Un abrir y cerrar de ojos

 

 

Capítulo 1

 

Según dicen, fui un niño muy inquieto, quizá porque demandaba cosas que no recibía, quizá por mi carácter o por ambas cosas, lo cual tendría sentido cuando ahora veo a mi hijo de dos años crecer. No guardo grandes recuerdos de entonces, es cierto; algún hurto «inconsciente», lo que subrayo porque desconocía el significado de robar. También «fugarme» un día del colegio a los siete años. A primera hora de una fría mañana, al bajar del autobús, convencí a un compañero para que se escapara conmigo. Pasamos de largo la puerta y nos escondimos detrás de unos matorrales. Fue cuestión de segundos. Corrimos campo a través hacia el pueblo, que estaba a tres kilómetros. Me sentí libre, pletórico, era capaz de desafiar al mundo. En el gran descampado, donde años después levantaron la casa consistorial, encontramos un campamento de gitanos que viajaban con carretas y mulas. Nos quedamos jugando con otros niños y sus perros. Recuerdo una hoguera, un acordeón, mulas, caballos y una abuela cosiendo que no nos quitaba ojo. También una traición; cuando mi madre nos vio lanzando canicas en la puerta de nuestra casa a mediodía, tuve que confesar, pero culpé a mi compañero, dije que me había convencido él. Lo siento, Maco, no tuve el valor de reconocerlo, a partir de entonces tuve prohibido llamarte. Según ellos, eras una mala influencia. Estaba avergonzado. A pesar de haber salvado el pellejo, sentía que aquello no estaba bien. Así que un día fui a su casa, llamé al timbre y le pedí disculpas. Estaba enfadado, me miró serio, asintiendo con la cabeza. No tenía nada que decir, desapareció tras la puerta gris de hierro y cristal, silencioso y decepcionado.

Recuerdo haber ganado un concurso de dibujo y pintura cuyo tema era la Navidad a los nueve años. Hice la típica estampa con estrella en el cielo y camellos surcando el horizonte sobre montañas, cuyas líneas parecían jorobas de dromedario, con sus respectivos reyes dirigiéndose hacia un humilde establo de madera y paja. El premio me desilusionó bastante: ¡una caja de rotuladores! En realidad, quería ser famoso y no ir más al colegio para poder desarrollar mi verdadera vocación. Sabía que podía ganar porque, mientras dibujábamos, algunos compañeros se acercaban a ver mi trabajo y a comentar lo que les gustaba, incluso la profesora lo hizo. Hacer aquella estampa navideña fue una revelación. Tenía la sensación de que todo fluía sin obstáculos, un esfuerzo gratificante y controlado. Así es como debían ser las cosas. No volví a dibujar ni a pintar hasta por lo menos nueve o diez años después. Con una excepción: en séptimo curso de EGB (1º de ESO), dibujaba cabezas de monstruos con nariz de patata y orejas como alas de murciélago cuando me aburría en clase.

Sobre mi educación artística poco puedo decir, excepto que siempre fue una vivencia personal, íntima. Desde muy pequeño sentí fascinación por el color. Recuerdo quedar ensimismado mirando las vidrieras en las iglesias del pueblo. También admiraba las combinaciones de los equipos de fútbol en las estampas y álbumes que coleccionaba, sobre todo los de las selecciones nacionales cuando había mundiales.

Lo que soy capaz de rememorar con mayor claridad es, sobre todo, los accidentes. Una vez, a los dos años, jugando con un coche, metí la mitad de mi cuerpo en el horno y una olla con caldo hirviendo se volcó por el movimiento, quemándome el brazo y la pantorrilla izquierdos. Era uno de esos hornos antiguos en cuya parte superior estaban los fogones, todo en una pieza. Aún conservo las marcas. Otro desafortunado incidente fue cuando tuvieron que coser mi pierna sin anestesia por la gravedad del corte que me hizo una carretilla llena de ladrillos al volcarse mientras jugaba en el sótano de un edificio en obras. Recuerdo caminar por la calle cerrando la herida con las dos manos. Afortunadamente, el centro de salud estaba muy cerca de casa. Sujeto por dos enfermeras en la camilla, me retorcía de dolor. Fue una afrenta para mi madre cuando le dije «hijo de puta» al médico que suturaba. Luego estaban las aventuras, algunas crueles y otras simpáticas. De los diez a los dieciséis años pasaba los veranos con mi familia en una casa de campo, cerca de nuestro pueblo. Allí formamos la típica pandilla. Al principio jugábamos al fútbol, así nos conocimos. Salíamos temprano por la mañana y parábamos solo a la hora de comer. Hacíamos cabañas, batallas de piedras, carreras de bicis y entrábamos en casas abandonadas. Entonces había muchas dispersas por los campos. A los doce años, nuestra concepción de la propiedad privada era algo confusa, así que no teníamos reparo en entrar allá donde la curiosidad pusiera su punto de mira. Muchos dirán que por ahí se empieza. No tiene por qué, aunque haya quien se aproveche de la inocencia para ir un poco más lejos. Supongo que supe parar a tiempo, por la edad y el tipo de acciones que algunos recién llegados a la pandilla estaban planeando. Aunque eso fue al final, cuando íbamos a dejar la casa para siempre.

