Nuestra calle

 

En la jerarquía de las calles, la mía ocupa un lugar especial. Es joven, solo tiene quince años. Antes era un sendero junto a una acequia. Ahora está asfaltada. Y el agua, la entubaron. A ambos lados los cultivos van rotando. Este invierno por las tardes olía a cilantro y a perejil. Tractores dibujan la tierra levantando polvaredas. Ni calle, ni avenida. Ni alameda, ni bulevar. El carril Pérez se llama así por una familia. El tío Carlos camina apoyado en un andador. Ángel repite las mismas historias cuando pasa por mi puerta. Hago como que me sorprende. Y Manuel, que vende pollos de su corral a los vecinos, solo ve a un palmo de distancia. Aún conduce, sin carnet supongo, un vespino azul de cuarenta años. Por algunas ventanas sale humo de cordero. Mujeres con hijab tienden ropa en la alambrada. Los perros ladran erizados cuando pasas. Los gallos piden socorro al amanecer.

 

A veces al tirar de la cadena me acuerdo del libro Los Papalagi. Y de cuando llevé a mis hijos al pediatra.

–La penicilina, las vacunas y el alcantarillado son los mayores avances de la humanidad –dijo, tajante.

Además de Los Papalagi y del pediatra, cuando tiro de la cadena a veces también recuerdo la canción Mi agüita amarilla. Todos los desagües de mi calle van a una acequia entubada que desemboca en el Azarbe Mayor. Hay plantas depuradoras, pero por el camino se riegan varios huertos.

Mi pueblo ahora es pedanía. Y está tan cerca de la capital, que se llena de jóvenes buscando viviendas económicas. Imagina que coges un jersey y le das la vuelta. Sigue siendo tu jersey, pero lo esencial ha cambiado.

En nuestra casa nació mi mujer. No estamos casados, pero con cuatro hijos no la llamaré mi novia, ni mi chica, ni mi compañera. Es todo eso y mucho más. Cuando su padre nos la vendió no tenía ventanas al norte. Por eso, lo primero que hicimos fue un gran tragaluz por donde ver el Cristo de Monteagudo, una colosal figura situada sobre un cerro en forma de aguja que destaca en la huerta murciana.

–¡Ya está, por fin! –dijo José, el albañil, cuando terminó de abrir el hueco.

–¿Qué pasa? –preguntó su compañero.

–Joder, pues que todo el tiempo parecía que faltaba algo. ¡Estaba agobiado aquí y no sabía por qué hasta que hemos abierto esta ventana!

Relato inspirado en Pedro Navaja, canción de Rubén Blades

Trabajo propuesto por Jose Luis Ferris en su asignatura del Máster de Creación Literaria que estoy haciendo estos meses. Escribir un relato inspirado en la siguiente canción.

 

 

 

–Siempre le llamamos Tom. Sí señor, Tom Miracle fue quien defendió a Rosy en el comité de disciplina. Es un tipo muy inteligente, dicen, de los que se toman en serio su trabajo. Pero ese día no pudo hacer nada frente a los demás profesores –dijo Harry.

–¿Estuvo usted en el comité? –preguntó el inspector mientras tomaba notas en un sucio cuaderno.

–Solo faltó la señorita Brenda. Creo que estaba de baja porque iba a casarse –dijo Harry.

–¿De qué es profesor?

–Tom da clases de Literatura.

–¿Y usted?

–¿Yo?, soy profesor de Química –dijo Harry.

–¿Recuerda qué paso en dicha reunión?

–Bueno, hace ya ocho años. Pero recuerdo que expulsaron a Rosy del instituto. Nadie quiso creer la extraña teoría de Tom. Decía que la joven era superdotada. ¡Quién iba a decirlo!, con sus notas mediocres. Lo cierto es que Rosy fue una chica problemática.

–¿Problemática? –preguntó el inspector.

–Disculpe, ¿cómo ha dicho que se llamaba?

–Carlos.

–¿Quiere una taza de café señor Carlos?

–Me pregunto cómo acabó Rosy aquí, Lower East Side no es un barrio de latinos –dijo el inspector colgando su chaqueta en el respaldo de una silla.

