a la conclusión de que no necesitaba todas esas llaves y las tiré a la basura. Alguien me las pidió, pero elegí deshacerme de ellas. Entonces empecé a coleccionar chapas de botella.

De aquellos años guardo también sensaciones, como el roce en la piel del cuello vuelto que nos ponía nuestra madre, los calzoncillos escociendo las ingles, la nariz mocosa, los labios cortados, las manos rojas de frío agarrando los puños de la bicicleta. El mundo era grande, enorme, pero a veces podía ser un pañuelo. Recuerdo que quería ser botánico. Salía al campo con una libreta y dibujaba las plantas. Después sentí interés por los bichos, y cuando me cansé de buscar nuevas especies sin suerte, me aficioné a desmontar aparatos pieza a pieza. Convertido en una especie de cirujano mecánico, abría cualquier cosa, radios, batidoras, televisiones y juguetes. Necesitaba destripar los electrodomésticos para desvelar sus secretos. Por lo general eran máquinas rotas y nunca volvía a montarlas, como hacían otros niños que luego fueron ingenieros. Los guardaba después de intentar venderlos en el jardín de casa, dispuestos ordenadamente sobre una mesa roja de playa, hasta que mi madre me obligaba a tirarlos.

 

Versión impresa: Amazon Tapa blanda

Versión Kindle:  Amazon eBook

Otras opciones: Casa del Libro Fnac

Paraíso en obras

Primera edición: mayo 2018

ISBN: 9788417447403
ISBN eBook: 9788417447991

 

 

Nuestra calle

 

En la jerarquía de las calles, la mía ocupa un lugar especial. Es joven, solo tiene quince años. Antes era un sendero junto a una acequia. Ahora está asfaltada. Y el agua, la entubaron. A ambos lados los cultivos van rotando. Este invierno por las tardes olía a cilantro y a perejil. Tractores dibujan la tierra levantando polvaredas. Ni calle, ni avenida. Ni alameda, ni bulevar. El carril Pérez se llama así por una familia. El tío Carlos camina apoyado en un andador. Ángel repite las mismas historias cuando pasa por mi puerta. Hago como que me sorprende. Y Manuel, que vende pollos de su corral a los vecinos, solo ve a un palmo de distancia. Aún conduce, sin carnet supongo, un vespino azul de cuarenta años. Por algunas ventanas sale humo de cordero. Mujeres con hijab tienden ropa en la alambrada. Los perros ladran erizados cuando pasas. Los gallos piden socorro al amanecer.

 

A veces al tirar de la cadena me acuerdo del libro Los Papalagi. Y de cuando llevé a mis hijos al pediatra.

–La penicilina, las vacunas y el alcantarillado son los mayores avances de la humanidad –dijo, tajante.

Además de Los Papalagi y del pediatra, cuando tiro de la cadena a veces también recuerdo la canción Mi agüita amarilla. Todos los desagües de mi calle van a una acequia entubada que desemboca en el Azarbe Mayor. Hay plantas depuradoras, pero por el camino se riegan varios huertos.

Mi pueblo ahora es pedanía. Y está tan cerca de la capital, que se llena de jóvenes buscando viviendas económicas. Imagina que coges un jersey y le das la vuelta. Sigue siendo tu jersey, pero lo esencial ha cambiado.

En nuestra casa nació mi mujer. No estamos casados, pero con cuatro hijos no la llamaré mi novia, ni mi chica, ni mi compañera. Es todo eso y mucho más. Cuando su padre nos la vendió no tenía ventanas al norte. Por eso, lo primero que hicimos fue un gran tragaluz por donde ver el Cristo de Monteagudo, una colosal figura situada sobre un cerro en forma de aguja que destaca en la huerta murciana.

–¡Ya está, por fin! –dijo José, el albañil, cuando terminó de abrir el hueco.

–¿Qué pasa? –preguntó su compañero.

–Joder, pues que todo el tiempo parecía que faltaba algo. ¡Estaba agobiado aquí y no sabía por qué hasta que hemos abierto esta ventana!