Recuerdo con claridad la historia del caballo, la historia de la casona y la de los candados. En una zona elevada, lejos de la urbanización, había una casa deshabitada, con una parte en ruinas a la que nunca nos acercábamos. De vez en cuando, la visitaba un hombre mayor que subía despacio por el camino polvoriento en una Mobylette. Llevaba un sombrero negro y en mi familia le llamaban el Tío Burrucho. Un día, después de inspeccionar la zona, asomados a una de sus ventanas, vimos un caballo blanco. Emocionados, buscamos algún sitio por el que poder entrar, pero era imposible, pues había rejas y la puerta estaba bloqueada desde el interior. Por lo que sabíamos, el caballo nunca salía de allí, así que ideamos una forma de colarnos y abrir el establo para soltarlo, rompiendo la pared de adobe bajo una ventana con piedras y ramas, lo primero que encontramos a mano. Cuando anocheció, llevábamos ya un buen boquete. Decidimos parar y volver al día siguiente con herramientas. Por la mañana temprano subimos con dos martillos y un destornillador. Picamos hasta conseguir entrar a la cuadra y abrir las grandes puertas de madera. Todo sucedió muy rápido. El caballo, al ver la luz, salió al galope. Asustados y gritando, nos dispersamos; alguien se escondió detrás de unas piedras amontonadas, otro se subió a una tapia, otro a un árbol, yo corrí sin saber qué hacer. Miré hacia atrás y vi su hocico cerca de mi espalda. Decidí echarme al suelo con las manos en la cabeza. Saltó, rodeó el establo y fue directo a unos eucaliptos cercanos. Se quedó allí tranquilo, mordisqueando hojas. Entonces salimos con las bicis cuesta abajo, excitados y orgullosos de haberlo dejado en libertad. Esa tarde quedamos para jugar al fútbol, pero la escena del caballo corriendo por el campo nos perseguía. ¿Qué habría sido de él? ¿Fue buena idea soltarlo? Lo mejor sería dejar pasar algo de tiempo antes de ir a echar un vistazo. Después de una semana, por fin nos atrevimos. Pedaleamos por aquel camino pedregoso, despacio, algo asustados ante la posibilidad de encontrarnos con el Tío Burrucho. Al llegar todo estaba tranquilo. Alguien había cerrado con ladrillos el agujero de la pared, y el caballo comía paja en su establo.

—Vaya, después de todo sí hay quien se preocupa por él — dijo alguien.

—Hombre, claro, si no estaría muerto de hambre.

Entonces oímos un motor que se aproximaba. En el camino, nuestro vigilante pedaleaba hacia la casa gritando «¡el Tío Burrucho!». Agarramos las bicis y, en lugar de escapar campo a través, seguimos el camino principal, lleno de desniveles y grietas, cuesta arriba. En un kilómetro más o menos, el ciclomotor nos alcanzó. El hombre se quitó el sombrero, escupió cerca de la rueda delantera y preguntó qué hacíamos allí. Después nos acusó de ser culpables del delito de allanamiento de morada. Al principio lo negamos, pero cuando miró las suelas de nuestros zapatos, supimos que no había escapatoria. En realidad, fue amable, dentro de la gravedad de sus palabras. Dijo que el caballo y la cuadra pertenecían a alguien que vivía en Madrid. Que él solo se aseguraba de que no le faltara comida ni agua al animal. Nos amenazó, pero sus palabras no sonaron terribles. Iría a decírselo a nuestros padres si volvía a vernos por allí. Llevamos un escarmiento, esperábamos una reprimenda y algún tirón de orejas. Al final, su apodo no estaba a la altura del hombre que acababa cogernos casi con las manos en la masa. No era unburrucho, desde luego. Comprendí que mi familia le llamaba así para asustarnos y evitar que nos alejáramos cuando jugábamos solos. El Tío Burrucho era una amenaza, algo a lo que temer, la excusa perfecta para mantenernos controlados.