–Rosy fue adoptada. Los O`Connor tenían una tienda de electrodomésticos en Vinegar Hill. Su hijo mayor también fue alumno del instituto. Nada que objetar a esa familia irlandesa que se desvivía por enderezar a Rosy –dijo Harry estirando su camisa hawaiana. –¡Oh vaya!, mire qué hora es, estarán dando el parte –. El anfitrión puso dos tazas sobre la mesa y encendió la radio.

…tomen todas las precauciones. No olviden el protocolo de emergencia. Les iremos informando a lo largo del día. Muchas gracias.

–¿Sabe, señor Carlos?, confío en mi olfato, y me dice que es pronto todavía.

–Y ¿qué le dice su olfato acerca de Rosy?

–No le de vueltas a ese asunto. Está claro. Dos víctimas, dos asesinos. Un crimen pasional.

–¿Conocía a Pedro?

–Sería algún cliente. Un ingenuo encaprichado con la preciosa Rosy. Apuesto a que se los quitaba de encima, esos tipos que quieren pasear al lado de un bombón, y son incapaces de conseguirlo sin dinero.

–Se equivoca. Pedro Rodríguez era algo más que eso. ¿Le importa si fumo?

–Adelante, no se preocupe – dijo Harry abriendo una ventana. Varios papeles cayeron al suelo. La cerilla del inspector se apagó. Cuadros, cajones, sillas, incluso los cubiertos sobre la impoluta cocina, todo pareció cobrar vida. Carlos guardó el cigarrillo en la pitillera. El agradable vapor del café fue barrido por una fuerte ráfaga de viento que olía a moluscos y a sal.

–Apuntes para una novela –dijo Harry cerrando la ventana. Al agacharse para recoger los papeles, Carlos pudo ver parte de sus glúteos, y la oscura hendidura que  desaparecía más allá del pantalón vaquero. –Veinte años en un instituto dan para mucho, sí señor, y necesito tener la mente ocupada. Si Dios quiere antes del verano la entregaré a alguna editorial.

–¿Es usted escritor?

–Siempre quise escribir, pero la familia y la guerra se interpusieron en mi camino.

–Me gustaría leerlo, si no le importa.

–Por supuesto, faltaría más. Pero me temo que solo tengo esta copia.

Carlos Rodríguez llevaba diez años patrullando Long Island. No era único en su género, un hombre solitario, divorciado, sin vida familiar, sin horario de trabajo, adicto a la cafeína, y con un pasado que le impedía ser feliz. Quizá el destino comenzó a descarrilarse hacía cien años, cuando un navajo problemático huyó con la joven chumash que ayudaba en la misión de Santa Inés, California. Todo lo que pasó después fue un misterio. Su abuela solía contar historias increíbles, pero él pensaba que eran inventadas. Hasta que nació la madre de Carlos vivieron en las montañas, aislados del mundo.

–Rosy era una zorra.

–¡Señor Carlos!

–¿Qué se cree, que los policías no vamos de putas? Rosy trabajó varios años en el club Deeper. Era una zorra y le gustaba engatusar a sus clientes para volverlos locos y que aflojasen la cartera –dijo Carlos soltando el nudo de su corbata.

–¿En el Deeper?

–Sí –respondió el inspector alargando la i a propósito. –¡No me digas que no has estado allí! Apuesto a que todos los solteros en Loisaida conocen ese local. ¿Estás casado Harry?

–Divorciado.

–¿Desde cuándo?

–Hace nueve años.

–Apuesto a que ella encontró condones en tu chaqueta –dijo Carlos dando una palmada en la espalda de Harry.

–Margaret era una celosa patológica. Se imaginaba que tenía líos con mis alumnas.

–En la vida del hombre hay tres planos, trabajo, vida social y familia. Y en esta ciudad uno de ellos sobra  –dijo Carlos volviendo a llenar su taza de café. Fuera, en el 131 de Ludlow, el claxon de un automóvil comenzó a sonar, como después de un accidente. Harry abrió la puerta. El viento empujó un puñado de hojas secas hasta la cocina. Los árboles se balanceaban con fuerza. El más cercano estaba ya a punto de golpear los cristales de la ventana. Montañas de hojarasca y papel volaban formando remolinos.

–¡Maldita sea!

–¿Y los tuviste, Harry?

–Perdone, ¿a qué se refiere?

–¡Cabronazo! –dijo el inspector exagerando su acento mejicano. –Nadie sospecha de un profesor de química. Las alumnas prefieren la verborrea de los profesores de literatura. Les excitan sus discursos sobre Poe y Dickinson. Porque ¿sabes?, a las mujeres les seduce la inteligencia. O el dinero, Harry, no hay vuelta de hoja.

