Máscaras

 

La ley dicta que si has sido fiel a tu palabra,
o conforme a ella lo que hiciste dio su fruto,
por pequeño que sea, encontrarás recompensa.

Quienes lanzan redes sobre ríos muertos,
o alientan el odio entre vecinos y hermanos,
aun teniéndolo todo a su favor,
sus frágiles máscaras caerán en la próxima tormenta.

Reír para desacreditar es más fácil que dudar.
Atacar con palabras vacías otorga prestigio.
Aferrarse a ilusiones,
haciendo que otros las sigan y las tengan por verdad,
así se mantienen a prudente distancia,
verdugos con apariencia de justos,
falsos con apariencia de libertadores.


Falsos profetas –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Colmenas

 

 

 

La opción colmena
de Barcelona Existe,
es la respuesta analógica
al efecto España vaciada.

Los residentes-insecto
juegan con dispositivos
de realidad aumentada,
sobre colchones colindantes,

sin posibilidad de nexo
ni afectos,
solo polinizar con wifi,
flujo de datos en la madriguera.

Nichos Todo incluido,
tarifa plana de placer,
familias abatibles y
sueldos conglomerados.

En franjas que oscilan
según la ciudad,
los abonados cumplen años
sin saberlo.

Es algo circunstancial,
el no tener ventanas,
y cuestión de tiempo,
salir de la pecera,

aceptar el desafío
de vivir encapsulado,
nada por aquí,
nada por el otro lado.


Colmenas –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Ephimera

 

Flotaba en mitad del océano, rodeado de gigantescos icebergs.
La caricia de unos tentáculos lo arrastraba hacia las profundidades.
Despertó con el corazón en un puño.
Entre los dedos su corazón seco se desgranaba.
Cerró los ojos, dejando poco a poco de pensar.
Agitaba una bandera.
Colores, ideas. Repetir gestos vacíos.
Despertó mareado. Quiso escribir aquel sueño.
Buscó en los cajones papel pero el papel borraba sus palabras.
Inútil, ensayar palabras sencillas que desaparecían.
Entonces oyó sirenas.
Tenía que escapar, deshacerlo todo,
subir por aquella cuerda que le quemaba las manos.
Intentó gritar desde la ventana pero no tenía voz.
¿Y saltar?
De pie en la cornisa vio personas sobre enormes flotadores
y niños con pistolas de agua.
Tres, dos, uno.
Cuando alguien pateó la puerta, tomó impulso y contuvo la respiración.
Volaba, rodeado de gigantescos edificios,
pero al despertar, lo inevitable, caer, caer.
¿Será el impacto definitivo, el fin,
o despertar para siempre?
Mientras sonaba la alarma, buceó hacia la superficie,
enredado en bolsas de rafia, en muñecas famélicas y en cordones de zapatos.
Al emerger agarró el móvil y lo destrozó contra la pared.
Le dolía la cabeza. Como un martillo que te golpea cada tres segundos.
Uno, dos, tres.


Ephimera –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

Trending Topic

 

 

 

Latir a ras de suelo,

#terror,

trending topic.

 

Trescientas veinte mil coma catorce muertes,

quinientos millones de secuencias

sed – hambre – enfermedad mental.

 

Triple salto mortal a la fosa común.

Seguir la flecha, introducir monedas,

pisar a fondo el acelerador y estrellar la calavera.

 

Mientras corto ruda medio desnudo

un meteorito arrasa Central Park,

cae el rompeolas.

 

Es la singularidad, versar sobre uno,

exceder el cupo, pensar únicamente,

solo ida,

 

mientras una incierta amenaza

planea por los siglos de los siglos.

Amen.

 

 

 


Antonio Soriano Puche – Trending Topic –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

 

Sonrisa giratoria

 

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En el Gran Libro de los Recuerdos
hay páginas arrancadas, frases subrayadas,
anécdotas que siempre salen a relucir.
Como aquella paella llena de hormigas;
insistí, pero no hicieron caso.
“Lo que no mata engorda”,
decían mis tíos comiendo himenópteros.

Aún me sorprenden ciertos hechos,
de nada sirve mantenerlos en salmuera,
recuerdos encurtidos, cerrados al vacío,
tijeras cayendo sobre las azoteas.
Aparentemente intactos,
si los abres se deshacen entre las manos,
de algunos salen mariposas,
de otros larvas ciegas,
o arena, arena de un reloj de arena.

Cuando mi abuela despellejaba un conejo,
tenía que volver la cabeza para no vomitar.
A veces me mordía el lóbulo de la oreja,
su abrazo olía a pan.
Siete días por semana, menos dos.
Los sábados el vendedor de casetes
levantaba su toldo bajo nuestra ventana.
Recuerdo la primera calle peatonal,
ir de punta a punta comiendo pipas,
el cuello vuelto bajo la barbilla,
las ingles escocidas por la ropa interior.

Después, domingos tridimensionales.
Detener el tiempo era cosa de titanes.
Pero ahí estaba el cine, ese otro templo.
Mientras Conan echaba un polvo salvaje
entre pieles y huesos colgantes,
el profesor dormía en el colegio.
Recuerdo el perfume en tu chaqueta de brillantina,
aquel invierno de 1984,
Fredy Krueger enredado en un atrapasueños.

Limón con bicarbonato,
algodones empapados de anís,
la sonrisa giratoria de la peluquera.
Son algunos recuerdos,
los guardo como tesoros sin importancia,
nadie podrá llevarse esas joyas incalculables.

Justicia Poética

 

 

La punta del lápiz aún chorrea sangre.
Versos abiertos en canal, metáforas diseccionadas,
palabras gravemente heridas se retuercen como rabos de lagartija.
La patrulla lingüística suda bajo el traje espacial,
despegando de la alfombra letras irreconocibles,
palabras violadas.
Metonimias maniatadas presentan rastros de violencia.
Se barajan hipótesis. Crimen pasional, a juzgar por las manchas.
¿Accidente? Poco probable.
El suicidio también queda descartado,
un poema no se quita la vida así, prefiere precipitarse al vacío.

Triste ver hipérboles por el suelo, cubiertas de moratones,
estrofas coaguladas, rimas con los ojos nublados.
Imposible reconocer, si las hubo, aliteraciones, ni anáforas.
Aunque ciertas antítesis, pese a estar desfiguradas,
podrían revelar las intenciones del poeta.
Los vecinos oyeron música electrónica, un portazo,
y al perro del segundo que no paraba de ladrar.
Después sirenas, tumultos, pasos en la escalera.
La escena del crimen permanecía intacta.
Buscaron huellas, restos de ADN entre las sábanas,
en fin, justicia poética.

Parodia, grita la prensa, los sintagmas no engañan.
Un tocadiscos gira sin pausa sobre Viva las Vegas de Elvis Presley.
Mute, dice la pantalla de televisión,
mientras Discovery Chanel entrevista a un Alien humanoide,
Huele a rosas, ambientador de rosas, y a plástico.
Largas cortinas blancas ondean en la penumbra.
Fuera, apoyado en el balcón,
el director de la Real Academia Española lanza oes de alquitrán,
quizá recordando a Adorno y su famosa frase,
o imaginando lo espantoso que sería caer
desde el vigésimo cuarto piso de aquel Hotel ⋆⋆⋆⋆⋆