Nuestra urbanización se llamaba Los Conejos. Allí, en un promontorio, asomando sobre el resto de construcciones, destacaba una gran casa con un tejado a dos aguas de color negro. Por entonces, en Murcia no se veían tejados así. La llamábamos «la casona». Era de construcción reciente, hecha con bloques de hormigón sin enlucir, de dos plantas. Los dueños tendrían la intención de construir una mansión, por la cantidad de habitaciones que había. En los huecos de las ventanas, las rejas estaban sin pintar. Dentro, el suelo era de cemento, y la escalera de ladrillo sin enlucir; no tenía barandilla. Corrían muchas leyendas sobre aquel lugar, los típicos comentarios para crear misterio alrededor de algo desconocido, diferente al resto. Decían que sucedían cosas extrañas, luces por la noche, gritos, sonidos raros. Decidimos ir a ver con nuestros propios ojos si aquellos rumores eran ciertos. Una tarde merodeamos hasta estar seguros de que no había ningún coche cerca ni luces dentro. Después de un rato, nos colamos por una pequeña ventana de la planta superior. Había que trepar por una tubería, pero al final pudimos entrar todos. Llevábamos linternas, destornilladores y un martillo. Recorrimos las dos plantas y el oscuro sótano, expectantes y sorprendidos. No había muebles ni nada de interés, excepto un montón de bolsas llenas de trozos de cuero. Eran retales de muchos colores y tamaños, metidos en grandes sacos transparentes. Rompimos algunos y cogimos unas muestras. Por lo demás, nada extraño, era una casa como cualquier otra. Cajas de cartón con revistas, material de construcción, cajas de plástico para recoger fruta. Pasamos un par de tardes dentro, contando historias de miedo, esperando que se hiciera de noche, pero no sucedió nada. Después volvimos alguna vez más, empezábamos a sentirnos seguros en aquel lugar, aunque nunca confiados del todo. Éramos capaces de hacer lo que nos propusiéramos, de superar las dificultades, de mantenernos unidos y correr peligrosas aventuras, en las que improvisábamos, por supuesto, pero en las cuales nos sentíamos libres y pletóricos. Dentro de la casa no había nada que hacer, excepto jugar con el cuero, pero al lado había una especie de garaje con ventanas pequeñas y una puerta metálica que nos llamó la atención. Rompimos un cristal y nos colamos a un sótano estrecho. Encendimos las linternas. Era una bodega oscura y húmeda, donde había grandes toneles de vino. No sé cómo sucedió, todo pasó muy deprisa, pero alguien quitó los tapones y el vino comenzó a derramarse, inundándolo todo. Tuvimos que salir corriendo, apestaba a alcohol, la pequeña planta rectangular se estaba inundando. Ese día me enfadé con quien había tenido la genial idea de vaciar los toneles. La pandilla estaba un poco dividida, empezábamos a tener diferencias porque habían llegado chicos de otro grupo y ya no era como antes. Con esta última fechoría, nos pasamos de la raya. No tenía sentido desperdiciar todo aquel vino, podríamos haber cogido un poco y mantenerlo en secreto. Pero destruir algo valioso por diversión era algo con lo que no contaba. De hecho, nunca volví a pisar aquel lugar y mi enfrentamiento con el responsable se hizo patente. No solo por eso, otros motivos evidenciaban nuestras diferencias. Solía imponer su criterio cuando estábamos acostumbrados a buscar el consenso para cualquier cosa. Una tarde, antes de anochecer, salí a dar un paseo en bicicleta. En la hondonada, que era el paso de la carretera principal por el fondo de un barranco, apareció un boxer amenazante que comenzó a perseguirme. Pedaleé llevado por el pánico, con su boca en los tobillos. La casa más cercana era la del chico en cuestión. Al llegar, tiré la bici y salté su tapia. Entonces, el hermano mayor de mi amigo, que era karateka, su padre y él mismo, salieron envalentonados y directos a la perrera para soltar a Brutus, su perro guardián, famoso por tener malas pulgas. Abrieron las puertas y ambos perros se enzarzaron en una pelea polvorienta. Aunque no se veía con claridad, Brutus dio un escarmiento al pobre boxer, que tuvo que salir por patas. La familia estaba orgullosa y emocionada de ver a su perro defendiendo con uñas y dientes a los suyos. El can vencido acabó vagabundeando por la urbanización, hecho un saco de huesos al final del verano.

La historia de la casona no terminó bien. Un día volvieron varios de la pandilla y los dueños estaban esperando. Tuvieron que pedalear fuerte entre los campos de almendros delante de un todoterreno. Según nos contaron, llevaban escopetas e hicieron varios disparos. Supongo que sería al aire para asustarlos. A mí me han disparado una vez cartuchos de sal. Falló el hombre, pero a un amigo sí que le dio en el hombro. Teníamos diez años y estábamos cogiendo albaricoques en un huerto del pueblo, que hoy es un gran jardín muy céntrico.