–¿Qué insinúa señor Carlos? Pondría la mano en el fuego por Tom –dijo Harry girando la ruedecilla de la radio. –¡Mierda, no hay señal!

–Tom Young ya ha reconocido ser cliente del Deeper.

–Vaya, puede que me haya equivocado, será mejor que vuelva a casa inspector, antes de que sea demasiado tarde –dijo Harry golpeando la televisión en busca de noticias.

–Podemos pasar una semana encerrados aquí, solos tú y yo. ¿O prefieres reconocer que también frecuentabas el club?

–Fui un par de veces, sí.

–Y la chica, ¿estuvo ella aquí?

–Puede que para revisar algún examen. Pero, ¿qué diablos? Es algo habitual. Ni fue la primera ni será la última. Los chicos a veces se acercan a saludar, a pedir ayuda.

El claxon seguía sonando fuera. Carlos imaginaba la escena. Un golpe lateral después de saltarse el semáforo. Los conductores empujan el coche averiado. Su propietario sale corriendo después de darle unas patadas al volante. Volverá a buscarlo cuando todo acabe. El otro coche sigue su camino. Alguien observa desde una ventana. Por eso vemos luces azules y rojas girando. Dos coches patrulla suben desde Rivington. Es mediodía pero podría estar anocheciendo. El cielo está cubierto de nubes bajas que pasan veloces y huelen a moluscos y a sal. Es el fin del mundo, al menos el de ese pequeño rincón del mundo. Los rascacielos comienzan a quebrarse, como piezas de un juguete. Los túneles del metro se inundan. Es como mear sobre un hormiguero. Miles de maletines flotan a la deriva. Harry sacude su cabeza y observa a los agentes. Uno de ellos corta los cables del claxon y anota la matrícula.

–La gente se está volviendo loca –dijo Carlos. –¿Sabes que puedes perder tu trabajo por algo así? No sé cómo se tomará el comité que te acostaras con Rosy. Puede que investiguen, que pregunten hasta llegar al origen. Y quizá no te guste lo que descubran.

–Él era su proxeneta. Yo no he tenido nada que ver con la muerte de la chica.

–Pedro estaba fichado por nuestra oficina. Sabemos que ha sido un ajuste de cuentas. Encontramos en el apartamento de la chica cincuenta mil dólares. O era una puta de lujo, cosa que dudo, o engañaba a Pedro. También había un billete de avión a Panamá. Quería huir. Casi lo consigue. Pero no entendemos que llevase un revolver, justo en ese momento. Creo que podrías ayudarnos a aclararlo.

–Es posible que Pedro la amenazara. Tenía miedo y llevaba un arma para defenderse de él.

–Puede. Pero ella se sentía segura. De lo contrario hubiese cogido ese avión lo antes posible, no en dos semanas. Seguro que hay otra explicación.

–¿Tienen alguna hipótesis?

–Sí. Pensamos que quería suicidarse.

–¿Suicidio?

–Fue una maldita casualidad. Esa noche llevaba el revólver para quitarse la vida y acabó utilizándolo para matar a su asesino. Una paradoja. Pedro perdonó que su chica lo dejara, pero cuando supo que le había robado fue a por ella.

Harry tomó asiento junto a la ventana. No podía hablar. Carlos cogió su chaqueta y dio un último trago a la taza de café. El tiempo se acababa.

–Tarde o temprano sabremos si quería dejar Estados Unidos sola. Piénsalo Harry. Un romance con una prostituta no tiene importancia. Pero un chivato está muy mal considerado y el hermano de Rosy querrá vengarse.

–¿John O´Connor? –dijo Harry con desprecio.

–Miguel Rodríguez. Fue dado en adopción a la misma vez que su hermana Rosy. Contactaron hace un par de años. Sospechamos que trabaja para un cártel mejicano. No creo que a John le interese demasiado el destino de su hermana adoptiva.

Un gesto de desesperación apareció en el rostro de Harry. Fue a la cocina, abrió el grifo y se lavó la cara. Fuera, las ramas amenazaban con romper el cristal. Harry abrió la ventana y puso un cartón grueso para amortiguar los golpes. El viento gritó dando un último aviso.