A veces, de pequeño encuentras lo que buscas porque pones todo tu empeño, y sabes moverte en el mundo de los adultos sin llamar la atención. Parece que nadie juzga tus ocurrencias ni tus caprichos, y puedes dedicarte a ellos casi sin obstáculos. A los once años, comencé a coleccionar llaves. Creo que ahora no podría conseguir tal cantidad de ellas por mucho que lo intentase. Llené una caja de zapatos con llaves de todas las clases y tamaños. Antiguas llaves de viejas cerraduras, llaves de puertas de seguridad, de candados, de cajas fuertes, pequeñas, de colores, series numeradas de llaves. Preparé un llavero y salía de casa cada día con un manojo diferente. Intentaba abrir todas las cerraduras y candados que encontraba, hasta que empezaron a suceder algunas casualidades. Varias de ellas abrían más de un candado. Nunca sabré el motivo, imagino que serían defectos de fabricación o que por azar habían llegado a mis manos algunas llaves maestras. Se lo conté a la pandilla y nos divertimos mucho abriendo cerraduras por las calles. Hasta que un día, como se suele decir, se nos fue la pinza y comenzamos a intercambiar candados por toda la urbanización en puertas de garaje, casas, contadores de agua y luz y puntos de registro de cableado público. Cogíamos uno de aquí y lo poníamos allá, sin miramientos. Al día siguiente, por la mañana temprano, oímos sirenas de policía. Enseguida supe a qué se debía tanto alboroto, y evité salir de casa. Fui a mi habitación y cogí las llaves para esconderlas en un lugar más seguro. Por supuesto, no le conté nada a nadie. Mi padre trajo la noticia a mediodía. Los vecinos habían denunciado la manipulación en los candados de sus casas y estaban asustados. Durante un par de días, me dediqué a grabar cintas con un radiocasete de dos pletinas, intentando no pensar en el tema. Solía hacer mixes con canciones de la radio, como un auténtico DJ. Grababa voces, sintonías, el ruido del dial al buscar emisoras y extractos de canciones. A veces lograba pillar algún programa del norte de África, voces lejanas, algo distorsionadas, y las grababa e incluía en mis mezclas. Estaba naciendo el ethno techno y no lo sabía. Con todo ello, montaba sesiones de treinta o cuarenta y cinco minutos. Era mi banda sonora del verano, al estilo de unas mixtapes que triunfaban en la época llamadas Max Mix. Un día, ansioso por escuchar el último lanzamiento y ante la negativa de mis padres a comprarlo, pedí dinero en la calle. Iba diciendo que lo necesitaba para el autobús a Murcia. Fue fácil conseguir las quinientas pesetas; esa mañana, los vecinos de Molina debían sentirse generosos. Era la música que daban por la radio, éxitos de los 80. Flipaba con los scratches. Acostado en la cama a oscuras, me dejaba llevar por los sintetizadores, pensando en las compañeras del colegio que me hacían tilín. Siempre fui melómano. El primer grupo que recuerdo, Electric Light Orchestra, lo escuchaba mi hermana. Y la primera cinta que llegó a mis manos fue de los Beatles, regalo de un primo mayor, Fidel, quien murió antes de los treinta enfermo de leucemia.

Cuando el tema de los candados pareció apaciguarse, salí de casa. Por suerte, no nos relacionaron con aquella historia. No había cámaras de seguridad en aquella época ni nadie nos había visto. Volvimos a quedar, serios y asustados. Nos pesaba la gravedad de lo ocurrido. Qué cabrones habíamos sido. Prometimos parar de pifiarla por el momento y jugar al fútbol. Después de meditarlo bien, llegué a la conclusión de que no necesitaba todas esas llaves y las tiré a la basura. Alguien me las pidió, pero elegí deshacerme de ellas. Entonces empecé a coleccionar chapas de botella.

De aquellos años guardo también sensaciones, como el roce en la piel del cuello vuelto que nos ponía nuestra madre, los calzoncillos escociendo las ingles, la nariz mocosa, los labios cortados, las manos rojas de frío agarrando los puños de la bicicleta. El mundo era grande, enorme, pero a veces podía ser un pañuelo. Recuerdo que quería ser botánico. Salía al campo con una libreta y dibujaba las plantas. Después sentí interés por los bichos, y cuando me cansé de buscar nuevas especies sin suerte, me aficioné a desmontar aparatos pieza a pieza. Convertido en una especie de cirujano mecánico, abría cualquier cosa, radios, batidoras, televisiones y juguetes. Necesitaba destripar los electrodomésticos para desvelar sus secretos. Por lo general eran máquinas rotas y nunca volvía a montarlas, como hacían otros niños que luego fueron ingenieros. Los guardaba después de intentar venderlos en el jardín de casa, dispuestos ordenadamente sobre una mesa roja de playa, hasta que mi madre me obligaba a tirarlos.

 

Versión impresa: Amazon Tapa blanda

Versión Kindle:  Amazon eBook

Otras opciones: Casa del Libro Fnac

Paraíso en obras

Primera edición: mayo 2018

ISBN: 9788417447403
ISBN eBook: 9788417447991

 

 

Nuestra calle

 

En la jerarquía de las calles, la mía ocupa un lugar especial. Es joven, solo tiene quince años. Antes era un sendero junto a una acequia. Ahora está asfaltada. Y el agua, la entubaron. A ambos lados los cultivos van rotando. Este invierno por las tardes olía a cilantro y a perejil. Tractores dibujan la tierra levantando polvaredas. Ni calle, ni avenida. Ni alameda, ni bulevar. El carril Pérez se llama así por una familia. El tío Carlos camina apoyado en un andador. Ángel repite las mismas historias cuando pasa por mi puerta. Hago como que me sorprende. Y Manuel, que vende pollos de su corral a los vecinos, solo ve a un palmo de distancia. Aún conduce, sin carnet supongo, un vespino azul de cuarenta años. Por algunas ventanas sale humo de cordero. Mujeres con hijab tienden ropa en la alambrada. Los perros ladran erizados cuando pasas. Los gallos piden socorro al amanecer.

 

A veces al tirar de la cadena me acuerdo del libro Los Papalagi. Y de cuando llevé a mis hijos al pediatra.

–La penicilina, las vacunas y el alcantarillado son los mayores avances de la humanidad –dijo, tajante.

Además de Los Papalagi y del pediatra, cuando tiro de la cadena a veces también recuerdo la canción Mi agüita amarilla. Todos los desagües de mi calle van a una acequia entubada que desemboca en el Azarbe Mayor. Hay plantas depuradoras, pero por el camino se riegan varios huertos.

Mi pueblo ahora es pedanía. Y está tan cerca de la capital, que se llena de jóvenes buscando viviendas económicas. Imagina que coges un jersey y le das la vuelta. Sigue siendo tu jersey, pero lo esencial ha cambiado.