–Señor Carlos, le pido por favor que se marche. No sabemos lo que puede pasar. Esta zona de la ciudad es peligrosa. Déjeme que piense en sus palabras –dijo Harry dando vueltas por el salón. –¡Este viento me está volviendo loco!

–Como prefieras. Me pondré en contacto contigo. No olvides que cualquier cosa, por pequeña que sea, podría ser de gran ayuda.

Harry sacó un sobre de un cajón. Lo abrió y le dio a Carlos el papel que contenía. A simple vista parecía una carta. El inspector cerró su chaqueta y salió fuera agarrado a la barandilla. El huracán Gloria ya estaba en Carolina del Norte. Era cuestión de horas que barriese la ciudad de Nueva York.

 

 

 

 


Relato sobre Pedro Navaja –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Lolita y el patriarcado

 

En los últimos meses se ha abierto un debate en torno a Lolita, novela de Vladimir Nabokov. Laura Freixas publicó un artículo titulado ¿Qué hacemos con “Lolita”?, en el que pedía responsabilidad a los autores a la hora de tratar ciertos temas. También denunciaba la manipulación que el patriarcado ejerce en su beneficio sobre la cultura. Sergio del Molino replicó a Freixas con Lectores que lean “Lolita” sin prejuicios, en el mismo diario. Del Molino eximía de responsabilidad a Nabokov por las interpretaciones que suscitara su novela, y en general a los artistas que tratasen temas polémicos. Meses más tarde el periódico moderó un debate donde ambos escritores intercambiaron impresiones. Freixas aclara que no juzga el valor literario de Lolita sino su repercusión, y el hecho de que sea considerada como “historia de amor” una novela que por su ambigüedad se puede leer como justificación del violador. La autora habla de feminismo, pero en su réplica del Molino apenas entra en ese debate. Según él la obra no necesita decodificaciones ideológicas. Afirma que probablemente la mayoría de la producción literaria sea machista porque ha sido escrita por gente machista. Además opina que al creador no se le debe exigir ningún tipo de compromiso ético.

Encontramos dos debates abiertos. Uno sobre el alcance y responsabilidad del artista y su obra, y otro ideológico, en el que ambos autores están de acuerdo tácitamente, sobre el cual es preciso hacer algunas aclaraciones. De entrada no podemos obviar su contexto, en este caso El País, cuyas afinidades e ideología están bien definidas. Después, que la crítica de Freixas contiene un importante error de base. Al establecer las categorías, con el argumentario que forma parte del discurso feminista institucional, de opresores (varones, occidentales, blancos, de clase media o alta), y oprimidos (mujeres, colonizados, de otras razas o pobres), simplifica de forma arbitraria y sesgada la realidad. Existen otras interpretaciones sobre el fenómeno del patriarcado expuestas en diferentes ensayos que desmontan la categorización de Freixas: La creación del patriarcado, de Gerda Lerner, Guardianas nazis, el lado femenino del mal, de Mónica G. Álvarez, o Feminicidio o autoconstrucción de la mujer, de Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora, son algunos de ellos.

Respecto al otro debate, el de Lolita (publicada en Francia, donde también vieran la luz obras como Diario del ladrón, de Jean Genet, Justine, del marqués de Sade, o los Cantos de Maldoror, del conde de Lautréamont) y los límites del arte para representar aspectos controvertidos y oscuros del ser humano, creo que no se puede argumentar con suficiente rigor que uno esté equivocado y otro en lo cierto. Comparto muchas de las observaciones acerca de la literatura de ficción que expone del Molino, y cuando Freixas  demanda cierta responsabilidad ética o moral. Pero Lolita quizá no sea un buen ejemplo, pues una lectura satírica o crítica también es legítima. Nabokov dejó claras sus intenciones. Humbert Humbert se justifica constantemente. “Mi cuerpo abyecto”, “oscuro pozo de monstruos”, “mis patéticas maquinaciones”, “gusano degenerado”, “comportamiento aberrante”, son expresiones que aparecen una y otra vez. Hoy día, dentro de cualquier plataforma de streaming, en alguna serie seguida por millones de personas, Freixas encontraría ejemplos mucho más adecuados.

I´m not a member

 

 

 

 

 

No hay lugar mejor en el mundo que aquí y ahora.
Luces magnéticas rebotan en el fondo de tu maquillaje
emborronado después de bailar.
Los gritos son burbujas, no hay espacio para resistir, 
ni manera de salir sin soplar por la nariz. 
La luna salta en su jaula. 
Ropa empapada, el móvil inservible, el reloj no estaba.  
Nos abrimos paso sonriendo a la muchedumbre.
Dientes fluorescentes,
humanos mecánicos rebotan como en un juego,
engranajes casi perfectos,
y decidimos dejarlo todo, respirar.

No necesito patear el vaso sobre la acera,
ni conducir cuando, seguro, daría positivo.
Por ahora sumérgete en mí, como lo haría yo si existiese.
Olvidas que apenas nos conocimos.
Cuatro pies a destiempo, multiplicados por ocho,
detrás las sombras intentan mantener el orden,
pero no es posible, 
el orden,
llegados a ese momento en el que nos mordemos los labios 
en la parte trasera de un taxi que no parará al amanecer.
Ni tú ni yo tenemos casa.
Deja que me quede oliendo tu ropa,
mientras dibujas mis ojos cerrados.
Unos dedos mueven el dial y esa canción,
la que a veces oigo en eventos y comuniones,
No hay manera, no puedo vivir sin ti, 
podríamos haberla escuchado hasta el final,
pero un semáforo rojo nos da tregua para salir corriendo. 
El taxista grita. Hasta que alguien, sentado detrás, 
lo despierta en alguna parada, “Perdone, aquí hay veinte euros”.
Te das cuenta que he perdido un zapato,
pero estaba corriendo como un niño. 
Esta vez nada nos detendrá.

Antonio Soriano Puche, Cortafuegos © 2018 Ediciones en Huida

Cine y cultura 1

 

Según Zygmunt Bauman, “el concepto de cultura fue acuñado en el tercer cuarto del siglo XVIII como un modo abreviado de referirse a la gestión del pensamiento y el comportamiento humanos”. Después, un siglo más tarde, “los gestores culturales (…) declararon que era bueno, que cultura venía a significar el modo en que un tipo de conducta humana regular y normativamente regulada difería de otros tipos gestionados de manera distinta”. Esta visión se debe a que “en pleno umbral de la era moderna los hombres y las mujeres habían dejado de ser aceptados como un hecho dado y no problemático, como eslabones preordenados en la cadena de la creación divina (…) e indispensables (…), y habían empezado a ser vistos como seres maleables y necesitados urgentemente de una reparación y/o mejora”.
El origen del término cultura, al que asocia con otros como “cultivación y crianza, vocablos que denotan la idea de mejora”, respondía pues a una necesidad de control, ya que “la idea de cultura aplicada metafóricamente a los seres humanos suponía ver el mundo social con los ojos de los cultivadores de humanos: los gestores”1.
No es suficiente tergiversar, e incluso ocultar, nuestra historia como seres humanos, sustituir mitos fundamentales, (tradición oral que narra hechos del pasado) por imágenes de “ciencia ficción” creadas en estudios cinematográficos. También es necesario presentar al público situaciones que podrían convertirse, a medio o corto plazo, en realidad, pura y dura. ¿O no habíamos visto en Desafío Total el cuerpo escaneado de Schwarzenegger, allá por 1990, con la misma tecnología que tras el 11S de 2001 se utilizó en algunos aeropuertos de EEUU para controlar a los pasajeros?
Hace años veíamos en Saruman y en los Orcos del Señor de los Anillos una denuncia de la voracidad de los grandes Imperios. Sin embargo no era difícil identificar al movimiento ambientalista detrás de la adaptación de Peter Jackson. Tampoco lo es hoy ver cómo las espadas de Juego de Tronos blanden por conquistar los siete continentes (el séptimo es nuestra mente). Un gobierno total, universal, un poder global y definitivo, que para alzarse no escatima en crueles traiciones, mentiras y venganzas.
Por otro lado, ¿cuántas películas refuerzan la teoría darwinista, inoculando en nuestras adoctrinadas mentes la idea de que somos monos evolucionados, simples bestias? Hay muchas, sobre todo dirigidas al público más joven, niños y adolescentes; Los Croods, El planeta de los simios, Tarzán o El libro de la Selva, aunque desde ámbitos científicos El Origen de las Especies esté siendo cuestionado2, y no dejen de aparecer evidencias arqueológicas que desmontan sus teorías. Como en tantos temas propios de la cultura occidental, estamos ante una forzada dicotomía, donde se busca la controversia y el enfrentamiento, ser darwinista o creacionista, ateo o católico, de izquierdas o derechas, en fin, del Barsa o del Madrid. No creo que el ser humano venga del mono, aunque a veces lo parezca. Visto lo visto podría decirse, y ya hay quien ha apuntado en esa dirección3, que más bien vamos hacia él. Tampoco creo que seamos la imagen y semejanza de Dios. Y ahí estoy, en mitad de la nada, un espacio exhuberante, de múltiples realidades, verdades a medias, gente que vive de sus sueños y pesadillas que se adueñan de la gente.