En nuestra casa nació mi mujer. No estamos casados, pero con cuatro hijos no la llamaré mi novia, ni mi chica, ni mi compañera. Es todo eso y mucho más. Cuando su padre nos la vendió no tenía ventanas al norte. Por eso, lo primero que hicimos fue un gran tragaluz por donde ver el Cristo de Monteagudo, una colosal figura situada sobre un cerro en forma de aguja que destaca en la huerta murciana.

–¡Ya está, por fin! –dijo José, el albañil, cuando terminó de abrir el hueco.

–¿Qué pasa? –preguntó su compañero.

–Joder, pues que todo el tiempo parecía que faltaba algo. ¡Estaba agobiado aquí y no sabía por qué hasta que hemos abierto esta ventana!

Relato inspirado en Pedro Navaja, canción de Rubén Blades

Trabajo propuesto por Jose Luis Ferris en su asignatura del Máster de Creación Literaria que estoy haciendo estos meses. Escribir un relato inspirado en la siguiente canción.

 

 

 

–Siempre le llamamos Tom. Sí señor, Tom Miracle fue quien defendió a Rosy en el comité de disciplina. Es un tipo muy inteligente, dicen, de los que se toman en serio su trabajo. Pero ese día no pudo hacer nada frente a los demás profesores –dijo Harry.

–¿Estuvo usted en el comité? –preguntó el inspector mientras tomaba notas en un sucio cuaderno.

–Solo faltó la señorita Brenda. Creo que estaba de baja porque iba a casarse –dijo Harry.

–¿De qué es profesor?

–Tom da clases de Literatura.

–¿Y usted?

–¿Yo?, soy profesor de Química –dijo Harry.

–¿Recuerda qué paso en dicha reunión?

–Bueno, hace ya ocho años. Pero recuerdo que expulsaron a Rosy del instituto. Nadie quiso creer la extraña teoría de Tom. Decía que la joven era superdotada. ¡Quién iba a decirlo!, con sus notas mediocres. Lo cierto es que Rosy fue una chica problemática.

–¿Problemática? –preguntó el inspector.

–Disculpe, ¿cómo ha dicho que se llamaba?

–Carlos.

–¿Quiere una taza de café señor Carlos?

–Me pregunto cómo acabó Rosy aquí, Lower East Side no es un barrio de latinos –dijo el inspector colgando su chaqueta en el respaldo de una silla.

–Rosy fue adoptada. Los O`Connor tenían una tienda de electrodomésticos en Vinegar Hill. Su hijo mayor también fue alumno del instituto. Nada que objetar a esa familia irlandesa que se desvivía por enderezar a Rosy –dijo Harry estirando su camisa hawaiana. –¡Oh vaya!, mire qué hora es, estarán dando el parte –. El anfitrión puso dos tazas sobre la mesa y encendió la radio.

…tomen todas las precauciones. No olviden el protocolo de emergencia. Les iremos informando a lo largo del día. Muchas gracias.

–¿Sabe, señor Carlos?, confío en mi olfato, y me dice que es pronto todavía.

–Y ¿qué le dice su olfato acerca de Rosy?

–No le de vueltas a ese asunto. Está claro. Dos víctimas, dos asesinos. Un crimen pasional.

–¿Conocía a Pedro?

–Sería algún cliente. Un ingenuo encaprichado con la preciosa Rosy. Apuesto a que se los quitaba de encima, esos tipos que quieren pasear al lado de un bombón, y son incapaces de conseguirlo sin dinero.

–Se equivoca. Pedro Rodríguez era algo más que eso. ¿Le importa si fumo?

–Adelante, no se preocupe – dijo Harry abriendo una ventana. Varios papeles cayeron al suelo. La cerilla del inspector se apagó. Cuadros, cajones, sillas, incluso los cubiertos sobre la impoluta cocina, todo pareció cobrar vida. Carlos guardó el cigarrillo en la pitillera. El agradable vapor del café fue barrido por una fuerte ráfaga de viento que olía a moluscos y a sal.

–Apuntes para una novela –dijo Harry cerrando la ventana. Al agacharse para recoger los papeles, Carlos pudo ver parte de sus glúteos, y la oscura hendidura que  desaparecía más allá del pantalón vaquero. –Veinte años en un instituto dan para mucho, sí señor, y necesito tener la mente ocupada. Si Dios quiere antes del verano la entregaré a alguna editorial.

–¿Es usted escritor?

–Siempre quise escribir, pero la familia y la guerra se interpusieron en mi camino.

–Me gustaría leerlo, si no le importa.

–Por supuesto, faltaría más. Pero me temo que solo tengo esta copia.

Carlos Rodríguez llevaba diez años patrullando Long Island. No era único en su género, un hombre solitario, divorciado, sin vida familiar, sin horario de trabajo, adicto a la cafeína, y con un pasado que le impedía ser feliz. Quizá el destino comenzó a descarrilarse hacía cien años, cuando un navajo problemático huyó con la joven chumash que ayudaba en la misión de Santa Inés, California. Todo lo que pasó después fue un misterio. Su abuela solía contar historias increíbles, pero él pensaba que eran inventadas. Hasta que nació la madre de Carlos vivieron en las montañas, aislados del mundo.

–Rosy era una zorra.

–¡Señor Carlos!

–¿Qué se cree, que los policías no vamos de putas? Rosy trabajó varios años en el club Deeper. Era una zorra y le gustaba engatusar a sus clientes para volverlos locos y que aflojasen la cartera –dijo Carlos soltando el nudo de su corbata.

–¿En el Deeper?

–Sí –respondió el inspector alargando la i a propósito. –¡No me digas que no has estado allí! Apuesto a que todos los solteros en Loisaida conocen ese local. ¿Estás casado Harry?

–Divorciado.

–¿Desde cuándo?

–Hace nueve años.

–Apuesto a que ella encontró condones en tu chaqueta –dijo Carlos dando una palmada en la espalda de Harry.

–Margaret era una celosa patológica. Se imaginaba que tenía líos con mis alumnas.

–En la vida del hombre hay tres planos, trabajo, vida social y familia. Y en esta ciudad uno de ellos sobra  –dijo Carlos volviendo a llenar su taza de café. Fuera, en el 131 de Ludlow, el claxon de un automóvil comenzó a sonar, como después de un accidente. Harry abrió la puerta. El viento empujó un puñado de hojas secas hasta la cocina. Los árboles se balanceaban con fuerza. El más cercano estaba ya a punto de golpear los cristales de la ventana. Montañas de hojarasca y papel volaban formando remolinos.

–¡Maldita sea!

–¿Y los tuviste, Harry?

–Perdone, ¿a qué se refiere?

–¡Cabronazo! –dijo el inspector exagerando su acento mejicano. –Nadie sospecha de un profesor de química. Las alumnas prefieren la verborrea de los profesores de literatura. Les excitan sus discursos sobre Poe y Dickinson. Porque ¿sabes?, a las mujeres les seduce la inteligencia. O el dinero, Harry, no hay vuelta de hoja.

–¿Qué insinúa señor Carlos? Pondría la mano en el fuego por Tom –dijo Harry girando la ruedecilla de la radio. –¡Mierda, no hay señal!

–Tom Young ya ha reconocido ser cliente del Deeper.

–Vaya, puede que me haya equivocado, será mejor que vuelva a casa inspector, antes de que sea demasiado tarde –dijo Harry golpeando la televisión en busca de noticias.

–Podemos pasar una semana encerrados aquí, solos tú y yo. ¿O prefieres reconocer que también frecuentabas el club?

–Fui un par de veces, sí.

–Y la chica, ¿estuvo ella aquí?

–Puede que para revisar algún examen. Pero, ¿qué diablos? Es algo habitual. Ni fue la primera ni será la última. Los chicos a veces se acercan a saludar, a pedir ayuda.

El claxon seguía sonando fuera. Carlos imaginaba la escena. Un golpe lateral después de saltarse el semáforo. Los conductores empujan el coche averiado. Su propietario sale corriendo después de darle unas patadas al volante. Volverá a buscarlo cuando todo acabe. El otro coche sigue su camino. Alguien observa desde una ventana. Por eso vemos luces azules y rojas girando. Dos coches patrulla suben desde Rivington. Es mediodía pero podría estar anocheciendo. El cielo está cubierto de nubes bajas que pasan veloces y huelen a moluscos y a sal. Es el fin del mundo, al menos el de ese pequeño rincón del mundo. Los rascacielos comienzan a quebrarse, como piezas de un juguete. Los túneles del metro se inundan. Es como mear sobre un hormiguero. Miles de maletines flotan a la deriva. Harry sacude su cabeza y observa a los agentes. Uno de ellos corta los cables del claxon y anota la matrícula.

–La gente se está volviendo loca –dijo Carlos. –¿Sabes que puedes perder tu trabajo por algo así? No sé cómo se tomará el comité que te acostaras con Rosy. Puede que investiguen, que pregunten hasta llegar al origen. Y quizá no te guste lo que descubran.

–Él era su proxeneta. Yo no he tenido nada que ver con la muerte de la chica.

–Pedro estaba fichado por nuestra oficina. Sabemos que ha sido un ajuste de cuentas. Encontramos en el apartamento de la chica cincuenta mil dólares. O era una puta de lujo, cosa que dudo, o engañaba a Pedro. También había un billete de avión a Panamá. Quería huir. Casi lo consigue. Pero no entendemos que llevase un revolver, justo en ese momento. Creo que podrías ayudarnos a aclararlo.

–Es posible que Pedro la amenazara. Tenía miedo y llevaba un arma para defenderse de él.

–Puede. Pero ella se sentía segura. De lo contrario hubiese cogido ese avión lo antes posible, no en dos semanas. Seguro que hay otra explicación.

–¿Tienen alguna hipótesis?

–Sí. Pensamos que quería suicidarse.

–¿Suicidio?

–Fue una maldita casualidad. Esa noche llevaba el revólver para quitarse la vida y acabó utilizándolo para matar a su asesino. Una paradoja. Pedro perdonó que su chica lo dejara, pero cuando supo que le había robado fue a por ella.

Harry tomó asiento junto a la ventana. No podía hablar. Carlos cogió su chaqueta y dio un último trago a la taza de café. El tiempo se acababa.