1 Bauman, Zygmunt (2006) Vida Líquida, págs 73, 74. 2 Sandín, Máximo (2010) Pensando la Evolución, Pensando la vida; la Biología más allá del Darwinismo. 3 Asad, Ibn (2011) La Rueda de los Cuatro Brazos, págs 109, 110.

El arte en Nocturnal Animals

 

Hace algunos años una amiga me dijo que las inauguraciones estaban muertas. Era una sentencia del tipo punk is dead, cruda pero real. Recientemente he visto una película que refleja esta idea, Nocturnal Animals, una producción de Focus Features. El film comienza con el oppening de una exposición cuyas obras son enormes cuadros animados, al estilo de los que decoran el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería en Harry Potter. Glamurosas mujeres obesas muestran su desnudez mórbida mientras bailan de manera sensual. Pero el espectáculo carece de glamour y sensualidad, es una contradicción en la que el espectador queda atrapado de entrada. Las bailarinas podrían parecer modernas Venus Esteatopigias si no estuviesen caracterizadas como mayorettes, con botas, guantes, sombreros y hombreras militares, haciendo twirling o agitando pompones como animadoras deportivas, ondeando banderas de Estados Unidos en un ambiente festivo de bengalas, purpurina y confeti. La cámara lenta recrea el desparpajo de la grasa flotando en el celuloide, nuestra mirada es capaz de percibir el descontrol del cuerpo abandonado a su suerte. Junto a los cuadros pantalla, en el centro de la sala, las modelos descansan sobre pedestales como animales abatidos después de una cacería. Es el culmen de la obra, la mujer objeto, arrojada a la jauría de miradas que buscan espectáculo.

El patetismo de las imágenes contrasta con el refinamiento y la elegancia del público, ajeno a lo que está sucediendo. Podría tratarse de un club nocturno en lugar de una sala de exposiciones, de una reunión de máscaras al estilo Eyes Wide Shut, o de cualquier escena de Saló o los 120 días de Sodoma. Un recurso nada novedoso, aunque su contexto sea el mundo del arte contemporáneo en una cosmopolita ciudad norteamericana. Homer Simpson lleva enseñándonos la barriga más de veinticinco años, y la aparente mordacidad de la serie de animación no es una crítica al american way of life, sino más bien una invitación a tomar hamburguesas delante de la tele. Eso es lo que muchas opiniones quieren ver en Animales Nocturnos, que el desencanto de Susan, la protagonista y próspera directora de la galería de arte, y los comentarios sobre las obras, son una reacción al “vacío de la sociedad contemporánea” y al arte del siglo XXI. “La obra tenía una fuerza increíble, era perfecta, con toda esa escoria de cultura en la que vivimos (…) Disfruta de lo absurdo de nuestro mundo, es mucho menos doloroso”, comenta uno de los personajes. Una declaración de principios. Pero la misión del cine no es promover la crítica social, ni remover conciencias para cambiar la realidad, sino canalizar los impulsos del espectador hacia el lugar deseado. No en vano es uno de los más efectivos instrumentos de propaganda. Como se suele decir, el buen vendedor es quien te vende algo sin dar la sensación de haber querido vendértelo. Y es mejor aún el que además te hace creer que has elegido tú. Todo esto lo resume Avelina Lésper a propósito de “un colectivo de arte en Londres” que “hizo mil vaginas de papel para concientizar a las mujeres de que se sientan orgullosas de su cuerpo y no accedan a la mutilación femenina, en el colmo de la irresponsabilidad otra vez reducen a las mujeres a ser una vagina”. De eso se trata, de contestar reafirmando el discurso dominante. Pero se olvida generalmente que dicho discurso no está construido de abajo a arriba, sino en sentido contrario.

 

A.S.Puche. Pinceladas al Azar © 2017