–Tarde o temprano sabremos si quería dejar Estados Unidos sola. Piénsalo Harry. Un romance con una prostituta no tiene importancia. Pero un chivato está muy mal considerado y el hermano de Rosy querrá vengarse.

–¿John O´Connor? –dijo Harry con desprecio.

–Miguel Rodríguez. Fue dado en adopción a la misma vez que su hermana Rosy. Contactaron hace un par de años. Sospechamos que trabaja para un cártel mejicano. No creo que a John le interese demasiado el destino de su hermana adoptiva.

Un gesto de desesperación apareció en el rostro de Harry. Fue a la cocina, abrió el grifo y se lavó la cara. Fuera, las ramas amenazaban con romper el cristal. Harry abrió la ventana y puso un cartón grueso para amortiguar los golpes. El viento gritó dando un último aviso.

–Señor Carlos, le pido por favor que se marche. No sabemos lo que puede pasar. Esta zona de la ciudad es peligrosa. Déjeme que piense en sus palabras –dijo Harry dando vueltas por el salón. –¡Este viento me está volviendo loco!

–Como prefieras. Me pondré en contacto contigo. No olvides que cualquier cosa, por pequeña que sea, podría ser de gran ayuda.

Harry sacó un sobre de un cajón. Lo abrió y le dio a Carlos el papel que contenía. A simple vista parecía una carta. El inspector cerró su chaqueta y salió fuera agarrado a la barandilla. El huracán Gloria ya estaba en Carolina del Norte. Era cuestión de horas que barriese la ciudad de Nueva York.

 

 

 

 


Relato sobre Pedro Navaja –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Lolita y el patriarcado

 

En los últimos meses se ha abierto un debate en torno a Lolita, novela de Vladimir Nabokov. Laura Freixas publicó un artículo titulado ¿Qué hacemos con “Lolita”?, en el que pedía responsabilidad a los autores a la hora de tratar ciertos temas. También denunciaba la manipulación que el patriarcado ejerce en su beneficio sobre la cultura. Sergio del Molino replicó a Freixas con Lectores que lean “Lolita” sin prejuicios, en el mismo diario. Del Molino eximía de responsabilidad a Nabokov por las interpretaciones que suscitara su novela, y en general a los artistas que tratasen temas polémicos. Meses más tarde el periódico moderó un debate donde ambos escritores intercambiaron impresiones. Freixas aclara que no juzga el valor literario de Lolita sino su repercusión, y el hecho de que sea considerada como “historia de amor” una novela que por su ambigüedad se puede leer como justificación del violador. La autora habla de feminismo, pero en su réplica del Molino apenas entra en ese debate. Según él la obra no necesita decodificaciones ideológicas. Afirma que probablemente la mayoría de la producción literaria sea machista porque ha sido escrita por gente machista. Además opina que al creador no se le debe exigir ningún tipo de compromiso ético.

Encontramos dos debates abiertos. Uno sobre el alcance y responsabilidad del artista y su obra, y otro ideológico, en el que ambos autores están de acuerdo tácitamente, sobre el cual es preciso hacer algunas aclaraciones. De entrada no podemos obviar su contexto, en este caso El País, cuyas afinidades e ideología están bien definidas. Después, que la crítica de Freixas contiene un importante error de base. Al establecer las categorías, con el argumentario que forma parte del discurso feminista institucional, de opresores (varones, occidentales, blancos, de clase media o alta), y oprimidos (mujeres, colonizados, de otras razas o pobres), simplifica de forma arbitraria y sesgada la realidad. Existen otras interpretaciones sobre el fenómeno del patriarcado expuestas en diferentes ensayos que desmontan la categorización de Freixas: La creación del patriarcado, de Gerda Lerner, Guardianas nazis, el lado femenino del mal, de Mónica G. Álvarez, o Feminicidio o autoconstrucción de la mujer, de Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora, son algunos de ellos.

Respecto al otro debate, el de Lolita (publicada en Francia, donde también vieran la luz obras como Diario del ladrón, de Jean Genet, Justine, del marqués de Sade, o los Cantos de Maldoror, del conde de Lautréamont) y los límites del arte para representar aspectos controvertidos y oscuros del ser humano, creo que no se puede argumentar con suficiente rigor que uno esté equivocado y otro en lo cierto. Comparto muchas de las observaciones acerca de la literatura de ficción que expone del Molino, y cuando Freixas  demanda cierta responsabilidad ética o moral. Pero Lolita quizá no sea un buen ejemplo, pues una lectura satírica o crítica también es legítima. Nabokov dejó claras sus intenciones. Humbert Humbert se justifica constantemente. “Mi cuerpo abyecto”, “oscuro pozo de monstruos”, “mis patéticas maquinaciones”, “gusano degenerado”, “comportamiento aberrante”, son expresiones que aparecen una y otra vez. Hoy día, dentro de cualquier plataforma de streaming, en alguna serie seguida por millones de personas, Freixas encontraría ejemplos mucho más adecuados.

I´m not a member

 

 

 

 

 

No hay lugar mejor en el mundo que aquí y ahora.
Luces magnéticas rebotan en el fondo de tu maquillaje
emborronado después de bailar.
Los gritos son burbujas, no hay espacio para resistir, 
ni manera de salir sin soplar por la nariz. 
La luna salta en su jaula. 
Ropa empapada, el móvil inservible, el reloj no estaba.  
Nos abrimos paso sonriendo a la muchedumbre.
Dientes fluorescentes,
humanos mecánicos rebotan como en un juego,
engranajes casi perfectos,
y decidimos dejarlo todo, respirar.

No necesito patear el vaso sobre la acera,
ni conducir cuando, seguro, daría positivo.
Por ahora sumérgete en mí, como lo haría yo si existiese.
Olvidas que apenas nos conocimos.
Cuatro pies a destiempo, multiplicados por ocho,
detrás las sombras intentan mantener el orden,
pero no es posible, 
el orden,
llegados a ese momento en el que nos mordemos los labios 
en la parte trasera de un taxi que no parará al amanecer.
Ni tú ni yo tenemos casa.
Deja que me quede oliendo tu ropa,
mientras dibujas mis ojos cerrados.
Unos dedos mueven el dial y esa canción,
la que a veces oigo en eventos y comuniones,
No hay manera, no puedo vivir sin ti, 
podríamos haberla escuchado hasta el final,
pero un semáforo rojo nos da tregua para salir corriendo. 
El taxista grita. Hasta que alguien, sentado detrás, 
lo despierta en alguna parada, “Perdone, aquí hay veinte euros”.
Te das cuenta que he perdido un zapato,
pero estaba corriendo como un niño. 
Esta vez nada nos detendrá.

Antonio Soriano Puche, Cortafuegos © 2018 Ediciones en Huida

Cine y cultura 1

 

Según Zygmunt Bauman, “el concepto de cultura fue acuñado en el tercer cuarto del siglo XVIII como un modo abreviado de referirse a la gestión del pensamiento y el comportamiento humanos”. Después, un siglo más tarde, “los gestores culturales (…) declararon que era bueno, que cultura venía a significar el modo en que un tipo de conducta humana regular y normativamente regulada difería de otros tipos gestionados de manera distinta”. Esta visión se debe a que “en pleno umbral de la era moderna los hombres y las mujeres habían dejado de ser aceptados como un hecho dado y no problemático, como eslabones preordenados en la cadena de la creación divina (…) e indispensables (…), y habían empezado a ser vistos como seres maleables y necesitados urgentemente de una reparación y/o mejora”.
El origen del término cultura, al que asocia con otros como “cultivación y crianza, vocablos que denotan la idea de mejora”, respondía pues a una necesidad de control, ya que “la idea de cultura aplicada metafóricamente a los seres humanos suponía ver el mundo social con los ojos de los cultivadores de humanos: los gestores”1.
No es suficiente tergiversar, e incluso ocultar, nuestra historia como seres humanos, sustituir mitos fundamentales, (tradición oral que narra hechos del pasado) por imágenes de “ciencia ficción” creadas en estudios cinematográficos. También es necesario presentar al público situaciones que podrían convertirse, a medio o corto plazo, en realidad, pura y dura. ¿O no habíamos visto en Desafío Total el cuerpo escaneado de Schwarzenegger, allá por 1990, con la misma tecnología que tras el 11S de 2001 se utilizó en algunos aeropuertos de EEUU para controlar a los pasajeros?
Hace años veíamos en Saruman y en los Orcos del Señor de los Anillos una denuncia de la voracidad de los grandes Imperios. Sin embargo no era difícil identificar al movimiento ambientalista detrás de la adaptación de Peter Jackson. Tampoco lo es hoy ver cómo las espadas de Juego de Tronos blanden por conquistar los siete continentes (el séptimo es nuestra mente). Un gobierno total, universal, un poder global y definitivo, que para alzarse no escatima en crueles traiciones, mentiras y venganzas.
Por otro lado, ¿cuántas películas refuerzan la teoría darwinista, inoculando en nuestras adoctrinadas mentes la idea de que somos monos evolucionados, simples bestias? Hay muchas, sobre todo dirigidas al público más joven, niños y adolescentes; Los Croods, El planeta de los simios, Tarzán o El libro de la Selva, aunque desde ámbitos científicos El Origen de las Especies esté siendo cuestionado2, y no dejen de aparecer evidencias arqueológicas que desmontan sus teorías. Como en tantos temas propios de la cultura occidental, estamos ante una forzada dicotomía, donde se busca la controversia y el enfrentamiento, ser darwinista o creacionista, ateo o católico, de izquierdas o derechas, en fin, del Barsa o del Madrid. No creo que el ser humano venga del mono, aunque a veces lo parezca. Visto lo visto podría decirse, y ya hay quien ha apuntado en esa dirección3, que más bien vamos hacia él. Tampoco creo que seamos la imagen y semejanza de Dios. Y ahí estoy, en mitad de la nada, un espacio exhuberante, de múltiples realidades, verdades a medias, gente que vive de sus sueños y pesadillas que se adueñan de la gente.

1 Bauman, Zygmunt (2006) Vida Líquida, págs 73, 74. 2 Sandín, Máximo (2010) Pensando la Evolución, Pensando la vida; la Biología más allá del Darwinismo. 3 Asad, Ibn (2011) La Rueda de los Cuatro Brazos, págs 109, 110.